Male y Manuel Puig vivían, a mediados de los ochenta, en unos apartamentos de la carioca Rua Aperana, situada en el extremo sur del prepotente Leblón, ese barrio que inicia los caminos hacia la parte elegante de Tijuca y que ``pierde su honesto nombre'' en las inmediaciones de la gigantesca favela de Rosinha. Manuel era un enamorado de Río aunque, como otros muchos hispanoamericanos, no había logrado establecer muchas amistades sólidas, pues los cariocas son encantadores pero generalmente tienen miedo de contraer las obligaciones del compromiso amistoso. Por esos días, en un teatro del centro de la ciudad se estrenó su obra sobre Gardel. La puesta en escena fue decorosa, pero apenas se aproximó al complejo mundo de ``polacas'', salones en penumbra y negocios turbios del Buenos Aires de las primeras décadas del pecaminoso siglo que, cargado de bubas, purulencias, errores, crímenes y unos pocos momentos dorados, prepara ya un mutis en el que recibirá más abucheos que aplausos. Male y Manuel tenían organizado de manera impecable su ``Cinito'' de Leblón. Participamos en varios ciclos: posguerra Italiana: La larga noche del 43 de Florestano Vancini; Todos a casa de Comencini, así como las basadas en las novelas de Vasco Pratolini y Buzzati y otras películas de Monicelli, Zurlini y Bolognini; comedia musical alemana de los últimos años de la guerra (de este género brilla en la memoria la imagen de Zarah Leander cantando una habanera lánguida o una energética ``Kino star''); ``cinema novo'' brasileiro y las rituales jornadas en las que se homenajeaba a Irene, Charles, Cary y Deborah, actrices y actores de las dos películas amorosísimas de Leo McCarey. La primera, actuada por Irene Dunne, Charles Boyer y Madame Ouspenskaia, era muy superior al remake. Male y Lucinda se inclinaban por llorar sin tregua en el Puente de Waterloo para compadecer a sus desdichados personajes, interpretados por Robert Taylor, Vivien Leigh y la infatigable chaparrita Ouspenskaia. Manuel Puig fue el iniciador de una narrativa originalísima, habitada por personajes de carne y hueso que van al cine, escuchan boleros, leen ``revistas del corazón'' y, para buscar compañía, envían cartas a las publicaciones intermediarias. Por otra parte, su análisis y utilización de los personajes del ``olimpismo'' (Edgar Morin dixit) latinoamericano ha proporcionado temas, títulos y atmósferas a muchos escritores del subcontinente y de la España peninsular. No es fácil (todos los que andamos en estos bretes lo sabemos) poner a los libros el título adecuado (al margen de que se relacione o no con el contenido del texto. Si no se relaciona es mucho mejor, decía el juguetón Felisberto Hernández). Carson McCullers fue la maestra del género. Pensemos en La balada del café triste, El corazón es un cazador solitario y Reflejos en un ojo dorado. Los títulos de Manuel mezclaban una imprecisión lírica con un guiño cómplice a los lectores-espectadores. Cae la noche tropical, Maldición eterna al que lea estas páginas, El beso de la mujer araña, Boquitas pintadas y esos homenajes inteligentísimos al cine y las matinés sabatinas, las canciones, la mujer, la soledad y la obsesión amorosa: La traición de Rita Hayworth y The Buenos Aires affair, son algunos de esos títulos perfectos que fueron pioneros de un estilo seguido más tarde por Luis Zapata y su genial Vampiro de la Colonia Roma, y por otros escritores capaces de mezclar armoniosamente los extremos de la cultura popular con la llamada cultura académica. Manuel Puig estaba muy al tanto de los estudios y comentarios de Monsiváis sobre estos temas, ya que Carlos inició en Latinoamérica una metodología para el análisis de esos aspectos de la cultura entendida como el entorno histórico genético, siguiendo algunas pautas del Camp y del Kitsch. La moda académica da ahora a esas reflexiones el nombre de ``estudios culturales''. Es tiempo de regresar a la lectura de la obra de Manuel Puig, pues, debido en parte a sus valores formales y a su inteligente construcción de situaciones y de personajes, es ya indispensable para el descubrimiento de ese todo cultural que distingue a los países de nuestra comunidad lingüística. Los trabajos de Manuel, Carlos Monsiváis y Luis Rafael Sánchez son imprescindibles y gozosas referencias que facilitan la inmersión en ese variopinto mundo de boleros y guarachas, música de Revueltas y Ginastera, fotonovelas (volvamos los ojos al Sheik blanco de Fellini), películas de charros o cabareteras, fotografía de Figueroa o çlvarez Bravo, tangos aguerridos, poemas de Lezama Lima o de Paz, ``revistas del corazón'', El llano en llamas, la Residencia en la tierra, El señor presidente, la horrenda retórica de políticos pillos y matarifes, la jerigonza de los tecnócratas formados por el imperio de los fundamentalismos atroces, de los fanáticos y de los hacedores de supercherías... HGV
