Víctor de la Cruz*
La evaluación científica en México

Durante mi última semana como investigador visitante en la Universidad de California, en Davis, leí por Internet un artículo del doctor Miguel José Yacamán sobre la evaluación científica en México. Comparto los buenos deseos del funcionario, que fue secretario ejecutivo del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), en cuanto a imaginar el futuro deseable de México. Desgraciadamente los avances científicos no se logran sólo con buenos deseos.

En el sexenio salinista, cuando Yacamán fue director adjunto del Conacyt con el doctor Fausto Alzati, se nos dijo que ya habíamos llegado al Primer Mundo, entre otras razones porque el país había ingresado a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). También nuestros gobiernos han suscrito en nombre del Estado mexicano el convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y no por eso respetan los derechos indígenas consagrados en él. ¿Qué ha sucedido con los acuerdos de San Andrés Larráinzar que firmaron los representantes del gobierno mexicano? Es decir, no es suficiente ingresar a la OCDE para aplicar los criterios de evaluación de los países más desarrollados. Hace falta establecer las condiciones necesarias para la investigación científica y tecnológica dada en esas naciones para poder aplicar sus criterios de evaluación y no simplemente copiarlos.

Según el ex secretario ejecutivo del SNI, en 1993 se ``trató de medir con los parámetros de los países desarrollados'' la calidad de nuestra investigación, descubriéndose que ``como sistema ha sido en promedio mediana''. Párrafo seguido agrega: ``Sin embargo, el estudio de las citas obtenidas por mexicanos en la literatura internacional indica claramente que no hay más de 200 investigadores en este caso''. Si para el funcionario 200 golondrinas no hacen verano, habría que preguntarle cuántas son necesarias para tener un estío y, sobre todo, cómo es que existen esas 200 a pesar de las condiciones en que han dejado la investigación científica en México los políticos y funcionarios que siguen sus lineamientos en la materia.

En este asunto de las citas debemos tener presente que el registro lo realiza una empresa privada estadunidense, y como tal es como cualquiera otra en esa sociedad, cuyos fines son el lucro y no necesariamente la ciencia y la tecnología. Y si un investigador mexicano realiza el ejercicio de comparar las citas que se hacen de sus trabajos en inglés, en Estados Unidos, y los de esa empresa, se dará cuenta de la enorme diferencia entre lo que él puede encontrar y lo que dicha compañía registra en el negocio de las notas, que son muy pocas. Otro aspecto de la cuestión es: ¿sirve más al desarrollo de la ciencia nacional y, en nuestro caso, de la provinciana que nos lean, que nos citen quienes forman parte de nuestro entorno académico, o aparecer en el Citation index?

Si invertimos la paradoja de Aquiles y la tortuga de Zenón de Elea, nos ayudaría a visualizar nuestra situación e imaginar salidas posibles a la problemática en materia de investigación científica, tecnológica y evaluación. Supongamos que la investigación realizada en Estados Unidos fuera Aquiles y su contraparte, la efectuada en México, la tortuga. En la versión original de la paradoja, Aquiles nunca alcanzaría a la tortuga, porque una magnitud que es infinitamente grande se puede dividir al infinito en partes cada vez más pequeñas; en materia de investigación científica y tecnológica tampoco parece probable que la tortuga mexicana alcance al Aquiles estadunidense. Sólo en caso de que éste se detuviera, la tortuga tendrían posibilidades de alcanzarlo, lo cual no parece cercano en el asunto y la relación que nos ocupa.

Podríamos hacer otro ejercicio de metáfora visual: imaginemos a la investigación científica y tecnológica en el mundo como un tren, en el cual los carros delanteros lo ocuparían los países más desarrollados y en el cabús vendrían los del Tercer Mundo. Creo que en las condiciones actuales nos quedan pocas opciones, por lo menos en muchas materias de investigación científica y tecnológica: una de ellas, enganchar nuestro destartalado carro al tren, porque si pretendemos desengancharlo y armar uno propio con la actual política de investigación, corremos el riesgo de quedarnos sin recursos para construir nuestro sistema ferroviario lo cual, en todo caso, no es imposible como lo han hecho los cubanos debido al bloqueo del gobierno estadunidense, aunque no sin penurias. Es decir, no podemos pretender desde el cabús competir con quienes van en los carros delanteros ni evaluar a nuestros investigadores como si tuvieran las condiciones de los países más desarrollados o ricos.

* Profesor-investigador del CIESAS, Unidad Istmo, y miembro del SNI