LETRA S
Febrero 3 de 2000
Las epidemias no sólo provocan emergencias sanitarias y ponen a prueba la capacidad de respuesta de los sistemas de salud de los países, también suelen poner a prueba los valores más profundos de una sociedad. En el siguiente texto, el doctor Arnoldo Kraus comenta el libro del filósofo Mark Platts, Sobre usos y abusos de la moral, quien se ha dedicado al análisis de las respuestas sociales a los fenómenos del VIH/sida.
Sobre usos y abusos de la moral
ARNOLDO KRAUS

Una de mis obsesiones, sin duda preñada de alguna dosis patológica de orden y cuadratura, me dice que toda lectura, cuando no sea novela, cuento o poesía, debería empezar por el índice. Hay otras razones que hacen imprescindibles los índices: la deformación profesional, el afán posmoderno de economizar tiempo, las modas editoriales o los sesgos y vicios personales, son tan sólo algunos ejemplos.

Si bien es obvio que los libros de ensayos se leen por el título y el autor, su compra también depende, al menos un poco, del contenido del índice. Y es que ahí esta la médula de los textos, no en el menú inicial. Construir índices es repasar la obra. Otearlos es leerse. Los índices, para quienes provenimos de disciplinas en donde los libros de texto pequeños son de mil o 2 mil páginas, son un indispensable que se extiende entre el alma mater del texto y las razones del autor.

Sobre usos y abusos de la moral carece de índice pero tiene apellidos: Etica, sida y sociedad. ¿Se le puede reclamar a Platts, a la editorial Paidós, a la UNAM, por tal omisión? Creo que no. Por dos motivos. Primero, lo que para mí es olvido para otros no y, segundo, las hebras que tejen la madeja del título y subtítulo en estos quebrados tiempos, son suficiente invitación para sentarse y cavilar. La melange propuesta es interminable: moral, sida, sociedad y ética. Pero, aun así, hace falta ese catálogo.

ls-fashionDe la necesidad de contar con un índice

Los índices orientan y ordenan el pensamiento del autor; también seducen y alimentan el ánima del lector. Deberían Platts y Paidós haber agregado dos o tres páginas, cuya localización, pienso, es fortuita y costumbrista, pues como he dejado entrever, es frecuente que los ojos se posen primero en estas entradas. Veamos que dice el índice que he escrito para mi amigo Platts: médicos, autonomía, estigmatización, epidemia, confidencialidad, tolerancia, Pro Vida, hepatitis, Pasolini, sufrimiento, homosexualidad, condón, Declaración Universal de los Derechos Humanos, consentimiento informado y un largo etcétera cuyo orden y responsabilidad será, espero, de los editores para las publicaciones siguientes.

Mi índice finaliza sustituyendo las itálicas que Mark utilizó en la página 96, cuando al hablar sobre el concepto de los derechos, incluyó el término wishful thinking. Propongo sustituir su wishful thinking por una idea complementaria, sin comillas, sin cursivas, con mayúsculas, que reza, EN FAVOR DE LA ESPERANZA.

 

De la imperiosa urgencia de vivir con muchos wishful thinking

Si Platts, británico desde el útero y mexicano por elección no tradujo wishful thinking, no es por incompetencia, sino seguramente, porque en ocasiones, los acuerdos entre Shakespeare y Cervantes no son posibles. Wishful thinking sí tiene traducción. La mejor es Sobre usos y abusos de la moral. Etica, sida y sociedad. Sin embargo, wishful thinking puede ser también "pensamiento ansioso" o "pensado con anhelo" o incluso, el deseo del deseo. Puede ser a la vez, que no muera la esperanza del cambio, y, por supuesto, en México, sueños guajiros es término ad hoc.

Eso es el libro de Platts: el deseo y la necesidad de retomar, a través de la enfermedad, y en particular del sida, algunas de las connotaciones por las que se deberían visualizar esas palabras tan viejas y tan nuevas, tan usadas y tan mal usadas: ética y moral.

Escribe el autor, "la ética es la filosofía de la moralidad. Es decir, la materia de la ética, su objeto de estudio es la moralidad." Renglones adelante advierte que la moralidad es una institución humana, que incluye potencialmente nuestras prácticas morales, nuestras emociones morales y nuestros pensamientos y juicios morales. En suma, la moral engloba todas las acciones hechas por razones humanas, nuestros sentimientos y una serie de conductas que devienen juicios y evaluaciones del "correr de la vida". Eso es el deseo del deseo del libro: reinventar y resucitar la moral que revierta las conductas amorales cuando de sida y otros problemas de salud se habla.

