La Jornada lunes 10 de enero de 2000

Hermann Bellinghausen
Los siete

El siete es agudo e impar, primo y no hermano. Aritméticas aparte, es sabido de todos que es un número raro. No hace falta detenerse en ello, a riesgo de caer en tópicos. Atengámonos a los hechos. Ellos eran siete. Rodeados, cubiertos por la noche como abrazo de niebla negra, reunidos en un jardín natural del desierto. A lo mejor por el contraste, parecía que emanaban luz, pero no eran ellos sino las cosas, algunas de las cosas que tenían allí. La más fuera de lugar, una televisión encendida a la que nadie miraba.

ƑCómo le daban energía? ƑMediante un soquet enterrado en la arena dura, entre las espinas de una biznaga, en alguna fuente autónoma?

ųSiempre que oigo palabras me despierto ųdecía Uno, y entonces Dos intervino:

ųSiempre que me despierto oigo palabras.

Una serpiente arrugada del rostro, añosa pero de piel verde porcelana, ingresó al círculo de luz, insólitamente atraída por una humanidad que evitaría si se comportara según su especie. Pero era una serpiente sabia, podía desacatar los instintos. No sin riesgo. Cuatro, que era el punto débil de grupo (cada grupo tiene su punto débil, si no, no sería grupo), cogió un palo con intención de matarla. Corazón de halcón.

ųšCoño! ųlo detuvo, de voz y puños, seis, que también le decían Sombra, y era el mayor en edadų, siempre es lo mismo contigo, el típico pendejo que prefiere patear que rodear el hormiguero.

ųNo la mates ųordenó sin súplica Tres, con esa exaltación malhumorada que la delata de que está menstruando.

ųNo hace nada ųdijo Uno y le arrebató el palo a Cuatro.

A todas estas la serpiente conservó la sangre fría mientras por encimas los humanos disputaban a causa suya, y esperó a que se tranquilizan.

Dos, la enamorada de Uno, se sacudió de tierra las manos, se aproximó a su compañero y le tomó la mano.

Cinco, hijo de Seis y Siete, dio la señal, abrir los diques del entusiasmo. Lo bueno de ser adolescente: las cosas no sólo parecen nuevas. Lo son.

La serpiente se enrolló como se desliza la seda entre los dedos, y un delicioso escalofrío de circunstancia la agitó unos segundos. Sacó la lengua con delectación anticipada hacia un insecto que sólo ella veía, lo engulló y habló:

ųNo teman, vengo del miedo y lo he vencido. Ahora soy invisible para mi depredador. Es fácil adivinar qué hacer aquí. Se dirigen a las dunas de los médanos, como todos. Pero no parecen turistas. Venía pasando, vi luz y me acerqué. Ustedes disculparán la intromisión.

Cuatro se moría de vergüenza. Estuvo a punto de machacar una serpiente que habla. Para Cinco en cambio lo maravilloso era lo más natural.

Dos aproximó su cabellera dorada al cuello de Uno, cerca del oído, y dijo quedito:

ųCreo que ya llegamos.

Uno volteó y le besó la frente.

Y entonces Siete, que siempre hablaba al último, protestó secundado a su marido Siete.

ųNo interrumpan, coño.

La serpiente alzó unos centímetros su cabeza verde, miró a los siete en un arco de aproximadamente 170 grados, se dio tiempo de capturar otro mosquito, y agradeció con una inclinación a Siete:

ųSeñora, mis respetos. Huele usted a madre, dicho sea sin ofender. Les decía. Han de saber que los médanos ya tienen dueño, los compró una compañía petrolera y sus días están contados. No vayan. La compañía con sus máquinas ya arruinó las ruinas. Había oasis. Lo destruyeron. Había sombra.

Seis se sintió aludido y alzó las cejas. La serpiente lo notó y le dijo:

ųAlégrese, gracias a usted la sombra existe todavía. Cuídela, llévela a otra parte, herédela completa a su hijo.

Dos se abrazó a Uno. "Qué te dije", le susurró al oído. Cinco dio de brincos. La serpiente se deslizó fuera del círculo de luz y se perdió en la oscuridad del desierto. Siete y Seis se sentaron sobre una roca de medio metro. Tres se mantuvo inmóvil, y Cuatro, que no sabía que hacer con su vergüenza, se dirigió a la televisión y la apagó.

ųAl fin que nadie la está viendo ųse justificó sin que nadie le preguntara nada.