Ť Exponencial aumento de la inseguridad pública en la Plaza México


Asaltan veterinario y juez a 35 mil incautos espectadores

Ť Se ignora el monto del botín; la policía no investiga Ť El Juli, señuelo para el atraco

Ť El Zotoluco, enorme; Jorge Gutiérrez reverdeció laureles Ť Lanfranchi superó a Amalio

Lumbrera Chico Ť Julián López El Juli clavó un par de banderillas que vale ųa falta de cualquier otra cosaų los cien mil dólares que cobró por su actuación de ayer en la Monumental Plaza México. Jorge Gutiérrez, con el primero de la tarde, nos retrotrajo a su breve época de gloria, allá por 1991. Eulalio López El Zotoluco estuvo enorme, profundo, imponente y pletórico de valor y de arte con sus dos enemigos, que mucho tenían de difíciles. Pero la nota fundamental de la décima corrida de la temporada grande 1999-2000 la dio la asociación delictiva formada por el veterinario Rafael Herrerías, el criador de novillos José Antonio Garfias, el apoderado de El Juli y el juez Heriberto Lanfranchi, los cuales, todos a una, estafaron a las 35 mil personas que acudieron al coso de Insurgentes, pagando precios de lujo, para ver toros en puntas, con edad y trapío, y fueron timados al presenciar un espectáculo en que saltaron a la arena tres novillos que fueron abucheados como nunca por las multitudinarias víctimas del primer gran atraco del año.

Denuncia de hechos

A las 13:00 horas del domingo 9 de enero de 2000, en la plaza de toros más importante de América, dos fascinerosos al servicio de José Antonio Garfias (a) El Engañabobos, se introdujeron en el túnel de toriles donde acababan de ser enchiqueradas nueve reses de sangre supuestamente brava, y en connivencia con Rafael Herrerías (a) El Mecagoenlaley, vertieron cubetadas de arena sobre los lomos de los cornúpetas Merlín, Molinillo y Abolengo, a fin de que éstos "se vieran más gordos" de lo que eran en realidad.

cartel.toriles.plazamŽxico Siendo las 17:30, después que el público protestara ruidosamente por la ridícula estampa de Merlín, primero de El Juli, y Molinillo, segundo de Gutiérrez, un pintor de brocha gorda, a las órdenes de El Mecagoenlaley, sustrajo la pizarra correspondiente al sexto de la tarde, Abolengo, segundo de El Juli, y cambió los guarismos del pesaje, que marcaban 489 kilos, alterando los primeros dos números para dejar la cifra 509 y timar al indefenso público desconocedor.

A las 18:22, advertido de la sucia maniobra en el palco de la autoridad, el juez Lanfranchi (a) El Nodoyuna, empuñó el micrófono para anunciar por altavoces: "El toro Abolengo pesa 489 kilos. Gracias". Y esto desató una gritería de 35 mil gargantas profundamente indignadas y una lluvia de cojines y mentadas de madre, que hizo vibrar las más íntimas fibras del alma y dar una clara medida del hartazgo que se vive en el país por la jubilación de Gurría, el abusivo precio del diesel y la impunidad que flagela a la fiesta de toros.

Atemorizado por la erupción del volcán, furia silvestre del tercer mundo, El Juli mató al utrero y levantó el dedito como legislador para ofrecer un séptimo cajón de regalo. Este resultó ser Espléndido (en realidad pésimo), de la ganadería de Xajay, con 510 kilos en la pizarra pero 450 bajo la piel, y el guapo, triste y cándido niño temerario, rehén de su padre tuerto y desalmado, pidió las banderillas para citar en los medios, dándole todas las ventajas a la res, una mierda en casta y estilo, y aprovechando sus extraordinarias facultades adolescentes corrió hacia el burel, se metió entre éste y las tablas, y le clavó un par en todo lo alto muy cerca de la puerta de toriles. Y por eso, pero sólo por eso, cobró los cien mil billetes con la efigie de Washington. Y nada más.