A través de la enfermedad, inmejorable termómetro de la condición humana, sea un mal personal o comunitario, el autor asalta y desmenuza algunas constantes de la ética. Por eso en el texto, se cavila sobre estigmatización, menosprecio, pluralidad (o lo contrario), y tolerancia e intolerancia como tentáculos normales de la conducta humana moderna. La enfermedad es una forma de medir el mundo y de repasar la moral del sano. Pocas escuelas como la enfermedad para saber "quién es quién". No en vano Camus hubo de escribir La peste.

En 1942, un año después de haber empezado el libro, y seis años antes de que fuese publicado, Camus, quien entonces participaba en la resistencia francesa, escribió, "quiero expresar por medio de la peste, la sofocación que todos hemos sufrido y la atmósfera de amenaza y exilio en la cual hemos vivido". En su novela, como se sabe, desglosa los miedos y prejuicios que se viven en la ciudad cuando acecha la peste, demostrando la irracionalidad que puede gobernar la vida ante la adversidad. ¿Podría decirse que esas plagas antiguas tienen que ver con el sida contemporáneo?

 

ls-blancoEl sida no es un castigo divino. Es otra peste humana

Al hablar del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) y el sida, el autor diseca la carga de la enfermedad en tres rubros. El primero, el científico, es decir, la búsqueda para desarrollar una vacuna, la generación de medicamentos para convertir a los enfermos en individuos con una buena calidad de vida, así como el tratamiento de las patologías concomitantes que suelen ser la causa de muerte. El segundo, el que se ocupa de las políticas de salud pública, o sea, la distribución de la partida presupuestaria para tratar y prevenir la enfermedad. Y por último, los problemas sociales en relación a la enfermedad: intolerancia, discriminación, prejuicio y estigmatización. El Camus de Platts, por supuesto, tiene otras lecturas.

 

De la realidad como realidad (o el sida y la moral)

En relación a la ciencia como conocimiento y servicio, el VIH se ha encargado de revelar que en la investigación, el rubro "humano" no siempre es primigenio. Las querellas entre Gallo y Montagnier*, los infectados por transfusiones en Francia a principios de los ochenta por no privilegiar al conocimiento de compañías farmacéuticas no galas, aunado a la política miope de los encargados de los bancos de sangre en ese país, son tan sólo algunos malos ejemplos del uso y abuso de la ciencia con fines personales y no de servicio.

Si bien Platts no maneja números en su texto, la denuncia, cuando habla de salud pública, puede resumirse rápidamente en las cifras siguientes. Aclaro antes que la salud pública debe ser vista como un instrumento de la moral, cuya salud depende de las interacciones entre individuo, sociedad y gobierno. El pleonasmo salud incluye mi incompetencia para inventar palabras y mi admiración para los gobiernos que saben que no existen ni plenitud ni justicia si no se cuidan y reparten los beneficios de las ciencias médicas.

Dicen los números: desde el inicio de la epidemia, 40 millones se han contagiado, 12 millones han muerto y se calcula que hay 8 millones de huérfanos por esa causa. Se sabe que cada día se infectan entre 7 y 8 mil personas. Esos datos deben leerse en el contexto de "las otras realidades". Mientras que 90 por ciento de los enfermos habitan en el Tercer Mundo, 90 por ciento del dinero destinado a la prevención y el tratamiento se gasta en los países ricos. Tal desequilibrio lo explican otros números: las terapias utilizadas para controlar el virus cuestan anualmente entre 10 y 15 mil dólares por paciente. Y no sólo eso: en algunas regiones de Africa, una de cada cuatro personas es portadora del virus, amen de que lo irreal sigue siendo realidad, pues en múltiples bancos de sangre de América Central y de Africa no se realizan las pruebas para detectar el virus.

