Me presenté temprano a la cita con el cirujano. "Buenos, señorita, me dijeron que hoy a las ocho me iban a sacar la bola".
--¿Trae la orden de quién lo mandó?
--El especialista no me dio nada, más que la indicación de venir en ayunas. Yo mismo escuché cuando separó el lugar desde su oficina.
--Pues no lo tengo enlistado. Espere.
Los tiburones empezaron a rondar oliendo a su presa. Regresó la chiquilla: "En un segundo lo llaman".
En México un segundo significa, por supuesto, una hora. Pasaron dos y seguían sin hablarme. A punto de encender el lanzallamas de mi lengua sobre la recepcionista, apareció un enfermero con cubrebocas y gritó mi nombre. El chamaco me preguntó: ¿trajo familiares?
--No.
--Debió traer familiares.
--Pues debí, pero aquí estoy más solo que un perro.
--Le pueden robar sus pertenencias. ¿Trae coche?, pues vaya y deje sus cosas de valor al carro.
Al escucharlo me detuve en seco. Vi el escenario que me esperaba al final de la cirugía: levantarme victorioso de la plancha pero sin un trapo para cubrir mis pellejos. Fui al coche y dejé en tan insólito sitio mis millones, lentes, reloj y cápsulas antivirales.
Regresé al área de quirófano. El mismo chaval me cuestionó con un modito por demás altanero: --¿y la bata, no se va a poner la bata?
--¿Y dónde está la bata?, a mi no me dieron nada.
--Vaya a buscarla al área de urgencias.
--¿Yo?
--Deje su ropa en trabajo social, y vaya a que le den una aunque sea desechable.
--¿Encuerado?
Inmutable, siguió garabateando en un block: --¿Tiene alguna enfermedad contagiosa? Una enfermera que oía este alegato se compadeció y me trajo una bata que lucía ya muy lampareada. Se llevó mi ropa. Por fin me colocaron bocabajo sobre la plancha. Tres inyecciones de anestesia local. Unas manos trémulas cortaron la piel de mi espalda y la pequeña tumoración quedó fuera en diez minutos.
--¿Sintió algo? --me preguntó una voz anónima.
--Nada, absolutamente nada. Dije, sinceramente agradecido por no haber sido asesinado. Yo sólo tenía un pensamiento: cómo recuperar mis pantalones.