En México, a los Secretarios de Estado los nombra el Presidente de la República. Uno supone, que en su avatar, el titular del Ejecutivo consulta su agenda personal, revisa la lista, si la hay, de los mejores hombres y mujeres mexicanos capaces de ocupar esos cargos, atiende solicitudes, escucha sugerencias y oye a los candidatos, para finalmente, en la soledad de su oficina, tomar una decisión. La realidad mexicana, todos sabemos, no se acerca a ese ideal: aquí los Secretarios de Estado son designados por motivos que eluden hasta la más kantiana de las razones. El reciente nombramiento del licenciado en Derecho, José Antonio González Fernández, como Secretario de Salud, no es la excepción. Ante éste, el gremio médico reaccionó con incredulidad, asombro e indignación. Por ello, el entendimiento obliga a reflexionar sobre el caso desde varios puntos de vista.
1.- En México es inédito que un abogado ocupe la titularidad de la Secretaría de Salud; ésta siempre había sido dirigida por un galeno. Si bien no es menester ser médico para ocupar la oficina de Lieja, éste es uno de los motivos más obvios de descontento, porque el nombramiento carece de esa sana facultad que los romanos llamaron sensus communis, y que racionalmente dicta que de las cosas de la salud se ocupan los médicos.
2.- El asunto rebasa la lógica porque el licenciado no está imbuido de la esencia de la medicina; porque carece de aquello que no se aprende en las aulas ni en los libros; porque no tiene lo que los médicos cincelan y asimilan diariamente con sus enfermos: la ética, valor hipocrático, fundamento de la parte humanística de la profesión. Hablar de médicos es hablar de mujeres y hombres para quienes el conocimiento científico es el aspecto complementario de su labor. Arte y ciencia, mundos indisolubles que definen y conforman la inteligencia médica. No en balde Platón propuso a los médicos, después de los filósofos, como las personas idóneas para gobernar a un pueblo.
3.- La designación de González Fernández como Ministro de Salud no causó molestia por provenir del Partido Revolucionario Institucional (PRI), sino porque la salud es un bien que no admite negociaciones, litigios ni lenguajes desgastados y porque los virus, las bacterias, los accidentes, la diabetes, las neoplasias, no se erradican ni controlan por decreto presidencial. El asunto sorprende porque el que un abogado encabece la Ssa, equivale a que un médico presida la Suprema Corte de Justicia y porque en México hay profesionales de la salud con reconocidísima trayectoria académica y laboral, algunos incluso de la Ssa y con carreras dentro de ella, que razonablemente podrían ser Secretarios de Salud.
4.- La medicina moderna enfrenta dilemas bioéticos que por su complejidad requieren análisis y debates profundos; por ejemplo, la escasez de recursos, abortos, transplantes de órganos, eutanasia, medicina prepagada, etcétera. Otros problemas médicos igualmente complejos como la desnutrición, el sida, las drogadicciones, las enfermedades crónico-degenerativas e infecciones nuevas, representan también desafíos que la medicina y la sociedad deben enfrentar. La salud es quizá el único valor ético en el que hay acuerdo universal. Si se pierde, hay que recuperarla. Esta es una sentencia también categórica que no sólo los médicos conocen bien, aunque sí es a ellos a quienes la razón histórica y societaria han confiado su cumplimiento.
En nuestro país no hay antecedentes que prueben o refuten si profesionales ajenos a la medicina, pueden dirigir exitosamente la Ssa. Causa entonces mucha inquietud que la Secretaría de Salud de México, país de las improvisaciones y tareas inacabadas como atinadamente lo señaló Carlos Fuentes, sea hoy un laboratorio de la experimentación. Más en tiempos en que la desconfianza y desaliento son vientos que soplan en nuestra atmósfera. Esperemos que ese desánimo no se convierta en realidad y que el experimento termine con la llegada del próximo gobierno.
Médico del Instituto Nacional de la Nutrición.