La Jornada Semanal, 21 de noviembre de 1999
En 1839, en medio de jubilosos festejos populares y a los
acordes de una banda de música se desembarcaron en el muelle de
San Juan cuatro grandes cajas que traían, por primera vez, el
hielo a Puerto Rico. Desde allí, y siempre acompañadas
por la música, fueron llevadas, como en triunfo, al teatro
municipal. Un niño, llamado Alejandro Tapia y Rivera, a quien
el azar puso en sus manos un trozo resbaloso del efímero
recién llegado, contaría años más tarde en
sus Memorias esta escena que supera, por mucho, la imaginada
por Gabriel García Márquez para figurarse la
recepción de los sencillos habitantes de Macondo al hielo. Con
este advenimiento, algunos vizcaínos residentes en Puerto Rico
podrían cumplir su promesa de servir sorbetes en el
ambigú de un baile organizado para celebrar la firma del
Tratado de Vergara, que puso fin a la primera guerra carlista. De este
modo, la antítesis alucinante de la presencia del hielo en
pleno trópico sirvió inicialmente para refrigerar los
símbolos políticos de un sector de la clase dominante
puertorriqueña de principios del siglo XIX.
Podría presumirse que fueron aquellos mismos intereses políticos y comerciales los que consiguieron que muy pronto se levantaran los gravámenes sobre la importación del helado elemento desde la vecina isla de Santo Tomás. Después de la llegada del hielo a Puerto Rico, comenta Tapia y Rivera, "por donde quiera se servían helados y hasta se pusieron expresamente neverías en donde la competencia hizo bajar el precio de una gran copa a medio real fuerte".
En El jíbaro, Manuel Alonso confirma que por los años cuarenta y cinco o cuarenta y seis, en el café de las Columnas, situado probablemente en el número 48 de la calle Fortaleza, empezaron a servirse helados y desde entonces comenzaron las señoras a concurrir a aquellos establecimientos, antes sólo visitados por los hombres. Para Alonso, las bondades de los cafés capitalinos de la época como la Mallorquina, La Zaragozana y La Palma, este último en la esquina de la San Justo y la Tetuán, y la introducción en ellos de los helados y las señoras ųen ese ordenų eran signo inequívoco de progreso y civilización.
Y este, en efecto, fue el significado del advenimiento del hielo a nuestras tierras tórridas. Frente al calor omnímodo del trópico, el hielo representó el triunfo de la técnica sobre la naturaleza, del hombre contra su medio ambiente. Ese diamante chorreoso que tanto sorprendía al tacto incauto era un desafío al bochorno secular de la canícula y prometía la posibilidad de una vida menos sujeta al implacable quehacer de las bacterias. El hielo, además, condensaba el contacto con otras latitudes; algo de Londres o París, algo de Alemania o Nueva York; un horizonte tendido más allá de las carnes magras y saladas, más allá de los jamones ahumados y de los embutidos.
En las páginas finales de la novela Canaima, del venezolano Rómulo Gallegos, el cacique indio Ponchopire le requiere a Marcos Vargas, protagonista de la obra, que le enseñe, en señal de reciprocidad por los favores recibidos, lo único que al indio le había interesado de la civilización: cómo hacer hielo. Grandes fueron la sorpresa y la decepción del indígena al comprobar que ni Marcos Vargas ni Federico Continamo, a quien más tarde le formularía la misma petición, sabían hacer hielo. Desconcertado andaba el indio ante la extraña justicia distributiva de los racionales, pues entre ellos, los indios, la ciencia de las cosas necesarias para la vida era tesoro común.
En nuestros países, en efecto, el saber
técnico suele estar en manos de los "racionales", como decir en
manos de los extranjeros. Pero al margen del reparto infame de la
técnica que lo produce y lo sustenta, el hielo es bueno en
sí mismo. Así lo proclaman el labio, el paladar, las
hileras de costillares en los repletos frigoríficos, las
piraguas de coco, la higiene, las contusiones y, sobre todo, el
capital.
La nieve no; la nieve en el trópico, a pesar de su lejana belleza de postal, es un signo diferente cuyos significados fundamentales tienen que ver con la enajenación y la demagogia. La técnica, si extranjera, al menos es nacionalizable; es decir, para el tiempo en que Alejandro Tapia y Rivera redactaba sus Memorias ya había fábricas de hielo en el barrio La Marina, en San Juan, en Ponce y, tal vez, en Mayagüez. (Una de las imágenes recurrentes que vienen del fondo de mi infancia es la de aquellos goteantes y omnipresentes camiones verde olivo en cuyos flancos leíase, a grandes letras, el nombre de una pequeña industria nativa: t. llamas/hielo.) Los ponchopires que somos pronto aprendimos a hacer nuestro propio hielo, hielo del país, como gustamos decir. Sin embargo, la nieve, en el trópico, sólo ha sido posible a través, primero, de la enajenación colonizante de los políticos y, en segundo término, mediante la imaginación irónica de los artistas. De ambos medios contamos con memorables ejemplos.
