La Jornada lunes 10 de enero de 2000

Adolfo Gilly
Rodolfo F. Peña, un alma inquieta

En el estudio de Rodolfo Peña hay tres retratos: Zapata, Villa y Dostoyevski, dos tormentas revolucionarias y una literaria, las tres surgidas de tierras antiguas. Están también libros y revistas en el desordenado orden de trabajo en que los dejó Rodolfo cuando murió, de esto hace un año, el 10 de enero. Hay una vieja Remington, una Olivetti portátil muy traqueteada y la computadora de sus últimos escritos, como testimonios del tiempo rápido de la transformación de las tecnologías a lo largo de una sola vida.

Hay también un recuadro pequeño con un párrafo escrito por Rodolfo en el unomásuno el 27 de octubre de 1983, testimonio del tiempo mucho más lento, en círculo o espiral, del cambio en los espíritus de quienes trabajan, aquellos cuyas vidas son atravesadas por el tiempo lineal de esas tecnologías:

"Quienes somos o hemos sido asalariados, sabemos que al cabo de un cierto tiempo uno acaba por amar su centro de trabajo. No por el patrón o los patrones; tampoco por las condiciones laborales, que suelen ser ingratas. ƑPor qué, entonces? Pues porque uno siente que produce, que sirve para algo, que no vive de balde. Pero, sobre todo, porque traba relaciones con los otros, y al paso de los años termina por enterarse de sus desdichas y de su forma de disimularlas o de paliarlas. Y resulta luego que esos otros son uno mismo y que ya no puede abandonarlos, de grado o por fuerza, sin mutilarse."

En esta especie de adiós a los compañeros, Rodolfo parece haber resumido desde entonces dos de las preocupaciones en las cuales lo conocí: entender la vida de los trabajadores y defender los derechos del trabajo. Sobre ellas construyó La Jornada Laboral, el proyecto que él creó y en el cual trabajó, precisamente, hasta enero de 1999.

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No quiero hacer aquí la biografía de Rodolfo F. Peña, sino el dibujo de uno de sus perfiles, aquel que desde mi propia vida alcanzo a ver. No es ésta tarea de archivos o de documentos, que muy posible sería, sino memoria vivida. Por eso me fui a recordar a la casa donde vivió con Marta y sus hijos, la misma donde me recibieron y me alojaron cuando en 1977 regresé por fin de la deportación y el exilio en Europa para quedarme en México. Cuando uno hace un retrato escribe en torno a lo que recuerda, y entonces en el trazo, como en el pincel del retratista, se mezcla sin remedio algo de los propios colores y de la propia vida.

La Revolución Mexicana, el mundo del intelectual de un país agrario, el mundo del trabajo, la inquietud por los seres humanos: estos temas que encuentro en su estudio de escritor fueron, creo, los mismos que trajeron a Rodolfo Peña a visitarnos asiduamente, desde 1970, en nuestra crujía de la cárcel de Lecumberri. Hablo en plural porque esa visita era para varios de nosotros, entre ellos Víctor Rico Galán, que por entonces escribía en Siempre!. Rodolfo fue solidario con todos nosotros, nos visitó en nuestras celdas, nos conversó de las cosas de los de afuera y discutió con pasión, cada domingo, sus ideas y las nuestras.

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Sentado en algún banco en el patio de mi celda, le gustaba contar historias de la historia de México. Lo hacía con gracia y con nostalgia, entrecerrando los ojos al final como si la historia se fuera perdiendo en la distancia, historias de trenes y de amores de un narrador cuya voz parecía recordarlas más que haberlas oído o inventado.

pe–a-rodolfo-jpg Rodolfo Peña fue el primer director de la revista Solidaridad, que desde enero de 1969 comenzó a publicar el Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (STERM), cuyo dirigente era Rafael Galván. En los años precedentes, desde 1962, Rodolfo había colaborado en El Día, dirigido entonces por Enrique Ramírez y Ramírez ("Enrique Maromas y Maromas", lo llamaba Galván entre amigos). De allí tuvo que irse un día de octubre de 1968, porque al director no le pareció un artículo suyo denunciando la intolerable presencia de los tanques en las calles de la ciudad contra el movimiento estudiantil, "el artículo de los tanques", como llegó a ser conocido más tarde. "La plasticidad dramática de Peña en aquel texto resumía el momento más álgido de ese año terrible", escribiría Federico Campbell en 1995, recapitulando los artículos políticos de Rodolfo en aquel año.