En cuanto a las ramificaciones sociales del sida, al igual que en el cuento de Christian Andersen, El traje nuevo del emperador, en donde el niño puede ver desnuda a toda majestad, pocas oportunidades para diagnosticar la salud de una sociedad como las ofrecidas por una epidemia. En el contexto no moderno sino de Platts, epidemia no sólo es una enfermedad que aflige a un pueblo o comarca al mismo tiempo que se disemina rápidamente y que está ampliamente esparcida. Hoy, epidemia es una madeja en la cual se entreteje de mil formas el laboratorio de la sociedad. En este denso sitio de experimentación, el VIH fue, sobre todo al principio, terrible caldo de cultivo para que a la población homosexual se le marginara y señalara. Tanto en las escuelas, como en los sitios de trabajo o en agrupaciones sociales, la enfermedad sirvió como pretexto para denostar a homosexuales o a quien padecía la viremia. Si bien no puedo omitir el eslogan que Platts vio en Guadalajara: "La moralidad es para las mujeres y para los maricones", sí puedo obviar comentarlo, pero no reescribirlo: "La moralidad debería ser atemporal, asexual y retrato de la otredad."

En el libro se cita a Gary Bauer, quien fue el jefe de asesores de la Casa Blanca. Cuando Bauer intentó explicar por qué el presidente Ronald Reagan no había mencionado públicamente el problema del sida sino hasta fines de 1985 --para entonces la epidemia ya tenía cuatro años y habían muerto en los Estados Unidos más de 20 mil personas--, dijo que no había merecido un comentario antes porque "todavía no se había propagado entre la población general". Ergo primero: El VIH es racista, clasista, brazo del darwinismo social y distingue entre un ser bien humano y otro menos humano. Ergo segundo: el genoma de algunos políticos contiene las mismas proteínas que el VIH pero codifica discriminando.

En relación a la pirámide Platts del sida, constituida por ciencia, salud pública y sociedad, la base y sus lados parecen ocuparse indistintamente: no importa ni pesa más uno que otro. Lo que preocupa es el pegamento que une sus vértices, y que en el lenguaje del texto y la realidad, es la moral.

Para no ser demasiado escéptico, y no polarizar mis análisis, me recargo en el autor. Al hablar sobre indignación moral, desmenuza las ideas sobre poder y autonomía. Repasa la alergia que Monsiváis, Wittgenstein o Pérez Tamayo sienten hacia la política, y concluye, que para ingresar a ésta, se "requiere el cultivo de una falta de sensibilidad práctica hacia la dimensión moral", lo que puede equivaler a una forma de degradación. ¿Qué nos queda?

Si política y moral parecen repelerse, entonces la capacidad de indignación del individuo debe cultivarse en la crítica y en la esperanza. De hecho, indignarse, sentirse atropellado o vejado cuando el interés de otro ha sido vulnerado, es una forma de moral. La indignación crónica debería ser un instrumento para paliar, al hablar de sida, esos grandes olvidos políticos y societarios.
 

ls-decabeza

De pacientes y médicos

En otro rincón del ensayo se habla de pacientes y médicos. Se teje sobre confidencialidad, tecnología, autonomía, consentimiento informado y otra serie de circunstancias que conforman la relación médico-paciente. La constante dentro de los argumentos del autor es la relación.

Si Platts le da un valor a los números, el más extenso de los ocho capítulos, incluyendo la introducción y el apéndice, es el de pacientes y médicos. Quizá este no exceso de páginas, pero si mayor que los demás, se deba, precisamente, a la mentada idea de la relación.

Cavilemos un poco acerca de esta propuesta que continuamente le hace la vida al ser humano: vincularnos, conocernos, entendernos, cooperar, o simplemente (digamos la verdad, no tan simplemente) relacionarnos. La del doctor y el paciente es uno más de esos nexos que pueden ser no tan sencillos.

Entre el médico y el paciente la relación cuenta con un sinnúmero de ingredientes. Muchos de éstos no son mensurables. Otros son transitorios. Buen número de esos vínculos no conocen la transferencia y no pocos fracasan antes de saber que la empatía existe. Muchas relaciones, quizá en estos tiempos demasiadas, dependen de una serie de factores externos cuyo enlistado es imposible: los acuerdos con la esposa, el teléfono que rompió el hijo, la cuenta de la tintorería y la violencia en el Distrito Federal, son tan sólo algunos de ellos. Ese mismo imposible hace que la relación entre el dolor y la cura tenga muchos vaivenes.

Agrego, junto con Platts, la amenaza de las compañías de seguros, los abogados que usufructúan los traspiés de la ligazón de marras y el entorno saturado y sin escucha, en la mayoría de los casos, en la medicina institucionalizada.

