Olga Harmony
El cuaderno rojo

Con El cuaderno rojo y otras historias para ir a la cama..., escenificación basada en algunos textos de Paul Auster, Francisco Franco inicia el proyecto de La máquina de teatro que agrupa a ocho muy diferentes e interesantes directores que decidieron reunirse para compartir experiencias, entusiasmos y hasta presupuestos, lo que de alguna manera ofrece la tónica de lo que será una parte de nuestro teatro en el año que comienza: el esfuerzo autogestionario de varios teatristas alrededor de un eje común. Sabemos de otro planteamiento semejante --aunque en él participa gente de varias generaciones, a diferencia del de La máquina... cuyos integrantes son jóvenes-- que se maneja para el Teatro de la Conchita; estos dos proyectos, más los que nazcan gracias a la convocatoria del IMSS, permearán sin duda nuestro teatro y abrirán rutas que ya se perfilan muy nítidamente.

Lo primero que se podría decir de esta nueva propuesta de Franco, es que resulta evidente el entusiasmo de este director por un novelista al que desea compartir con su público, lo que es un punto a su favor porque habla de un interés personalísimo, esa convicción que Claudel pedía para todo esfuerzo artístico. Pero este mismo amoroso cuidado es el punto flaco de su dramatización. Me explico. Muy fiel, quizás demasiado, a la idea prevaleciente acerca de la temática de Auster, el azar y la coincidencia, Francisco Franco no logra extraer de los textos elegidos una idea general que pudiera ser el tema principal, quizás la elusiva condición de la realidad. Parece a punto de lograrlo, al utilizar a Peter, el poeta casi descubridor del lenguaje (un tema que lo emparentaría de algún modo con Handke) como una especie de hilo conductor, con sus parlamentos repartidos entre los tres actores y que abre y cierra el espectáculo.

Al entrelazar otros temas, incluyendo fragmentos de la biografía del propio Paul Auster, la intencionalidad se desparrama hacia muchas otras vertientes (el azar, las relaciones padre-hijo) y entonces su posibilidad dramática queda sumamente abierta e inasida. Estructurado el espectáculo de manera fragmentada y casi minimalista, en una pauta que entre nosotros explora Luis Mario Moncada, Franco desdeña toda cohesión temática --que en Moncada sí se da con singular fortuna-- no digamos de trama a la manera usual. Olvida algo por demás obvio: que lo azaroso de la existencia resulta más evidente, por contraste, en un contexto muy cerrado y en apariencia convencional. La coincidencia está dada por los relatos que se entresacan de las obras del novelista estadunidense en un rompecabezas cuyo diseño final queda sumamente borroso. Las intenciones declaradas de trastocación de los tiempos y destinos en el mundo cotidiano, no se llega a advertir en el escenario.

Es probable que el espectáculo mueva a muchos a leer al novelista, lo que sería una buena consecuencia, pero estamos hablando de teatro, no de didactismo literario. Y lo que vemos en escena es una intención no cuajada: una adaptación, una dramaturgia de textos no escritos para el teatro, debe sostenerse por sí misma y por desgracia este no es el caso. Yo le reprocharía a Franco haber eludido su propia reflexión personal acerca de lo que está manejando, convirtiendo lo que podría haber sido algo muy cabal, si hubiera tomado la escritura de Auster como un punto de partida para llegar a algo más, en un casi recital de fragmentos austerianos.

El espectáculo se disfruta por el valor de los fragmentos mismos, por el buen desempeño de los actores y por el indudable sentido que el director tiene para el gag. A veces, esa capacidad de teatralización juega a contrapelo con el texto, como el momento en que el excelente Jorge Zárate narra la experiencia de un amigo, casi como un discurso, casi como una denuncia, con un foco de atención en la parte posterior del teatro, subrayado por los otros dos actores; posiblemente momentos como éste quieran decir que el mismo director siente necesidad de ese tipo de apoyos. Agil, con soluciones ingeniosas e imaginativas, la dirección de Francisco Franco discurre en sentido contrario a lo que, me imagino, fue su intención primordial.

Amén de Jorge Zárate, el director cuenta con la versatilidad de Mario Oliver, que me gustó particularmente cuando encarna a Peter, y con la hermosa presencia de Claudette Maillé, muy atinada en sus escenas. Cuenta también con una escenografía de Juliana Faesler --a quien se debe también la iluminación-- muy sobria y funcional y con los telones diseñados por Rafael Cortés, inspirados en la obra de Edward Hopper. Lo que se me escapa es la función de Clarissa Malheros como ``entrenadora de actores'' en el caso estos tres jóvenes profesionales.