Solidaridad era mucho más que una revista sindical y el STERM tampoco era un sindicato más en el universo del trabajo organizado mexicano. El STERM era, en esos años primeros después del 68, el soporte y el símbolo de la lucha contra el charrismo, por la democracia sindical y por la independencia de los sindicatos en relación con el Estado. Rafael Galván, era uno de los hombres en los que se cruzaban tres corrientes de ideas mexicanas del siglo XX: la Revolución Mexicana, el sindicalismo y el socialismo.

Solidaridad, cuyas figuras clave en 1970 eran Galván, Peña y Francisco Martínez de la Vega ųotro de nuestros asiduos visitantes en Lecumberrių, era instrumento de expresión de todas esas luchas y del sindicato que la editaba. Detrás de la revista se alzaba una figura inspiradora y protectora: la del general Lázaro Cárdenas, cuya presencia no fue ajena al impulso inicial de la publicación.

En el número del 31 de octubre de 1971 aparece una fotografía del homenaje que la revista y el STERM realizaron a Lázaro Cárdenas en el primer aniversario de su muerte. Allí están Cuauhtémoc Cárdenas, Demetrio Vallejo, Heberto Castillo, Francisco Martínez de la Vega, Luciano Galicia (veterano sindicalista de los días de Trotsky en México) y Alfredo Pantoja (dirigente del Sindicato de Obreros Libres).

Toda la revista, sus artículos, sus temáticas, sus figuras, mostrarán a quien emprenda una investigación sobre esa publicación singular el denso tejido de luchas, acciones, ideas y corrientes de pensamiento en el cual fueron nutriéndose las raíces principales de lo que después sería la irrupción política del cardenismo nuevo en 1987 y 1988. Después están los que después vinieron, esos que tienden a creer que la historia comienza cuando usted llega.

La pluma de Peña trabajó algunos de los documentos más importantes de Solidaridad, el STERM y la Tendencia Democrática de los electricistas, entre ellos la Declaración de Guadalajara y el memorable Batir el tambor del alba ("batir el tambor del alba cuando la noche aún no se retira..."), precursores de los grandes movimientos posteriores por la democracia en México.

El STERM patrocinaba también, desde la vieja casa de Zacatecas 94, las Ediciones Solidaridad, entre cuyos libros se contaron los Siete ensayos, de José Carlos Mariátegui, y Educación y lucha de clases, de Aníbal Ponce.

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El 4 de marzo de 1972, dos policías de civil o funcionarios de la Secretaría de Gobernación, nunca supe bien, me sacaron de la cárcel de Lecumberri, mi domicilio durante los seis años precedentes. De allí me llevaron directamente al aeropuerto, donde me embarcaron en un vuelo a París, no sin antes, uno de ellos, acompañarme hasta dentro del avión, decirme que había leído La revolución interrumpida y que era un honor para él conocerme y darme un abrazo de despedida con sus deseos de buen viaje y buen arribo a mi destino. Todavía hoy no sé si él disfrutaba de la ironía de la situación o era sólo una impresión mía.

Dos meses después llegaba Rodolfo a París con Marta y su hermana. Venían a verme ųy a ver París, por supuestoų. Se alojaron en un hotelito del Barrio Latino. Rafael Galván le había dicho a Rodolfo que se tomara unas vacaciones y, de paso, fuera a discutir conmigo y a ver quién era "el compañero Posaderas" (así llamaba a Posadas, dirigente de la corriente del trotskismo en la que yo todavía me reconocía y de la cual había comenzado a distanciarme, sin saberlo como siempre sucede, cuando en la cárcel empecé a escribir La revolución interrumpida). Hablamos mucho y caminamos París donde, cuatro año después, todavía reverberaban los reflejos y las historias del mayo francés.

