n José Blanco n

El estado de la unión

El que no está conmigo, está contra mí. San Mateo, apóstol

 

Ido Juan Pablo II y desvanecido el ambiente levítico que el aldeano ''kitsch'' mexicano escenificó durante su estancia, se ha esfumado también el torrente de emoción suscitado por la visita, y la cruda (realidad) apareció, sin remedio, contundente.

Exaltado, reapareció el estilo tarambana de Vicente Fox; también, las puyas y sombrerazos entre candidatos y precandidatos de todo tipo, la desconfianza multidireccional en aumento de la sociedad mexicana (atizada hoy por el caso Raúl Salinas), las certidumbres económicas acerca de un año más de pésimos augurios para las mayorías y, en adición, aparecerán previsibles acometidas ideológicas y políticas de las derechas eclesiásticas, anexas y similares, contra el divorcio, el control natal, el condón, el aborto, el Estado laico, la escuela laica, todo convenientemente aderezado con la crítica ignara al neoliberalismo propia del discurso antiestatista.

Emergió, asimismo, una unión en la fe de los católicos mexicanos que no existe ni en apariencia. La propia Iglesia cuidó de separar a sus fieles en las fiestas litúrgicas de Juan Pablo II. En la Villa la gente bonita pudo no padecer los malos olores y los rústicos modales de los pobres y los más pobres, idóneamente ubicados a la intemperie. En la Magdalena Mixhuca, un convite de campaña con masas salidas a flote desde el precarismo. En el Azteca, muchos hijos de la gente bonita, para adornar las pantallas gigantes y la transmisión internacional, diestramente alejados de los pobres feos. En la nunciatura, preces, gloria, oraciones, epístola, Evangelio, homilía, ofertorio, consagración, comunión, bendiciones, del Papa, en misa votiva, para élites económicas y políticas.

Tal, el estado de la unión. En concordancia, las motivaciones detrás de la adoración al líder de los católicos se revelan diversas. En los menesterosos, ese intenso sentimiento lo origina a) la desolación profunda de quien sólo posee dolor, b) la desconfianza básica en cualquier dirigente doméstico y c) el poder de manipulación de los medios. Como lo sabe hace tiempo la sociología del poder, el carisma es potestad entregada por una masa desvalida a quien por su posición, respecto a la masa, está en aptitud de personificar simbólicamente sus afanes dolientes: no es gratuito el renovado discurso papal buscando abanderar las esperanzas más sentidas de los miserables. Pero hoy, tal personificación, con sus nuevos alcances, es imposible sin la decisión y los modos melodramáticos fraguados y exhibidos por los medios electrónicos. Masa y medios crean y recrean al líder carismático.

A la gente bonita, como la del Azteca, la mueven otros resortes, impelidos también por los medios. Los excitados afanes por despegarse de la piel la mediocridad y el anonimato, se vuelven desaforada proclividad al magno espectáculo. Cuántos vimos la dicha orgiástica de autocontemplarse en pantallas gigantes y ser visto en el mundo, entonando baladitas/vi- llancicos. A la vibra colectiva de base, presente en los conciertos rockeros a los que estos estratos sociales acuden religiosamente, se añadía ahora un ethos místico, intensamente emocional, creado por los empeños patéticos de los medios electrónicos y su uso flamante de los símbolos del catolicismo, siempre refuncionalizados, todo puesto en clave de colosal representación.

Otros los ingenios en movimiento en la misa elitista de la nunciatura. Aquí hubo de todo: un acto de gran sociedad, para la distinción y el roce elegante, dignos de Hola!; un paradójico modo oportunista de ubicarse en el consenso de masas; una vía para la importación de indulgencias del más alto nivel; un espacio de comunión falseada: acudieron al soberbio sitio del nuncio apostólico acres, acérrimos contrincantes que lucharán a muerte por apropiarse del discurso del máximo propagador de las creencias de los católicos, contienda posibilitada por el polivalente y discordante discurrir y actuar de Juan Pablo II, en una anhelante búsqueda por adueñarse del consenso contradictorio proveniente de los fieles de la Villa, la Magdalena Mixhuca y el Azteca.