las mujeres:
grandes víctimas del fundamentalismo afgano talibán


-Prohibidas de trabajar y estudiar, encerradas en la casa, obligadas a cubrirse de pies a cabeza, han perdido todas las libertades

Ximena Bedregal

¿Qué le pasaría a usted, apreciada lectora, si un día su ciudad apareciera tomada por el brazo armado de Pro Vida, y cientos de fervientes religiosos le dijeran a la población que desde ahora se regirán por sus interpretaciones de la Biblia, que ellos son los únicos y verdaderos cauteladores de la palabra de Dios y de su moral y, con sus fusiles en la mano le impusieran, bajo penas de apedrearla, emparedarla, cortarle un pedazo de su cuerpo, o asesinarla, que queda usted prohibida de trabajar, de estudiar, de mostrar cualquier parte de su cuerpo (ni siquiera ojos o nariz), de salir de su casa sin compañía de un varón de su familia, de ser auscultada por un médico varón (y ya no hay médicas mujeres), de mandar a sus hijas a la escuela, de manejar, de ver televisión, cine o video, entre otras prohibiciones? ¿Qué le pasaría? ¿Qué haría?


Este ejercicio de imaginación que podemos -todavía- hacer muchas mujeres, es -desde septiembre de 1996- realidad absoluta y cotidiana para las mujeres de Afganistán, donde un grupo de hombres armados, fundamentalistas islámicos de no más de 40 años, conocidos como talibanes, a nombre del Corán y sus leyes, están perpetrando lo que se empieza a llamar "nuevo holocausto de género al terminar el siglo XX", una masacre física y psicológica contra las mujeres de ese país.
Esto sucede mientras los organismos internacionales y los gobiernos -la mayoría firmantes de los acuerdos de no discriminación- miran esta masacre inmóviles y cautelosos calculando sus intereses geopolíticos en la región. Sucede mientras las instancias financieras supranacionales juegan a tener o desarrollar "perspectivas de género". La mirada sobre esta tragedia la han puesto los pocos periodistas que pueden ver aspectos de la tragedia y organismos civiles.
En 1979, Afganistán tenía un gobierno socialista que veía peligrar su estabilidad, "peligro" que decide a la entonces Unión Soviética a invadir el país. La oposición de la población al dominio político-militar soviético se expresó en una larga guerra civil que se fue extendiendo y durante la cual se fortalecieron las posiciones nacionalistas y fundamentalistas islámicas. La guerra fría que se daba entre occidente y el mundo socialista, sumado a intereses económicos concretos, hizo que muchas potencias (Estados Unidos entre ellas) apoyaran y hasta financiaran a los sectores fundamentalistas en ascenso.
Al respecto, Amnistía Internacional dijo ante la asamblea de la ONU en 1996, "los mismos gobiernos que le echaron combustible el conflicto en Afganistán durante años, dando apoyo a sus facciones favoritas, deben ahora hacerse responsables de limpiar la catástrofe de derechos humanos que ellos ayudaron a crear".
Si bien durante el socialismo (hasta 1992) no se podía hablar de que funcionara un principio de igualdad, las mujeres gozaban de muchas libertades y la incorporación al estudio y trabajo de las mujeres había sido importante. Para 1995 -de acuerdo a datos de la ONU- el 34% de la fuerza laboral adulta eran mujeres, el 47% de mujeres eran económicamente activas y el acceso a las universidades se había incrementado de tal manera que ellas empezaban a estar presentes en casi todos los campos del conocimiento. Avance importante si se considera que en 1979 el 88.9% de las mujeres entre 15 y 24 años eran analfabetas (contra 54.2 de los hombres) y de las mayores de 25, lo eran el 97.6 (contra el 77.3% de los hombres).
Los talibanes (hombres de la guerra santa y el estudio del Corán) fueron ganando territorios durante los 90 para, en septiembre de 1996, tomar la capital Kabul. Hoy controlan el 80% del territorio.
Inmediatamente tomada la capital, los talibanes -a través de la Organización Islámica para la Supresión del Vicio y la Propagación de la Virtud- impusieron un violento apartheid contra las mujeres. Se les prohibió trabajar, se obligó a que todas las mujeres vistieran con la burka (traje muy amplio, de color oscuro que las tapa desde la cabeza a los pies incluyendo la cara que va cubierta con una rejilla que impide verlas), se les prohibió asistir a las escuelas y manejar, se obligó a pintar las ventanas de todo recinto donde hubiera alguna(s) mujer(es), se les obligó a no caminar por las calles sin la compañía de un varón de la familia, entre otras prohibiciones.
Durante el primer año, sólo parte de las médicas y enfermeras pudieron trabajar y exclusivamente atendiendo a las mujeres. Meses después se las retiró y se centró la atención de emergencia en sólo ocho hospitales, siempre que las mujeres sean atendidas a través de la burka y sólo auscultadas en "la parte estricta del mal que la aqueja", previo permiso y vigilancia del varón de la familia. Los problemas de salud de las mujeres se tornaron tan graves que por presión de la Cruz Roja, desde diciembre pasado se les permite la atención en dos hospitales de esta institución.
Constantemente se reportan castigos donde golpean, lapidan o latigan a mujeres por no cumplir las leyes talibanas o por haber causado alguna "ofensa" a los varones, ofensa definida por el criterio de él/ellos, castigos que suelen hacerse en el estadio de Kabul. Hace unos días circuló un testimonio de un castigo a latigazos, frente a 30 mil espectadores en el estadio, a una mujer acusada de adulterio. A pesar de las enormes dificultades para reportar lo que está pasando, testimonios de estos castigos recorren las teletipos, las redes de internet y los informes de las pocas organizaciones humanitarias que permanecen en ese país.
Todo tipo de ayuda a las mujeres ha sido interceptado por los hombres de la guerra santa islámica y sólo es permitida si el esposo la acepta y la recibe él, sin que sea posible ver a la mujer. Aquellas mujeres que no son casadas, que son viudas (en general de guerra) o viven en familias que han perdido a sus varones, están condenadas a morir de hambre aunque cuenten con profesiones de alto nivel.
Según vivencias y testimonios de personas que realizan trabajo social, especialmente en áreas urbanas, el índice de depresión, locura y suicidios de mujeres ha aumentado visible y dramáticamente. No es muy difícil imaginar la cadena de desgracias y violencias que está viviendo cada mujer afgana.
El 8 de Marzo de 1998, Emma Bonino, Comisaria Europea para Asuntos Humanitarios lanzó la campaña "Una flor para las mujeres de Kabul"; para este 8 de marzo, un año después, la situación para las mujeres de Afganistán es aún peor. Ya no es sólo un asunto de derechos humanos -esta idea se queda chica-, es un asunto de vida o muerte y los que tienen el poder del mundo siguen inmóviles.