La Jornada Semanal, 28 de febrero de 1999



Alexis Liebaert

entrevista

Con Doris Lessing

Doris Lessing es una de las voces más inteligentes y decisivas en la historia de la literatura del siglo XX. Convertida al sufismo y autora entre muchos más de El cuaderno dorado (la ``Biblia'' del feminismo), aquí habla de su infancia en Rodesia, de la cerrazón y el conservadurismo de las nuevas generaciones y del mundo ``des-utopizado'' después del comunismo. El miércoles pasado le fue otorgado el Premio Internacional de Cataluña.

Por qué ha elegido escribir su autobiografía? ¿Para evitar que alguien emprenda la historia de su vida?

-En efecto, otros habían comenzado ya, y el resultado se anunciaba aproximativo. Entonces pensé: ``Bueno, tengo que decidirme a dar mi propia versión de las cosas.'' De hecho, había tenido siempre ganas de escribir mi autobiografía. Y eso se reveló muy interesante, y diferente de lo que esperaba. Porque cuando se emprende ese tipo de trabajo, uno se acuerda de un montón de cosas que se habían olvidado. Cuando se comienza a repensar el pasado, es como si se abriera una puerta en el cerebro detrás de la cual se presenta una multitud de recuerdos.

-Dice que había que escribir su autobiografía. ¿Por qué ``había'', que hacerlo?

-Porque tuve una vida bastante original y, al envejecer, me di cuenta de que los jóvenes de hoy no tienen idea de las cosas a las que me enfrenté. Por ejemplo mi infancia en Rodesia. Los blancos en çfrica del Sur o en Zimbabwe no quieren recordar que muchos de ellos eran muy pobres. Han embellecido el pasado. Y los negros han hecho lo mismo, porque les gusta pensar que todos los blancos eran muy ricos. Contar mi pasado me permite dar a conocer cómo eran las cosas realmente.

-En esta autobiografía usted es, para alguien de su generación, de una franqueza sorprendente, en particular con sus aventuras amorosas.

-No estoy segura de que sea tan sorprendente para alguien de mi edad. Creo que las gentes de mi generación eran bastante libres en lo que concierne al sexo, mucho más de lo que se imagina hoy día. Las personas de la generación de mis padres no lo eran, pero nosotros sí. Las cosas cambiaron con la primera guerra mundial.

-Si no hubiera pasado su infancia en Rodesia, también habría estado comprometida políticamente?

-Comprometida, creo que sí. Aunque no necesariamente a ese punto. Usted sabe, en mi generación todo el mundo ha sido comunista o cercano a los comunistas. Yo, sin duda, habría hecho como los otros. Tanto más porque ya estaba comprometida en la lucha contra la situación creada a los negros. Pero lo que me sorprende es que nosotros no parábamos de hablar de política, de debatir problemas políticos. Hoy en día los jóvenes no se interesan en la política. Son completamente diferentes.

-¿Por qué, según usted?

-Por una razón muy simple: porque sabemos que el idealismo condujo a muertes masivas, entonces forzosamente, ahora todo el mundo tiene miedo de las tentaciones idealistas.

-En sus novelas usted denuncia la desigualdad racial, el sexismo. ¿Diría usted que son novelas políticas?

-Jamás he escrito un libro político. Jamás he escrito una novela con mensaje. Ni siquiera mi primer libro, que fue recibido por los blancos de Rodesia como una obra peligrosa, cuando yo no hacía más que escribir lo que sabía y lo que veía. Lo que me interesaba era decir lo que nadie decía, mostrar lo que estaba oculto: la opresión sobre la cual esa sociedad estaba fundada. Actualmente, cuando veo mis libros puedo decir que, con excepción de dos o tres novelas breves, ninguno ha sido directamente político. Hay una gran diferencia entre escribir un libro que tiene un significado político, y escribir uno que sea un mensaje político. El proceso no es el mismo: uno es literario, el otro político.

-¿Por qué decidió adherirse al partido comunista, justo en el momento en que comenzó a dudar?

-Ese es seguramente el acto más neurótico de mi vida. Pero puedo intentar explicarlo. Para mí, como para mucha gente de mi generación, la primera guerra mundial fue determinante. Fui educada por un hombre, mi padre, que había estado en las trincheras y me contaba el horror de los combates y la impresión de ser traicionado por los civiles. Yo tenía el sentimiento de ser parte de aquellos que sabían y conocían la verdad mientras que los otros eran estúpidos y no sabían nada. Yo me sentía, también, cercana a las víctimas que eran los soldados de la Gran Guerra. Este tipo de sentimientos nos predisponía a volvernos comunistas. Porque volverse comunista era ciertamente convertirse en miembro de una minoría detestada, pero era también unirse a los que pretendían detentar la verdad sobre la naturaleza de la sociedad. Había, además, la identificación con los que sufrían, con los países víctimas, y el primero de ellos era la URSS, que ofrecía la imagen de un país perseguido, luchando valerosamente por el triunfo de la verdad. Después vino la segunda guerra mundial, en donde los soviéticos perdieron millones de hombres. Y, una vez más, era la imagen de un país víctima luchando contra el mundo entero.