Fuimos después a Italia, donde se entrevistó brevemente con el mencionado dirigente y algunos de sus compañeros de entonces.

En 1974 Peña empezó a publicar Militancia. Temas del socialismo, una pequeña revista política en la que lo acompañaban Eduardo Alonso, Gonzalo Martínez Ortega (el director de Longitud de guerra, viejo amigo de Rodolfo), Roberto Peña, Manuel López Gallo y algunos otros. Sus artículos oscilaban, como el mismo Rodolfo en esos años, entre el nacionalismo de la Revolución y el socialismo. En el número 5 de Militancia encuentro un homenaje de Roberto a Dimitri Shostakovich, apenas desaparecido, donde en algunas líneas se definen las ideas y las esperanzas de su autor sobre una recuperación del marxismo y la democracia en la Unión Soviética, en esos días en que acababa de triunfar la revolución vietnamita, estaba fresca la revolución en Portugal y en Italia los partidos de la izquierda, sumados, acababan de obtener 45.8 por ciento de los votos, con 32.5 por ciento tan sólo para el Partido Comunista Italiano.

No se cumplieron las esperanzas de Rodolfo y de muchos otros. Pero en ellas había un conjunto de ideas y de ideales que no abandonó y para los cuales buscó otros caminos.

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Entre las empresas de Peña en esos años estuvo Ediciones Transición, una pequeña editorial de izquierda cuyo destino fue el de los proyectos con muchos sueños y pocos recursos. Editó entre otros, en 1976, El arte de la guerra revolucionaria, de Vo Nguyen Giap (el general Giap, el vencedor de Estados Unidos en la batalla de Dien Bien Phu), El libro vacío, de Josefina Vicens, y en 1977 tuve la fortuna de que publicara un ensayo mío, La revolución de la madrugada, en una cuidada y amorosamente diseñada edición.

Por entonces esa casa editora de Rodolfo Peña y Eduardo Alonso se lanzó a una aventura que, aun trunca, valía la pena que alguien iniciara: la publicación de la obra completa de Víctor Serge, de la cual aparecieron tres volúmenes: La defensa de Petrogrado, El nacimiento de nuestra fuerza y De Lenin a Stalin. Vlady, hijo de Serge y amigo de Rodolfo, había concedido los derechos.

El empeño por publicar a Serge definía más que muchos escritos el perfil de las ideas y los héroes de Rodolfo. Revolucionario nacido en Bélgica, de padres emigrados rusos, anarquista en sus inicios, bolchevique después del triunfo de la Revolución de Octubre, cronista inigualado de sus primeros tiempos, se sumó a fines de los años 20 a la oposición de izquierda de León Trotsky, fue deportado a Siberia a principios de los 30, donde escribió Resistencia, un volumen de poesías del confín. Serge fue liberado por Stalin en 1935 gracias a una campaña internacional. Solitario revolucionario de izquierda en Francia en los años siguientes, se exilió a México a inicios de la Segunda Guerra Mundial, fue amigo de Natalia Trotsky, redactó con ella una de las más leales, penetrantes y fieles biografías del propio Trotsky (de quien lo habían separado diferencias de ideas) y fue también novelista memorable (El caso Tulaev) y autor de uno de los grandes y trágicos libros de la mitad del siglo: Memorias de un revolucionario.

