Elena Poniatowska
Los cien años de Tina Modotti/II

En Los Angeles, las luces de Hollywood se tragaban la vida de los ilusos. No había más que un objetivo: ser actriz o de perdida escenógrafo, con tal de entrar a ese mundo deslumbrante. Tina cayó en la trampa. Sus películas mudas habrían de producirle más tarde en México mucha risa, sentada en una butaca del cine Bucareli, al lado de Edward Weston. Protagonista de The Tiger's Coat, junto al alto y narigón Lawson Butt, de Riding with death y de I can explain, películas mediocres, conoció el mundo del glamour y, aunque no ocupó una silla de lona con su nombre escrito en el respaldo, se volvió símbolo sexual. Su belleza era la de la gitana, la mujer fatal, la del puñal atravesado en la boca, la exótica de los ojos negros y cabello rebelde, la morena de rasgos mediterráneos y, por lo tanto, latinos. Había que subrayarla, sacarle partido. En The Tiger's Coat, como un presagio de lo que viviría después, Tina Modotti es mexicana.

Si en Hollywood su carrera no fue fulgurante, su amor por el fotógrafo Edward Weston sí lo fue. Tina quiso bien al lánguido y poético Robo, pero el amor loco fue para Edward, ``Eduardito'', como llamaría en México a su maestro de fotografía. A lo largo de casi toda su vida, Weston seguiría siendo su interlocutor verdadero.

Robo pavimentó el camino de Tina a México. Acudió al llamado de un personaje enigmático en la literatura mexicana, Ricardo Gómez Robelo, Rodión, exiliado en Los Angeles. El arte mexicano lo fascinó y murió de viruela el 9 de febrero de 1922 en la tierra que el consideró el paraíso de poetas y artistas.

En 1923, Tina Modotti llegó para quedarse en la capital de este país inmenso, lleno de tierras por descubrir. En esos años, aparecían en nuestro mapa, coloreadas de amarillo, innumerables zonas arqueológicas, bosques, ríos, indios, fiestas y costumbres aún inexploradas. Tina miró con asombro los valles que se extendían frente a ella y las cabezas ensombreradas de los mexicanos, y bajo los sombreros, los rostros morenos que no querían entregarse, miró las chozas casi vacías de tan miserables y pensó que este era un país en el que ella tenía que empezar de nuevo.

Encontró la belleza que Robo había exaltado en sus cartas urgiéndola a venir a México: ``Para mí, en la figura solitaria envuelta en un sarape, recostada en el crepúsculo en la puerta de una pulquería, o en una hija azteca de color bronce que amamanta a su hijo en una iglesia, hay más poesía de la que se podría encontrar en Los Angeles en los próximos diez años''.

Tenía razón Robo. Había belleza en los cambios impredecibles de la naturaleza, en los proyectos del secretario de Educación José Vasconcelos, en las misiones culturales, en el movimiento estridentista de Maples Arce, Lizt Arzubide, Arqueles Vela y otros, en el Café de Nadie, en la emoción producida por la Escuela de Arte al Aire Libre de Ramos Martínez, en la que todo era gratuito: clases, comida, lienzos, colores, musas; la única condición, querer aprender. Al conocer al país, Tina descubría en ella zonas desconocidas. Le pasaba lo que a México. Regiones inexploradas de sí misma amanecían todos los días ante sus ojos. Introdujo a Weston a México. ¡Qué bonito poder regalarle un país al amante!, decirle: ``Tómalo entre tus brazos como a mí''. El era su maestro en fotografía pero ella era la única que podía traducirle a México. Weston lo escribió en sus Daybooks y en cartas a su mujer Flora May Chandler, la madre de sus cuatro hijos, de quien además recibía dinero para su sustento; le decía que podía estar tranquila, que la ayuda de Tina era invaluable y que como fotógrafa adelantaba a pasos agigantados, que trabajaba para él en pago de alojamiento y manutención. En la gran casa de El Buen Retiro, en la avenida Hipódromo número 3 de Tacubaya, maestro y discípula durmieron en cuartos separados.

México le enseñó a Tina a ver. En el pueblo de Tacubaya, Tina Modotti regresó a la atmósfera de su infancia, a las calles de Udine, a las filandas, los telares, a la lucha social, a los que salen cada día a ganarse la vida. ¿Por qué se reconoció a sí misma en nuestro país? Por su confrontación con la pobreza. Edward Weston habría de escribir en sus Daybooks que ``los años en México influyeron en mi forma de pensar y de vivir. No tanto en la relación con mis amigos artistas como la cercanía menos directa de una raza primitiva. Antes de llegar a México me rodeaba la acostumbrada masa de burgueses estadunidenses -vetada por algunos amigos sofisticados-. No sabía nada de la gente sencilla del campo. Y su expresión me ha vivificado, experimenté el subsuelo''.

* * *

En México afloró uno de los rasgos del carácter de Tina Modotti: la compasión, asumir a los demás, hacerlos parte de ella misma. No era una compasión sensiblera, era un movimiento del alma que la sensibilizó al mal que padecen los demás. Fue en México también donde regresó a la angustia, la primera, la esencial, la que se pregunta por qué y para qué vivo, por qué lo tengo todo, me resguardan los muros de El Buen Retiro y los otros allá fuera no tienen nada. Puede ser que en Moscú, en 1930, aflorara su fanatismo, pero hay que recordar que ya en 1929 los jóvenes militantes del Partido Comunista rogaban que a la hora de su muerte los llevaran en barco hasta ``la Moscú querida'', tal y como lo dijo Rafael Carrillo en el entierro de Julio Antonio Mella al canjear la tierra mexicana por la rusa, que desde luego le parecía mejor sepultura.

