Política sexual y textos de mujeres ...

Por política sexual entiendo las relaciones de poder que se han establecido y se establecen entre hombres y mujeres en razón de sexo. Estas relaciones son previas a las que supuestamente regula el contrato social (y que generan, por ejemplo, las desigualdades de clase)...

El concepto de política sexual, ¿implicaría que hay alguna conexión entre el sexo femenino y el pensamiento/los textos de las mujeres? Ciertamente no en el sentido biologicista, no porque "la anatomía sea el destino", como parece que de alguna manera quería Freud, ni porque yo piense que hay algún tipo de correspondencia orgánica entre el cuerpo y el sujeto que escribe. Pero sí, efectivamente, en sentido cultural: sí hay relación entre género femenino y lo que las mujeres hacemos y lo que pensamos sobre nosotras mismas, ya sea para acatar o para rechazar los contenidos de género inculcados en la socialización. Es decir, el tener un sexo femenino ha marcado y marca la experiencia histórica de las mujeres en las sociedades occidentales (...)

Me interesa, pues, sexualizar mi lectura en el sentido de marcar diferencias entre la experiencia histórica de las mujeres y la experiencia histórica de los hombres. Porque pienso que, en Occidente, la diferencia que marca el sexo es una diferencia socialmente construida pero omnipresente e ineludible.

Al tomar esta postura soy consciente de violar críticas ya establecidas de verdades tradicionalmente consideradas inamovibles, verdades como "autonomía del autor", "experiencia histórica", "realidad", o "casualidad", críticas establecidas en el marco filosófico de la crisis de la modernidad. No obstante, aunque la crisis de la racionalidad haya tenido efectos muy beneficiosos para el pensamiento feminista, pienso (con Rosi Braidotti) que deconstruir la posible autonomía de las mujeres como creadoras de textos antes de que ellas hayan tenido la oportunidad de constituirse en sujetas plenas de discurso, es condenarlas a una invisibilidad más dura todavía que la que tradicionalmente han tenido (ya casi nadie rechaza esta afirmación) en la cultura occidental.

Sexualizar el análisis no quiere decir renunciar a la igualdad social entre hombres y mujeres. Más bien al contrario: sólo es posible marcar diferencias no discriminatorias cuando la igualdad institucional es un objetivo asumido (aunque todavía nunca plenamente logrado). Pero la igualdad institucional es un objetivo insuficiente porque no trasciende los límites del contrato social. Tener en cuenta las diferencias que marca el sexo comporta, en cambio, un cuestionar radicalmente el contrato sexual que le precede y que marca desigualdades entre hombres y mujeres cuyo análisis y cuya cancelación desbordan los límites del contrato social.

Sexualizar el análisis quiere decir buscar un nuevo tipo de subjetividad, un tipo de subjetividad que presupone que las mujeres (por nuestro género, que se construye sobre la diferencia sexual) tenemos algo que decir y hemos tenido algo que decir en el pasado. Algo que, indudablemente, no ha podido eludir nunca del todo lo que los hombres han tenido que decir sobre las mujeres y sobre sí mismos; pero que tampoco es un simple reflejo o réplica del discurso masculino.

Rivera Garretas, María-Milagros, Textos y espacios de mujeres, Icaria, Barcelona, 1990, 253 pp.