Mauricio Merino
Atoyac, de María de la Luz

El gobierno municipal de María de la Luz Núñez, en Atoyac de Alvarez, Guerrero, ha sido motivo de ejemplo prácticamente desde que inició su periodo. No sólo por tratarse de una mujer que habría de gobernar tierras bravas, sino porque alcanzó la presidencia municipal sin pertenecer a ningún partido político, postulada más por sus coterráneos que por el PRD. Desde su campaña política propuso la pacificación activa de ese complicadísimo municipio, mediante la búsqueda de oportunidades crecientes para el desarrollo humano de sus habitantes. Siempre se ha negado a entender la tranquilidad pública como un asunto de policía, porque siempre ha entendido que el motivo principal de la violencia social en aquellos lugares ųcomo en cualquier otroų ha estado en la falta de expectativas: la pobreza, el aislamiento y la marginación acumuladas por años. De modo que optó por abrir al municipio hacia todas las relaciones capaces de llevarle mayores cuotas de desarrollo, para ofrecerles a sus habitantes la esperanza que nunca tuvieron. Pero en este país, ya sabemos, el éxito es subversivo.

María de la Luz Núñez logró poner el nombre de Atoyac en prácticamente todos los sitios donde se discuten asuntos municipales. Habló a nombre de todos los presidentes municipales de México, en la única reunión que convocó el ex presidente Salinas, en Los Pinos, poco antes de la jornada electoral del 21 de agosto de 1994; volvió a hacerlo en el seminario Hacia un auténtico federalismo que tuvo lugar en Guadalajara, en 1995; en ese mismo año convocó ella misma a una reunión nacional de presidentes municipales ųjunto con el Centro de Servicios Municipales, Heriberto Jaraų, en el mismísimo municipio de Atoyac; y su labor incluso se ha convertido en objeto de estudio de varias investigaciones académicas ųcomo la que publicó Enrique Cabrero, por ejemplo, en el libro La nueva gestión municipal en México (Miguel Angel Porrúa/CIDE, 1995), con el título: ``la gestión municipal como tarea colectiva''ų, precisamente por su notable capacidad de convocatoria en las comunidades del municipio, por su indiscutible calidad como promotora de las demandas municipales, y por su habilidad para gestionar el respaldo que sus proyectos nunca encontraron en el gobierno estatal de Rubén Figueroa.

Obviamente, la presidenta municipal de Atoyac está muy lejos de ser impecable. Es, a fin de cuentas, una activista política que entiende bien, a juzgar por sus hechos, las dificultades intrínsecas al ejercicio de cualquier coto de poder. Pero es evidente que hoy está pagando muy caros los costos de su propio brillo, pues no quiso ceñirse sin más a las instrucciones de un gobernador que entiende la política de una manera completamente distinta. De modo que, paradójicamente, es probable que María de la Luz Núñez tenga que terminar su periodo en medio de la violencia que quiso erradicar desde que llegó a la presidencia municipal, pero que el celo político de sus enemigos ųevidentemente más poderososų hizo brotar nuevamente, y de la peor manera posible.

Atrapada entre los conflictos eternos de la sierra guerrerense y los métodos lamentables que se siguen utilizando para aplacarlos, la propuesta de pacificación activa de la presidenta municipal de Atoyac ųla única realmente posible para ese municipio y para todos los demásųse ha ido perdiendo entre los ruidos que han producido las balas, la desinformación y la lucha política regional. Pero sobre todo, se ha ido perdiendo también la posibilidad de consolidar una experiencia de buen gobierno local que estaba valiendo la pena, y que en la práctica se había convertido en un modelo para otras administraciones municipales de México. Es la misma tragedia que se ha repetido hasta la saciedad en la historia política mexicana: las experiencias políticas más valiosas suelen perderse por el camino, atestado de vociferantes.

Ya es prácticamente imposible que el gobierno de María de la Luz Núñez termine como ella lo había imaginado. Pecó por exceso; fue demasiado exitosa y quiso ser demasiado autónoma, sin tomar en cuenta que las verdaderas redes del viejo sistema político mexicano ųése que no acaba de terminarų no están construidas con triunfos palpables, sino con disciplina y colores grises. Pero es evidente que, en este caso, los costos han ido demasiado lejos. Tan lejos como las vidas humanas que se han perdido sin más propósito que la reproducción del conflicto y la conservación del poder.

Es un triunfo más de eso que Fernando Escalante ha llamado la república mafiosa, y una nueva derrota para el gobierno municipal. Y de paso, para todos los mexicanos.