Si deslumbrante es la llegada del hielo a nuestras costas, no menos extraordinaria lo fue la de la nieve ciento trece años después. El seis de enero de 1952, la Alcaldesa de la Capital, doña Felisa Rincón de Gautier, hizo traer, por avión, desde los Estados Unidos, un cargamento de nieve que, expuesta en el Parque Luis Muñoz Rivera, brindó a una muchedumbre alucinada el efímero placer de tocarla, comerla, de entrarse a pelotazos con ella, de fabricar, incluso, un muñeco patético que muy pronto vino a dar en lodo. Esta "nevada", que sirvió de espectacular preámbulo a la inminente Constitución del Estado Libre Asociado, de alguna manera pretendía anunciar las bondades venideras por la ratificación de nuestra dependencia del Norte. Después de todo, conforme al corazón de la Alcaldesa, nosotros los niños curtidos del trópico también teníamos derecho a la blanca Navidad de nuestros conciudadanos metropolitanos.
Desde entonces, el gesto insólito de doña Felisa, que parece más propio de una obra de ficción delirante que de la misma realidad, no ha cesado de enriquecer el acervo de nuestra imaginación colectiva y, por ende, la de nuestros artistas.
El 19 de diciembre de 1980, el pintor y grabador Antonio Martorell inauguró, en la sede de la Liga de Estudiantes de Arte, en San Juan, una exposición muy peculiar a la que llamó ųcon toda la ironía del casoų White Christmas. El evento artístico ųdedicado a la autora intelectual de la nevada del 52 y al gobernador en turno, Carlos Romero Barcelóų exhibió ante una gran cantidad de público una muestra de tarjetas postales y carteles turísticos en los que se apreciaban los efectos de una gran nevada sobre las calles de San Juan, El Morro, La Fortaleza, la Iglesia Porta Coeli y hasta sobre las ardientes playas de la isla. El día de la inauguración, copos de nieve plástica descendieron sobre los asistentes, muchos de ellos ataviados con atuendos de invierno.
En aquel mismo año, el cineasta brasileño Carlos Diegues terminaba su película Bye Bye Brasil. Tal vez la escena más memorable es aquella en la que Gypsy Lord ųjefe de un grupo circense ambulanteų hace realidad, ante un mísero auditorio, el deseo mayor de los brasileños: el progreso y la abundancia. Y para que así sea, mientras se escucha de fondo la canción White Christmas, interpretada por Bing Crosby, Gypsy Lord hace nevar en el ámbito de la destartalada carpa. "Nieve como en Suiza, Alemania, Europa, Francia, la vieja Inglaterra y ahora en Brasil", exclama el mago fraudulento, al tiempo que el alcalde del pueblucho se vanagloria de que semejante "milagro" hubiera ocurrido durante su administración.
Ya en 1968, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, quien luego fuera vicepresidente durante el régimen sandinista en su país, se había figurado una gran nevada sobre Nicaragua. En su cuento titulado "Nicaragua es blanca", un anciano meteorologista, después de exhaustivos cálculos, confirma que "una prolongación del solsticio de invierno en el área ecuatorial produciría una precipitación de nieve líquida por enfriamiento de las capas atmosféricas inferiores y el aumento del diámetro de los cristales de los altos cirros". Es decir que el 24 de diciembre nevaría en Nicaragua. Enterado de ello, el dictador se dirigió al pueblo felicísimo porque, por fin, "nada tendríamos que envidiarle a los países avanzados del viejo continente y de Norteamérica". El día anunciado, asándose dentro de un inmenso abrigo de armiño, tocado con un gorro de mujik y sobre sus piernas una manta escocesa, el dictador llegó en un trineo a la solemne ceremonia pública preparada para esperar la nevada. Y, en efecto, nevó, pero no allí, sino sobre las selvas de la costa atlántica, sobre los extensos ríos que desembocan en el mar Caribe, sobre los poblados situados al este del lago de Nicaragua...
Si bien es cierto que las nevadas imaginarias de Antonio Martorell, de Carlos Diegues y de Sergio Ramírez se quedan cortas frente al arrojo práctico de la nevada real de doña Felisa Rincón de Gautier, no es menos cierto también que, ante la inocencia demagógica de esta última, aquéllas nos salvan, pues denuncian, mediante la ironía artística, la tristeza colonial de nuestros sueños. La nieve en el trópico, nos dicen los artistas, sólo habrá de caer de los senos mismos de la enajenación o de la manga truculenta de algún engañabobos. šY cuánta nieve de esa cae a diario!
El hielo no; el hielo, en estas latitudes, es saludable alteridad, antítesis manual de la canícula, conquistada ilusión, preciosa utilidad, apropiación legítima, gema real que sana, salva y conserva. šEl hielo nuestro de cada día!