Serge murió en 1947 en una calle de la ciudad de México. Fue para Rodolfo, entre sus muchas lecturas, una especie de paradigma de escritor, poeta y revolucionario fiel a sus ideas, a su oficio y a su estilo, aunque esa fidelidad se tradujera en exilio, pobreza y soledad. Lo deja entrever en un ensayo al cual llama "un acercamiento modesto y cordial a Víctor Serge, un escritor de nuestro tiempo, cada vez más de nuestro tiempo", un escrito en el que algo del propio Rodolfo se revela:

"No logro imaginarlo nunca en el tráfago público, en el disfrute de la fama literaria, pese a la certidumbre de su trato epistolar o directo con las grandes celebridades del mundo intelectual. En cambio, se me aparece siempre como un paseante anónimo de las calles del mundo, de los museos, como un amigo de los clochards y de la gente de los suburbios parisinos. Y lo imagino también, fácilmente, en el encierro ųvoluntario o forzosoų propicio a la reflexión, al recuento, al oficio de narrador-testigo ejercido desde la ventana o en la calle. Lo imagino solitario, padeciendo las mil formas de la timidez, pudoroso respecto a la exaltación de su persona o de su obra. [...] Lo imagino tomando el sol en la Alameda Central de la ciudad de México, con su alegría oscurecida, con muchos de sus entusiasmos desvanecidos."

Editar a Víctor Serge era, para Rodolfo, una toma de posición en las ideas y ante el mundo. Fue tal vez su socialismo libertario heterodoxo, alimentado por una inquietud incesante del espíritu, el más afín al sentir y al pensar de Rodolfo en la política y en las letras, y a ciertos movimientos de su propia alma inquieta.

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En diciembre de 1974, en el exilio y en ruptura con mi anterior organización política, me quedé en Roma solo con mi alma y con pocos amigos. La lealtad de una antigua amistad, de esas que saben mirar a los humanos y a sus vidas, me dio techo y refugio. Le escribí a Rodolfo Peña que rescatara mis derechos de autor en México, para poder con ese algo sobrevivir. Lo hizo, junto con otros apoyos que no viene al caso ahora mencionar. Hizo más: en agosto de ese año vino a Roma con Eduardo Alonso, conoció allá a compañeros del Partido Comunista Italiano y de Lotta Continua, y también a otros exiliados latinoamericanos que entonces pululaban por Europa, Guillermo Almeyra entre ellos. Después nos fuimos con Rodolfo y Eduardo al Festival de L'Unitá (el diario del PCI), que ese año celebraba en Florencia nada menos que la victoria vietnamita. Recuerdo que, sin mucho dinero, nos alojamos en una pequeña pensión y nos cansamos caminando las calles de Florencia. Para ellos la izquierda italiana era una revelación, y se trajeron discos con sus canciones cuyas letras después adaptaron a las luchas de los electricistas mexicanos.

En noviembre de 1976, por la intercesión de Carlos Fuentes y de Javier Wimer ante las autoridades de entonces, pude volver a pisar tierra mexicana. Rodolfo, Eduardo y un montón de amigos y compañeros me esperaban en el aeropuerto internacional, no fuera que alguien en Migración quisiera interponerse. Nada pasó y comenzamos allí otra época de la amistad con Peña, alojado yo en la casa de Eduardo Alonso y su familia, donde hubo una fiesta de bienvenida y alguna noche llegó Rafael Galván para bailar el danzón como Dios manda.

Otros recordarán distintos episodios de la vida de Rodolfo, por ejemplo su paso entre 1983 y 1985 por el Instituto Nacional del Consumidor, donde estaba entonces Clara Jusidman y en donde vivió el terremoto de 1985, rememorado después en sus Apuntes para Patricia, su hija de 15 años. Yo nomás puedo registrar los míos.

Estuvimos juntos en unomásuno desde fines de los 70 y en los días de fuego de la revolución en Nicaragua y en El Salvador. Seguimos después en La Jornada, desde sus inicios en 1984, con Carlos Payán, Carmen Lira y, entonces, Héctor Aguilar Camín, Miguel Angel Granados Chapa y tantos otros.

Este periódico fue para Rodolfo Peña, en los 15 años sucesivos, su lugar de trabajo, ese lugar de afectos, alegrías, sinsabores, ánimos, desánimos, ideas y pasiones del cual escribía premonitoriamente en aquel texto de 1983. Aquí siguió hasta el 10 de enero de 1999, hace de esto, el día de hoy, un año.