Los momentos del médico son también parte de esta relación: su alcoholismo, su depresión, su burnt-out syndrome --suena más agresivo e interesante en inglés--, su ética, su afán o no de servicio, sus cuentas por pagar y otros avatares hacen que sus tiempos no
sean sólo suyos, sino de la relación. Me detengo en el poder, capítulo que le preocupa especialmente al autor.

La enfermedad conlleva entre otros deslices, miedo, esperanza, entrega, incondicionalidad y confianza. Esa caterva de datos le otorga al médico poder. Mal usarlo atenta contra la ética. Bien usarlo presupone reconocer la autonomía del enfermo y acompañar. Acompañar, sobre todo, durante el tratamiento.

Creo que Platts coincidirá conmigo cuando afirmo que tratamiento implica no sólo dos personas, sino dos lenguajes provenientes de la mezcla de la solicitud y de la escucha. Diálogo es el término que resume esas actitudes y moral el continente que arropa esas voces. La palabra alemana behandlung, siguiendo al filósofo Hans-Georg Gadamer, significa tratamiento o manejo cuidadoso del paciente. Cualquier médico conoce el valor de la palpación y del tacto como arma terapéutica. Sabe también que el poder encerrado en la bata y los diplomas que afean los consultorios, se mitiga cuando tras el diálogo sigue la palpación, que no es más que otra forma de palabras. No hay duda que la distancia entre paciente y médico se acorta con el diálogo.

No sobra tampoco recordar que buena parte de los pacientes se encuentran indefensos y vulnerables, por lo que el buen uso de la palabra, su progresión a diálogo y la consecuente discusión pueden ser remedios altamente curativos. A la vez, entre la enfermedad y la ciencia, la patología y la clínica, la cura no sólo depende de los fármacos sino de la sana autoridad moral y del ejercicio ético del poder.

 

ls-microfonoDe la necesidad de un nuevo glosario

Platts y la moral, ética y sida, la sociedad y los abusos de la moral, son el parteaguas y la invitación para escribir un glosario con el cual abrir el milenio que llega. Digamos que la necesidad y la invitación se llama Sobre usos y abusos de la moral, y, digamos también, que el glosario debería ser el complemento del índice que el autor no escribió.

Hacia el final del texto, Platts plantea varias preguntas cuyas respuestas debe conocer. Reflexiona sobre ellas, pero le deja al lector, entre los signos de interrogación, un gran vacío: entre signo y signo hay espacios imaginarios, grandes y pequeños, que deberían ser llenados ejerciendo una suerte de antinomia para no sesgar las respuestas. Inquiere, por ejemplo: "¿no es evidente que hay muchas moralidades?, ¿qué es la responsabilidad moral?, ¿cuál es la distinción entre los casos en que los agentes son moralmente responsables de sus acciones y los casos en los que no lo son?".

Al hablar sobre "por casualidad" y "por equivocación", cuestiona, "¿qué le diré a mi vecino?", y, cuando reflexiona acerca de si la menopausia es o no una enfermedad, extiende la idea hacia la senilidad. Es muy probable que una de las palabras claves del autor sea su vecino. Seguramente en torno a ese "otro ser", el vecino infinito y siempre en el camino, es donde se construye la moral. Y es ante esos rostros, desconocidos, pero no ajenos, donde se inscriben las letras del autor.

Quizá Platts no escribió el glosario con toda intención. Hacerlo exigiría otro texto de similar envergadura, cuya extensión seguramente no sería menor que la que ocupa el que hoy nos reúne. Desde esa perspectiva, sus lectores y amigos tenemos suerte y obligación. Suerte porque las nuevas líneas de Platts continuarán sembrando dudas en una sociedad cuyo mayor pecado ha sido no cuestionar lo suficiente y no hacer que el poder tropiece, se fracture.

La obligación parece simple: recordarle al autor que debido a este magnífico texto, ha contraído deudas que sólo podrá pagar con el tomo por venir. Aunque sea sin índices, sin glosarios, sin preguntas inconclusas, pero eso sí, lleno de sueños guajiros y wishful thinkings.

 

Médico del Instituto Nacional de la Nutrición "Salvador Subirán".

Texto leído durante la presentación del libro Sobre usos y abusos de la moral. Etica, sida, sociedad de Mark Platts. Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM/Paidós. 1999.

* Científicos que se disputaron la paternidad del descubrimiento del VIH en 1984. (Nota de la Redacción.)