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En filosofía, por ``evidencia'' suele entenderse más o menos ``el cuerpo de creencias, muchas veces basadas en observaciones empíricas, en que se respalda una hipótesis''. Por ejemplo, ``¿por qué dices que X escribió la carta?'', se pregunta. ``Porque la letra de X y la de la carta son iguales''. El hecho empírico de esta igualdad caligráfica constituye una evidencia que respalda la creencia en la verdad de la hipótesis. Pero, claro, no es evidencia conclusiva (la carta pudo haber sido escrita por Y, que tiene la letra igual a la de X y a la de la carta). La gente razonable respalda sus creencias en evidencias. Pero una cosa es tener evidencias y otra hacer una teoría sobre ¿qué es la evidencia? Entre este uso, un tanto jurídico, de evidencia y el uso de ``evidente'' como contundentemente claro y cierto, que vimos en la entrega anterior, hay una íntima relación. Lo evidente es lo inmediatamente cierto, que no necesita mayor averiguación para ser aceptado. Por ejemplo, una de las ``nociones comunes'' o axiomas de Euclides es: ``el todo es mayor que la parte''. Esta noción es evidente y, por eso, puede usarse como evidencia. Sólo lo evidente vale como evidencia. Y vale porque tiene la virtud de zanjar todo alegato. Marca un ``no hay más allá'' de claridad. Puede decirse que la lógica intenta elucidar estos ``no hay más allá'' de claridad, y por eso quienes gustamos de estudiarla tenemos verdadera adicción al placer de lo evidente. Después de todo, la lógica es el estudio de lo superlativo y evidentísimo. Si se cree que exagero, léase esta relación de verdades lógicas ``centrales a nuestro esquema conceptual'' (el que permite el conocimiento cierto) enumeradas por Quine en la introducción a su famoso libro Los métodos de la lógica: ``las verdades lógicas son tan enunciados como los restantes del sistema, por más que se hallen situados muy centralmente; son enunciados tales como `X=X', `p o no p', `si p entonces q', `si p y q, entonces q', `si todas las cosas son de tal y tal modo, entonces algo es de tal y cual modo''', así como otras más complejas y menos fáciles de reconocer. Su característica principal radica en que no son solamente verdaderas, sino que siguen siendo verdaderas incluso cuando sustituimos sus palabras o frases componentes por aquello que queramos, siempre y cuando dejemos incólumes las llamadas palabras lógicas: ``='', ``o'', ``no'', ``si entonces'', ``todas las cosas'', ``algo''. Podemos escribir enunciados cualesquiera en las posiciones de p o q, y términos cualesquiera en las posiciones de ``tal o cual modo'', sin temor a obtener una falsedad. Cuando un enunciado es lógicamente verdadero, todo lo que importa es su estructura en términos de palabras lógicas. Es así que se dice que ``las verdades lógicas son verdaderas en virtud tan sólo de los significados de las palabras lógicas''. Pues sí, ``el jabalí es el jabalí'', aunque nadie se hace famoso con una observación como ésta, o por asegurar que ``Cagliostro era mago o Cagliostro no era mago'', y así con las demás. Pero no te dejes engañar por la contundencia y hermosura de estas verdades evidentes, no sólo porque la reflexión sobre ellas puede llevar lejos (por aquí se llega al Tractatus de Wittgenstein, por ejemplo, si bien el camino es largo). Además, estas verdades, aunque simples, no son triviales, en el doble sentido de tener incalculables consecuencias (sin ellas es imposible razonar acerca de nada) y de que, pese a su apariencia inofensiva y simple, es dificultoso hallarlas. Porque, a ver, otra vez, trata de enunciar una verdad lógica diferente de las enumeradas por Quine y verás que no es nada fácil. Un ejemplo: ``si Juan pecó, Ana lloró de risa. Juan pecó, por tanto, Ana lloró de risa'', es el famoso modus ponens, el más común de los argumentos válidos. Pero el argumento ``Si Juan pecó, entonces Ana lloró de risa. Juan no pecó, por tanto Ana no lloró de risa'', es inválido, y se llama ``falacia de negar el antecedente''. ¿Por qué es inválido? Y aquí interrumpo. Nota compungida, pero resignada. Mi viejo amigo Manuel Peimbert Sierra me señaló un gordo, craso error en una entrega anterior: confundí a John Derek con Alan Ladd. Tiene toda la razón: el tremebundo pistolero Shane no podía haber sido nunca encarnado por el suave e infantil Derek. Alan Ladd alcanzaba a veces una hondura siniestra notable, como en la versión fílmica de la novela de Graham Greene, Una pistola en venta, tal vez su mejor película. Derek, por su parte, dejó el cine, se hizo fotógrafo y casó con mujeres hermosas, òrsula Andress y Bo Derek, entre otras (si no me equivoco otra vez). La pesadumbre de errar se compensa ampliamente con la alegría de que fuera precisamente Peimbert quien advirtiera el yerro y me lo revelara. Se lo agradezco de corazón y enuncio firme propósito de enmienda y redoble de vigilancia.
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