No eres el mismo antes del naranjo que después de pasar bajo su umbral. La densa órbita de los azahares te hace detener el paso, modificar el rumbo de los pensamientos. "Ha muerto Henry.", te escribió Arturo. "Es una pena tan grande", se dolía Frans desde su invierno holandés. ¿Quién sigue? Te preguntas, trastornado por el aroma a cadáver exquisito de este árbol indiscreto. La rabia se nutre del horror: uno nunca se habrá de resignar a que el amigo y su cara de niño pícaro se nos vayan así. Ninguna amada presencia debe de irse de ninguna manera. Uno los encuentra indispensables y decreta --en la más patética de las soberbias-- su eterna permanencia. El fracaso nos lastima doble: ni se quedan, ni te vas con ellos.
En medio del azoro y la nostalgia, allí está el naranjo en flor y algo que proviene de él se aferra con dolorosas uñas a tu espalda. Sobrecogido por el miedo, acobardado por el extraño grito que penetra por tus narices y se expande en tu sofocado pecho, volteas y miras. Tus ojos son los de tu abuela cuando levantaba de noche las cortinas para ver el rumbo de los infortunios que aleteaban bajo la luna.
Porque también tus cuentas, cuando de enumerar muertos se trata, nunca te fallan. Y allí están todos trepados en el árbol, alimentados por ese maldito perfume. Has de llorar en seco. Ni modo de entrar a la oficina de asesores del candidato fulano, ahogado en el mar de tus recuerdos. Ni modo de vomitar ese tepalcate en la garganta sobre la alfombra sintética pero carísima. Ni modo de regresarte si ya le dices buenos días a la señorita, y un jovencito de pelo lamido te pasa a una sala que huele a incienso barato.
Por la ventana miras el naranjo esplendiendo victorioso con la llamarada blanca de sus botones y de tus muertos. Y sigues chillando en seco, a sabiendas que no es bueno para la salud reprimirse los pesares. Los asistentes del licenciado fulano que está en campaña te escuchan con respeto y pulcritud, tan ausentes y aburridos que hasta parecen sinceros. "Tomaremos en cuenta sus sugerencias para el próximo discurso de nuestra oferta política." Y entonces los lamentos cesan. Agobia la mirada del hombre de la foto. El Hombre, quien quiere gobernar a millones de seres de carne y hueso, no es tal sino una "oferta"; como una pastilla de jabón o una bolsa de frituras.
Vuelves a ver hacia el naranjo. Los memoriosos se balancean entre los azahares, más vivos que el hombre de la foto. Les haces un guiño de complicidad y te empiezas a despedir de los auxiliares del candidato, tratando de ocultar tus risotadas interiores. Sales lleno de triunfos y esperanzas. Nunca antes habías experimentado cómo de un solo golpe los difuntos nos regresan a la vida.