Avances de la biología en la comprensión del fenómeno natural más buscado por todos
El amor en tiempos del gen
J. R. Albaine Pons
Aunque por siglos el amor fue considerado un campo de acción de todos (šfelizmente!) y de teorización sólo de poetas, hoy sabemos que éstos sólo pueden cantar al amor y no explicarlo. Y la biología ha entrado de lleno a la búsqueda de explicaciones sobre este fenómeno tan natural y tan buscado por todos.
Muchas veces se ha intentado separar el amor del sexo, extendiendo la definición del primero a toda inclinación o dependencia emocional de algo o alguien, aprovechando la ocasión (dicho sea de paso) para satanizar lo sexual, en un puritanismo superficial y por demás mentiroso.
No es sobre ese amor del que quiero hablar, sino de aquel que nos lleva al sexo, a buscar en el acto sexual con la persona amada una satisfacción de pleno gozo que aparenta ser el mayor estremecimiento mental positivo posible en esta vida y en esta actualidad orgánica de nuestro planeta Tierra, y que a la vez nos permite perpetuar la especie.
Ya Al Pacino, en El abogado del Diablo,
expresó que el placer sexual era equivalente a una hartura de
chocolates. Pocos lo cambiamos por chocolate, pero seguimos
regalando éstos en San Valentín, como una
introducción a nuestra amada de lo por venir.
El primer hecho que debemos reconocer es que la búsqueda de pareja es el problema principal en todo el ámbito de lo vivo, con cierto grado de complejidad. Ya es aceptado por todos los biólogos modernos que éxito en la vida es equivalente a reproducirse. Y más aún, hay quienes afirman que sólo lo que se reproduce está vivo.
ƑQué nos hace seleccionar un individuo como pareja y no otro? Hoy se reconocen estrategias distintas en los machos y las hembras sobre esta cuestión. En la generalidad de los animales complejos, los machos buscan hembras y las hembras seleccionan entre los machos. Así, la hembra del flamenco escogerá al macho de plumas más hermosas y colores más intensos, lo que significa que está sano, con pocos o ningún parásito y es hábil y tiene éxito buscando comida, características que resultan de sus buenos genes, que la hembra quiere pasar a sus hijos.
Parece ser que las hembras buscan buenos genes para sus hijos y los machos sólo pasarlos (buenos o malos) a la siguiente generación. Por supuesto, a mejores genes, más fácilmente lo logrará. Pero no es tan simple. Hoy sabemos que en el cromosoma X del ratón están los genes que harán a sus hijas mejores madres, y por lo tanto mejores hembras. Asimismo, las futuras generaciones estarán más finamente adaptadas a ese ambiente que permitió un progenitor de encendidos colores y plumas sanas. Pero el ambiente es variable, y ahí entra la selección natural, declarando a veces que los genes buenos para una generación no necesariamente son los mejores para la siguiente, escribiendo así la historia de la vida de nuestro planeta.
Los organismos han evolucionado dos formas de reproducción llamadas estrategias K y r. Los r producen muchos huevos con poca inversión energética en ellos (la almeja produce 500 mil huevos al año y así es aprovechada por los biólogos para su cría comercial como alimento). Los organismos K producen pocos huevos, como el orangután, uno cada ocho años, con cuantiosa inversión de energía por la madre, que debe cuidar a la cría por cinco años. Al ser un K extremo, el orangután desaparecerá del planeta, a pesar del esfuerzo de los biólogos en su protección; los cambios en su ambiente y su pobre reproducción ųy por ende, variación genéticaų así lo vislumbran.
Bueno, Ƒy nosotros? Tenemos una estrategia K más bien intermedia, un óvulo mensual durante más o menos 40 años. Sin duda tenemos éxito. Se plantea que poseemos una atracción motivacional innata por individuos que parecen ser promedios de la sumatoria de las características saludables del sexo opuesto. Nacemos con la estructura cerebral básica que representa ese patrón, lo reconstruimos con nuestra historia de experiencias individuales y šbang!, caemos flechados cuando alguien que encontramos en el camino se acerca mucho al patrón neural activo que llevamos en el cerebro.
En ese encuentro, nuestro cerebro libera sustancias químicas, se dispara la testosterona y perseguimos a nuestra futura pareja con pasión desbordada.
Pero, šojo! Las hembras de primates, y las humanas entre ellas, escogen, rara vez persiguen. Estudios muestran que entre varones de igual atractivo físico (lo que representa salud, fuerza física y buenos genes) escogen a los de mayor relevancia social y mayor potencial de beneficio financiero (humanos), comida y casa (otros primates), lo que significa que si te enamoras de una mujer que también es galanteada por otro varón con un Mercedes-Benz, šestás frito!
Se ha escrito que la época de mayor atractivo sexual de la hembra humana es de 20 a 25 años. Se cita que la muchacha de la página central de la revista Playboy, desde 1953 hasta 1990, presenta como promedio 21.3 años. ƑY después no atraen nuestras mujeres? Claro que sí, aunque con intensidad variada.
Hay que recordar el hecho de que ratas y gatos de laboratorio dependen de su hipotálamo para la conducta sexual, y también de su corteza cerebral para el componente específico de búsqueda de pareja. Si decorticamos a un gato virgen, perderá interés por el sexo al instante, si lo hacemos con uno con experiencia sexual previa, su interés disminuirá dependiendo en parte de su experiencia. Así, nuestras mujeres adultas serán enamoradas, probablemente, sobre el esquema mental de memorias y experiencias previas de sus galanes, reconstruido sobre su esquema instintivo de atracción sexual activo en sus cortezas cerebrales. Esos esquemas reconstruidos pueden llegar a ser tan dominantes que los cambios físicos comunes con la edad dejan de importar (aunque muchas damas acuden a la cirugía plástica, por si acaso). Si no, Ƒcómo explicamos el boom de relaciones surgidas y desarrolladas a través de Internet?
ƑY después del encuentro qué? Muchos biólogos sostienen que los varones humanos son incapaces de ser fieles. Recordemos que sólo buscan dejar muchos de sus genes en las siguientes generaciones y que las mujeres son más cuidadosas, y por ello selectivas, porque les queda la gran inversión que deben hacer en el cuidado y crianza directa de los hijos, como mamíferos que somos.
šAh!, pero resulta que los varones humanos presentamos alrededor de una docena de espermatozoides distintos. Si bien muchos tienen como papel fecundar el óvulo, matar bacterias y hongos e influir en el pH, otros funcionan como guardianes para atacar químicamente a cualquier otro espermatozoide proveniente de un extraño que venga a competir por la fecundación del óvulo, que espera como reina escogida. Entonces, si evolutivamente hemos desarrollado esa defensa contra potenciales hijos de la competencia, es porque las señoras puede que no sean tan cuidadosas como deberían.
Quizás nos iniciamos como parejas múltiples y la cultura, esa invención natural de la especie humana, ha encontrado más benéfica a la sobrevivencia y el traspaso de genes mediante la vida en parejas, aunque parezca estar hoy, en el último año del siglo XX, derrumbándose por su propia ineficiencia vital, al cambiar tanto en los últimos decenios nuestras formas de vida y, por ende, nuestro ambiente físico y cultural.
La biología ha producido notables avances en la comprensión del fenómeno amor, aunque todavía sabemos poco de todas sus aristas. No en balde sobrevive la canción de don Pedro Flores: "Si no eres tú/ yo no quiero que me hablen de amor/ porque nadie comprende mi amor/ si no eres tú".