-¿Siendo comunista, tenía la impresión de formar parte de una élite?

-Sí, pero eso no duró mucho tiempo. No podía durar. Dios mío, cuando lo pienso ahora, no puedo creerlo. ¿Cómo pude creer en esas burradas? Asombroso. Muchos de mis contemporáneos no quieren acordarse de sus errores. Si supiera usted el número de personas que dicen negligentemente: ``Antes fui un poco rojo'', cuando han sido comunistas convencidos, ideólogos sectarios.

-¿Cuál es el balance del comunismo, según usted?

-Catastrófico y terrible para Europa. Me ha llevado mucho tiempo plantearme una pregunta simple: supongamos que los socialistas europeos no se identificaron jamás con la Unión Soviética -y no teníamos ninguna razón para hacerlo-, ¿qué les habría sucedido? No se les habría identificado con el fracaso, con el sufrimiento, con la mentira. No hubieran sido corrompidos por esa mentira. Y serían todavía respetables, tal vez. Mientras que actualmente nadie puede decirse socialista sin justificarse: ``Pero, ojo, socialismo no quiere decir comunismo'', y todas esas cosas. Como resultado, hay una especie de vacío en la vida política y eso es muy peligroso. Las gentes que tienen fe en algo producen miedo. Da miedo lo que la fe pueda hacer de ellas. Y sin embargo, en ciertas circunstancias es difícil permanecer sin compromiso, sin creer en un ideal. A mí me da miedo que los jóvenes que no han vivido todo eso encuentren una nueva gran cruzada a emprender. Algunos ya han encontrado ese ideal en la religión. Cuando yo era joven, me parecía que se había acabado con la religión, y mire lo que pasa...

-¿Pero no se ha convertido usted misma al sufismo?

-Sí, pero el sufismo no tiene nada que ver con una cruzada, no es una fe. Es una manera de ver la vida, no una religión, es más bien una filosofía moral.

-¿No cree usted en la política?

-No, no mucho. Yo creo que lo importante es identificar los problemas concretos e intentar encontrar soluciones. Problemas como la contaminación de los mares, por ejemplo. Leí en el periódico que han descubierto que ciertas pinturas utilizadas en los cascos de los barcos envenenan a los peces. Se ha decidido prohibirlas. Eso me parece muy positivo. Es más eficaz actuar así que deleitarse con grandes palabras como libertad, socialismo y todo eso.

-A propósito de Bill Clinton, ¿cómo reaccionó usted al asunto Monica Lewinsky?

-¡Que aburrimiento! El mundo entero girando alrededor del pene de Clinton, es verdaderamente ridículo. Afortunadamente, los norteamericanos parecen ser más civilizados que sus líderes. No han tenido en cuenta el escándalo al votar.

-¿Cómo reacciona cuando ve a los grupos de feministas o de lesbianas militantes presentar su libro El cuaderno dorado como su Biblia?

-Encuentro eso muy irritante, porque ese libro tampoco lleva mensaje, al igual que los otros. Lo que era original era decirlo abiertamente. He conocido muchas feministas que me decían: ``He leído El cuaderno dorado y ha cambiado mi vida.'' Entonces yo les preguntaba: ``De acuerdo, pero ¿qué decía yo de extraordinario?'' Ellas eran capaces de responder. En cuanto a lesbianas, no estoy de acuerdo con ellas. Encuentro su fanatismo muy fastidioso.

-¿Y cuando se dice que usted es la Simone de Beauvoir anglosajona?

-Hemos escrito en el mismo momento, sobre el mismo tipo de temas. Como toda mujer, yo me siento feminista. Pero lo que le ha sucedido al feminismo es terrible. Hay algo en la psicología de las mujeres modernas, una necesidad de identificarse con las víctimas, que yo encuentro muy inquietante. Todo eso conduce a un misticismo feminista aterrador. Es verdad sobre todo en los Estados Unidos. Ellos han tenido siempre la necesidad de una cruzada o de una causa. Y el feminismo, allá, se ha vuelto extremista y estúpido. Pero, para volver a Simone de Beauvoir, hay una gran diferencia entre nosotras: a ella no le gustaba ser mujer, detestaba las consecuencias físicas de su condición de mujer, tenía la impresión de ser víctima de una injusticia. Eso me es ajeno.

-Muy joven, usted abandonó a su esposo y a sus dos hijos. ¿En la actualidad lo haría de nuevo?

-Sí lo haría. Pero no los abandoné. Tuve que partir, porque no habría sobrevivido a esa vida. No se puede sobrevivir a una vida que se odia sin volverse loca o alcohólica. No tenía alternativa. Yo no podía llevar conmigo a mis hijos porque no tenía dinero. Pero, incluso si les falté, mis hijos han comprendido más tarde por qué lo hice. Ellos me lo han dicho.

-Desde hace años se habla de usted para el Premio Nobel. ¿Sueña con eso?

-No pienso que sea tan importante para un escritor. Pero es verdad: la primera vez que el rumor dice que uno está en la lista es muy excitante. Al cabo de veinte años en los que no cesa de repetirse, uno se halla más calmado.

Traducción: Humberto Rivas
Tomado de L'Evenément de Jeudi