Sergio Ramírez
La guerra de los moonies

Centroamérica arde en guerra contra los moonies. El obispo auxiliar de San Salvador, Gregorio Rosa Chávez, acaba de calificar al reverendo Sun Myung Moon de anticomunista visceral y trasnochado. Se reclama la expulsión de los misioneros moonies, coreanos y japoneses. Más allá de lo que dicen las constituciones sobre la libertad de cultos, y encima de cualquier prédica de tolerancia, se vive un clima de exaltación que alcanza a los parlamentos y a los medios de comunicación.

Todo es parte de la cruzada religiosa que se ha abierto en Centroamérica contra la secta Moon, una trasnacional fundamentalista que despliega a sus prosélitos con agresivas técnicas de marketing y dispone de millones de dólares, públicos y ocultos, que le permiten ser dueña de poderosos medios de comunicación, montar ceremonias de casamientos multitudinarios y penetrar en los palacios presidenciales.

Por primera vez católicos y protestantes se han encontrado en las calles combatiendo a un enemigo común, y no enfrentándose. Todavía en tiempos de mi abuelo, que fundó la Iglesia Bautista de Masatepe en el comienzo del siglo, eran los protestantes los que debían encerrarse a practicar su culto perseguidos por la lluvia de piedras que les lanzaban los cruzados católicos. Ahora las piedras las lanzan juntos.

Porque hay una tregua entre ambos, y ya los protestantes no son los de antes. Sólo en Nicaragua las denominaciones protestantes tienen a una cuarta parte de la población, un crecimiento sostenido desde que actuaban como minorías prácticamente clandestinas. A costas de la Iglesia católica, por supuesto.

Las cruzadas de sanidad divina son capaces de congregar en cualquier capital de Centroamérica a miles para rebalsar plazas y estadios, y la convocatoria política de las iglesias fundamentalistas, mucho antes de la secta Moon, se ha demostrado ya en Guatemala. El general Efraín Ríos Mont y el derrocado presidente Serrano Elías son pésimos ejemplos de esa convocatoria. Y cuando la jerarquía católica se decide, también pone pésimos presidentes.

En Managua, los viejos cines suntuosos de los años 50 que sobrevivieron al terremoto se han convertido en templos que exhiben en sus marquesinas rotas lemas que llaman a la oración y al arrepentimiento. Muy tarde, se puede oír llegar las voces de los pastores clamando desde los altoparlantes en otros tantos templos improvisados con ripios de construcción y tejados de zinc en los barrios más pobres, al lado de bares y bailongos que se disputan con los predicadores la clientela nocturna. Trompetas de combos que suenan destempladas, y vociferaciones al cielo.

La Iglesia de la Unificación del reverendo Moon va más allá. Por lo que se ve, tiene un proyecto de conquista mundial. Es mucho más que una secta, y alarma a los líderes religiosos católicos y protestantes no sólo por su inmenso poder financiero, sino por su propuesta herética, que coloca a su líder como un nuevo mesías. Un mesías con bancos, estaciones de televisión y periódicos, y procesado, además, por actos delictivos en Estados Unidos.

Sus donativos fueron a dar en un tiempo a las arcas de las fuerzas de la contra en Honduras, y en muchas partes el reverendo Moon encuentra en los presidentes, y en sus ministros, aliados seguros. El obispo auxiliar de Managua, Eddy Montenegro, ha reclamado públicamente al ministro de Gobernación del presidente Arnoldo Alemán por el apoyo del gobierno liberal a los moonies. La jerarquía católica no olvida que el respaldo ofrecido a Alemán fue decisivo para su victoria electoral.

El reverendo Moon abrió hace poco, en el exclusivo barrio de El Carmen de Managua, las oficinas de su periódico continental, que para gloria de los contrastes se imprime en las prensas de Barricada, el periódico oficial del FSLN. Ha habido conatos de linchamiento contra los moonies que van de casa en casa por todos los barrios y pueblos ofreciendo su periódico y buscando adeptos, y las brigadas de choque que tratan de cerrarles el paso son mixtas entre católicos y protestantes.

En una región del mundo como Centroamérica, donde la clientela de las sectas religiosas está entre la población que vive en extremos de pobreza, hacinada en asentamientos que carecen de todo, y en busca de esperanzas mágicas de redención, la persecución a la secta Moon, y la intolerancia, terminarán por fortalecerla. Los mesías ricos, que pueden repartir, siempre son atractivos para los que no tienen nada, como lo son las carreras romanas en carretones de caballos, que se celebran cada año en Managua con pompa circense. Sus patro- cinadores también bajan desde los cielos, en helicópteros, ante una multitud ávida de milagros.

Lo único que podrá disolver los atractivos de los moonies, aun con todo su aparato de poder, y sus alianzas de poder, y sus dineros provenientes de negocios ocultos, es la tolerancia dentro de las leyes. Sin olvidar que las guerras religiosas siempre terminan reforzando los fanatismos entre los bandos enfrentados.