La Jornada viernes 17 de enero de 1997

Pablo Gómez
¿Qué defienden los ideólogos del poder?

México no se entiende sin sus pueblos indios. La historia no perdona; el presente no puede ser abarcado sin los pedazos del pasado. Los indios han sido sometidos a través de diversos métodos, pero su carácter de pueblos oprimidos no se ha superado, solamente han cambiado las formas de la dominación.

Desde la encomienda hasta la reforma agraria pasaron más de cuatro siglos sin que la huella de la conquista siquiera se deslavara a través de un pacto político suficiente. No es verdad que en la ley todos los mexicanos sean iguales (mucho menos en la realidad). La legislación está hecha por mestizos sin pensar en los indios.

El orgullo mexicano de un presidente indio --Juárez-- no es el orgullo de los indios sino de los mestizos, como mestizo era en realidad el héroe de la restauración de la República. El paternalismo indigenista ha sido también el orgullo de los mestizos, pero jamás la victoria de una causa verdaderamente india.

La propuesta de la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa) no está hecha para resolver definitivamente el problema indio de México, sino para encausar una solución que al final dependerá de la capacidad de lucha de los pueblos indios y de la comprensión de la sociedad. Si los estados son entidades con soberanía limitada, es decir, con autonomía, ¿por qué los pueblos indios no pueden gozar de un estatuto semejante, aunque aún más limitado? ¿Acaso la existencia de estados con constituciones propias amenazó alguna vez la integridad e independencia de México? México no ha sido realmente amenazado desde dentro, por más que los traidores fueron alguna vez a Francia en busca de un emperador. Mas, de cualquier manera que se quieran interpretar los momentos cruciales de México, jamás fueron los indios el motivo o la ocasión de ningún intento de secesión o golpe contra la República.

Si los indios dieron su vida en la guerra contra el Imperio, eso también ha terminado siendo un orgullo de los mestizos, porque los indios no tienen historia propia: su historia es la de la república de los mestizos. Así es como los liberales llevaron las cosas: lograron la independencia de México y derrotaron después a las castas y privilegios de la colonia, pero jamás se propusieron la emancipación del indio sino su conversión en mestizo para igualar a todos los mexicanos.

Hoy, los indios son más que antes y cada vez aumenta su número. Hay algo en la estructura social de México que promueve la diferencia en lugar de la homogeneidad. La vergüenza de ser indio existe aún y seguirá existiendo mucho tiempo más, pero tiende a ser cada día menor en la medida en que los pueblos indios se levantan para exigir unos derechos a la medida de su realidad. Ante la sociedad, el EZLN no fue lo que el gobierno quiso que fuera: un grupo guerrillero llegado a una olvidada región para manipular a unos indios pobres e incautos. Los zapatistas son una expresión verdadera de varios pueblos indios que buscan una emancipación política propia en el marco de la conquista de la democracia en México, pues es ésta el único medio para resolver la cuestión india, que es, en el fondo, una cuestión de la forma de constitución del poder.

Regiones indias con gobiernos propios, elegidos mediante el método de la democracia (``usos y costumbres'', discusión aparte), con la participación igualitaria de los pobladores que no son indios, con capacidad para dictar normas de obligatoria observancia y aplicar las leyes del país con su propio criterio, no es algo más que lo obtenido por los mestizos en los estados desde los tiempos de la fundación de la República. Los municipios indios no podrían ser la respuesta actual. Lo de nuestros días es la autonomía regional, con instituciones modernas, con leyes democráticas, con igualdad política de indios y no indios en aquellas zonas en donde todos puedan tener acceso al poder público, ya que ahora solamente los mestizos logran gobernar a través de los estados, dejando a los indios en su miseria comunal y municipal, en la autarquía que los olvida en todo excepto en el saqueo y la expoliación de las clases dominantes, y en el voto que les exige la burocracia del Estado.

La respuesta de Zedillo al proyecto de la Cocopa es la del racismo vergonzante del Estado antidemocrático, la del orgulloso mesticismo estatal que ha abandonado el nacionalismo para abrazar ahora la admiración por lo extranjero y por los extranjeros. Es cierto que ni el nacionalismo ni el extranjerismo han sabido encarar la cuestión india de México y que sólo la democracia y la defensa de la soberanía, entendida como suma de soberanías ejercidas desde abajo, puede dar solución a uno de los más viejos y vigentes problemas del país.

¿Acaso es admisible que las decisiones de gobierno se tomen bajo la influencia determinante de juristas reaccionarios, hispanistas, extranjerizantes y racistas? Pues así son algunos de los consejeros del Presidente de la República, aunque tal circunstancia hubiera sido inaudita hace apenas unas décadas.

El proyecto de la Cocopa es defendible en la medida en que abre puertas, de que es un primer paso hacia la solución de un problema de siglos. Pero el poder quiere, al igual que los reaccionarios y conservadores, mantener esas puertas cerradas y dejar a los poblados de indios, a las comunidades miserables, a los más débiles de entre los débiles, en el atraso que le es funcional al sistema político y a la economía de las desigualdades. Eso es lo que defienden los ideólogos del poder, tanto los orgánicos como los gratuitos.