Un gigante llamado El Zotoluco

Vestido de verde opaco y oro viejo, sin la percha de sus alternantes, pero lleno de resolución en la mirada y en las piernas, El Zotoluco ofreció, quizá, la mejor de sus tardes. A Chinaco, un cárdeno nevado y cornidelantero, de 509 kilos ųes un decirų, le echó la muleta al hocico y le corrió la mano por la izquierda y por la derecha, marcando los tres tiempos y girando la muñeca con deleitosa lentitud. Como lo mató de una media tendida y desprendida, fue premiado con una oreja pese a que el gentío chillaba exigiendo las dos.

A Amigo, quinto de la tarde, un prieto delantero y cómodo de cabeza con 560, que salió para quedarse básicamente parado durante los quince minutos estelares de su vida, Eulalio López lo recogió en tablas con hondos y precisos doblones, antes de llevárselo al centro y sorprenderlo al poner a la disposición de sus belfos un rojo charco de franela, que el toro, más que embestir, intentaba beberse curvando el pescuezo como un cisne y olvidado de sus poco vistosos cuernos.

Como las condiciones físicas del peludo eran deplorables, y como tenía una mano, la izquierda, algo más corta que la derecha, desarrolló una acometida trotona, fea, cada vez más descompuesta, pero el diestro se le plantó en la cara, a milímetros de los pitones, ojo, sin ahogarlo, y lo obligó a pasar a su ritmo y a su aire, caminando en círculos perfectos por momentos, y toreándolo con el suave vaivén de una muleta sabia le extrajo toda la energía que aún le quedaba al de Garfias para repetir las más bellas estampas de la gracia.

Es indudable que, junto con la obra de arte que Manuel Caballero le hizo a Quicorrón hace algunos domingos, ésta de ayer fue la otra mejor faena de la temporada. Y el clímax llegó cuando, completamente parado el bicho, El Zotoluco se convirtió en estatua delante de él, sosteniendo el trapo mágico en la izquierda, y sin que la bestia reaccionara ni aceptara el reto, hombre y toro permanecieron un minuto inmóviles, frente a frente, hasta que el manso empezó a retroceder para desentenderse del prodigio taurino que su falta de casta había propiciado.

Ciego en el biombo, Lanfranchi se quedó aún más quieto que el cuadrúpedo, cuando éste dobló con una mortífera estocada algo desprendida, y la afición, que no el público, sacó fervorosa los pañuelos. Pobre plaza, pobre país, pero qué torerazo.

Jorge, bien

Irreconocible, con un terno gris y oro más bien opaco, Jorge Gutiérrez abrió la fiesta con Copitas, un cárdeno delantero de 495, que se dejó torear por verónicas, apretó al embestir por chicuelinas sobre piernas para ser llevado al caballo, se durmió bajo el peto sin recargar, fue banderilleado con solvencia, y parecía áspero y tardo cuando el torero de Tula brindó a un vecino de asiento de José Cueli, y lo llamó para comenzar el retozo.

Después de doblarse con él, Jorge lo atrajo a los medios y le pegó una tanda de cuatro derechazos que fue el boceto de lo que vendría. En la segunda serie, con el toro más confiado y alegre, el hidalguense consiguió ligarlo hasta en cuatro ocasiones. Al iniciar la tercera, siempre por la derecha, tuvo que aguantarlo más y más, porque el bicho estaba quedando sin aliento. Y entonces ocurrió lo maravilloso. Por no dejar, como quien dice, Gutiérrez cogió el palillo con la zurda y, para asombro de él y de todos, el torito rompió como nadie hubiera previsto o supuesto, y desarrollando una alegría insospechada coprotagonizó magníficos naturales, de aquí hasta allá, mientras su torero rejuvenecía mandándolo y trayéndolo con visible y virtuosa satisfacción, antes de matarlo al volapié en todo lo alto para hacerlo rodar sin puntilla, cumpliendo con todos los lugares comunes de la apoteosis en los ruedos.

Homenajeado con el arrastre lento el buen Copitas, Jorge recibió sus dos orejas en recompensa y se fue a pasearlas por todo el anillo, sin soltarlas un instante, para que ningún fotógrafo perdiera aquella imagen que parecía tomada de la antigüedad, cuando Gutiérrez era el amo.

Para disgusto y contrariedad de Herrerías, el domingo, en vez de Ponce, repite Manuel Caballero y es menester ponerse a contar las largas horas que faltan para volver a verlo.