Jordi Soler
Seis semanas y media

Donodol, Naxodol, Dolotor, Profenid y Dolac, espaciadas cada cuatro u ocho horas, inyectadas o tomadas según las especificaciones. ``Todas son para el dolor y para relajar los músculos, no se puede hacer nada más, las costillas sueldan solas'', concluyó el doctor. Puso contra la luz de la ventana una radiografía que registraba las nueve costillas fracturadas. El paciente se estremeció un poco al ver la calidad del daño, que era, por decir lo menos, espectacular. Empezaba a partir de la segunda costilla, rota en dos partes, astillada como una rama. La intensidad de las fracturas iba disminuyendo gradualmente hasta llegar a la décima, donde apenas se alcanzaba a distinguir una fisura, que radiográficamente no era más que una raya a la mitad del hueso. ``¿Me va a enyesar?'', preguntó el paciente. ``Ni a enyesar ni a vendar'', dijo el médico, y a continuación explicó que no era recomendable porque entonces la caja torácica soldaba constreñida y luego había que rehabilitar al paciente para que recuperara su capacidad pulmonar. No quedaba más que el reposo durante seis semanas. ``Y además --dijo antes de despedirse-- no fume y procure no contagiarse de gripa porque la tos y los estornudos van a dolerle mucho''.

El paciente arregló por teléfono los asuntos prácticos de su vida y se dispuso a purgar esa convalecencia impráctica. Las visitas de sus amigos iban distribuyéndose a lo largo del patrón medicinal: uno iba entre el Naxodol y el Profenid, cuando la otra, que se acababa de ir, se había bebido tres cafés entre el Dolotor y el Dolac. El mismo también programaba así sus actividades: lectura de Donodol a Naxodol, y entre Profenid y Dolac un poco de tele.

Desde la primera noche descubrió algunos inconvenientes, todos más o menos manejables con excepción de uno: tenía que dormir sentado.

El tercer día tosió dos veces y sintió que las costillas fracturadas se le desprendían y caían en algún hueco entre el estómago y la vegija; y eso no fue nada en comparación del estornudo que le vino, sorpresivamente, la mañana del quinto día: sintió cómo las nueve, en caracterización de garra, se le encajaban en el pulmón. Doblado de dolor había caído al suelo, encima de uno de sus gatos, que empezó a maullar como si se hubiera roto las costillas.

A partir de entonces se complicó la dinámica, entre el Donodol y el Profenid, empezó a tomar pastillas de Redoxón para evitar la gripe y tragos de Broncolín para la resequedad en la garganta, y ya en las alturas del Dolac empezaba a campechanear, con la idea de evitarse una úlcera, Melox con Peptobismol.

Las visitas seguían entre una medicina y otra, con una regularidad matemática que le permitió rebautizar a sus amistades: un día Profenid le llevaba un pastel de queso, otro aparecía Dolotor con unos papeles urgentes de la oficina y en la noche irrumpía Redoxón con una botella de tequila que mezclaba y cruzaba los efectos de las pastillas, al grado de que al final de esas veladas resultaba que el Melox relajaba los músculos y el Profenid endurecía las evacuaciones. Las visitas de Dolac eran las que más apreciaba, su belleza contrastaba con las asperezas alcohólicas de Redoxón, y con los chistes sobrios, pero muy malos de Broncolín. El gato rencoroso no perdía oportunidad de demostrar su descontento con una meada en el sillón o un arañazo trapero en los tobillos.

Durante las horas de ocio que constituían la mayor parte de sus noches sentado, observaba los detalles de su radiografía y al día siguiente se los mostraba a Dolac, frente a la luz de la ventana, señalando partes con una pluma. Cuando alcanzó las tres semanas de recuperación, Dolac le hizo ver que las dos partes de la segunda costilla que aparecían en la radiografía estaban más juntas que antes, daban la impresión de haber soldado. Luego se rieron de aquella insensatez y mientras el gato furibundo lanzaba un chorro de orines contra la pata de una silla, concluyeron que la radiografía empezaba a desgastarse y a perder exactitud, quizá por tantas exposiciones al sol.

A las cuatro semanas, los efectos de dormir sentado ya eran motivo de bromas y carcajadas para Redoxón y Donodol; al paciente le había salido una barriga descomunal, que se terminaba de golpe en la protuberancia que formaba la fractura de las costillas. Peptobismol, en cambio, opinaba que esa deformidad era más trágica que cómica.

Cuando cumplió seis semanas, el paciente pudo dormir por primera vez en cama. Durmió 14 horas de un tirón y despertó al día siguiente renovado. Suspendió los medicamenos, se puso un traje y fue a la oficina; reinauguró su vida normal. A las seis semanas y media del accidente, en una tarde de holganza con Dolac, sacaron la radiografía y observaron, sorprendidos, que las nueve fracturas habían desaparecido. Mientras el gato, con un rencor que rayaba en lo patológico, soltaba una meada rabiosa encima de un montón de libros.

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