L'amour fou había estallado en Los Angeles, pero entre los mexicanos Tina y Edward se volvieron una leyenda y, más tarde, Tina sola, piedra de escándalo. Era singular que una mujer y un hombre vivieran, sin estar casados, bajo el mismo techo; se autonombraban maestro y discípula y no le tuvieron el menor miedo al qué dirán. Vivir en esa forma no se acostumbraba, Diego Rivera, el gigante, estaba casado por la Iglesia con Lupe Marín, José Clemente Orozco con Margarita Valladares, Bertram y Ella Wolfe, comunistas, eran marido y mujer. Menos aún se acostumbraba que la mujer anduviera sola por su lado, no se pusiera medias, fumara en la calle como chacuaco y saliera en la noche sola, a los lugares de moda: Los Monotes, del hermano de José Clemente Orozco, La Tapatía, El Lírico. Una mujer sola con cinco hombres en El Lírico viendo a las encueradas, ¿quién era esa desfachatada? Claro, era extranjera, como todas las que vienen a hacer en México lo que no les permiten en su país. Nuestra capital, a pesar de todo su Renacimiento, era provinciana y el peso de la religión caía inmenso. A las soldaderas de la Revolución, de la cual todavía se oían los disparos, se les llamaba ``galletas de capitán'', putas al servicio del ejército. Para que una mujer se diera a respetar en México, debía permanecer como la escopeta, cargada y en un rincón. Las que salían a la calle debían estar locas de remate. Anita Brenner o Frances Toor, claro, eran fuereñas. Tina, que atraía todas las miradas, ofendía sin darse cuenta.

Tina, Edward y el hijo de Edward, Chandler, a la primera lluvia subían desnudos a la azotea a correr entre los tinacos. Lo hacían por juego y porque eran hermosos y jóvenes. Edward, vegetariano, creía en los ejercicios al aire libre, los baños de agua fría, el contacto con la naturaleza, los alimentos sanos, las frutas, las verduras, los cereales, la miel de abeja, las almendras... Nada de grasa, ni en la comida ni en el cuerpo. Compartía su credo con los suyos. Levantar los brazos y el pecho desnudo hacia la lluvia era una purificación. Tina pronto aprendió la lección, ajena a los comentarios de los vecinos. Otra mujer hacía lo mismo en la azotea del convento de la Merced, bajo sus arcos moriscos: Carmen Mondragón, bautizada Nahui Olín por su amante el Dr. Atl, que se bañaba en los tinacos y cuando se quejaron los vecinos diciendo que les llegaba sucia el agua declaró: ``Si toman píldoras del Dr. Ross (purgantes) bien pueden bañarse en agua del Dr. Atl''. La reputación de Nahui Olín andaba por los suelos, pero ésa, al menos, era loca y mexicana y además hija de un general de la Revolución, a quien bien podría ocurrírsele defenderla de un balazo. En cambio Tina, la recién llegada, era loca e italiana y a los extranjeros perniciosos se les aplicaba (por inmiscuirse en la vida del país, que bien podían ser faltas a la moral) el artículo 33.

Tina Modotti, consciente o no, corrió riesgos de toda índole en un país peligroso en el que todavía estallaban impredecibles revueltas, todavía humeaban las armas calientes. Al vivir en unión libre, proclamar su libertad y dejarse enamorar por otros, Tina se singularizaba; al formar parte del grupo de Diego Rivera y Lupe Marín, a quienes Weston admiró desde el primer momento, entraba a un mundo proscrito por la burguesía y las damas de la vela perpetua, para quienes el muralista no era sino un dibujante de monotes feos, de indios patarrajadas, de mujeres trenzudas y prietas; reinvindicaba a la plebe, al peladaje. Para Weston, en cambio, que Diego escogiera a Tina para figurar en algunos de sus murales significó un alto honor. Sin ninguna arriere pensée, la fotógrafa posó para él desnuda, el pelo cubriéndole la cara, en Germinación y Tierra virgen; y más tarde vestida, en el patio de la Secretaría de Educación Pública, en Arsenal, repartiendo armas al lado de Cristina Kahlo, hermana de Frida.

La efervescencia en torno a los murales era el momento más alto de la creación de nuestra identidad cultural; el muralismo y la figura de Diego Rivera proveían el material polémico. Rescatar el pasado, reivindicar a los indígenas. Orozco, Rivera y Siqueiros se peleaban entre sí y daban de qué hablar. Era fácil que Tina se contagiara; visitaba a los pintores en sus andamios, la recibían como a una reina. A todos, hasta al huraño José Clemente Orozco, les encantaba verla llegar curiosa, enérgica y feliz. La deseaban. Agradecían su presencia. La integraban a la vida intelectual y la consideraban una parte esencial. Tina era parte del proceso histórico del país que estaba creándose. Pertenecer a este momento del arte mexicano era una verdadera distinción; nada la había estimulado jamás en esa forma. Por fin se había encontrado a sí misma. Era parte de la Revolución, la social y la estética, era un miembro activo de una cultura en formación, de la alfabetización de los campesinos, el reconocimiento a los indígenas y a la grandeza del pasado.