
Durante el largo proceso que implica la infección por VIH, muchas personas portadoras presentan elevados niveles de emociones negativas como ansiedad, depresión y cólera. Son respuestas emocionales ante una serie de fenómenos internos y externos ocasionados por la notificación de su infección y en el proceso mismo de la enfermedad. Debido a la recíproca influencia entre el estado emocional, el sistema nervioso central y el sistema inmune, la presencia de elevados niveles de ansiedad y depresión facilitan el desarrollo acelerado de síntomas asociados al sida.
Por lo anterior, se han propuesto diversas estrategias para permitir a las personas VIH-portadoras un mejor manejo de situaciones altamente perturbadoras y de las consiguientes cargas emocionales negativas que pueden afectar su salud emocional y física. Una de estas estrategias es la actividad deportiva.
El deporte genera estrés positivo, que esencialmente favorece la estabilización del sistema inmune y contribuye en la prevención de enfermedades. Puede actuar como estimulante natural del sistema inmunológico, debido a que genera una reacción aséptica que facilita la eliminación de sustancias tóxicas del organismo y simultáneamente propicia la regeneración del mismo. También se favorece la producción de ciertas sustancias neuropéptidas que a su vez propician una mayor producción de endorfinas endógenas y una reducción en la producción de catecolaminas y corticosteroides. Este proceso favorece el incremento del número de linfocitos y el respectivo mejoramiento de sus funciones.
Sin embargo, la práctica deportiva puede tener efectos tanto positivos como negativos sobre la salud, dependiendo de la intensidad del entrenamiento (frecuencia, esfuerzo y duración) y de las condiciones físicas del paciente. Un programa deportivo de exagerada intensidad puede incrementar los riesgos de estrés negativo, producir trastornos del sueño, así como una mayor propensión a contraer enfermedades infecciosas debido a una reducción en la capacidad de respuesta del sistema inmune. Al contrario, un programa deportivo constante y de intensidad moderada mejora la resistencia ante posibles enfermedades infecciosas y eleva la capacidad y recursos físicos del paciente. Adicionalmente, en el aspecto psíquico funciona como un amortiguador del estrés, disminuyendo con ello el riesgo de la aparición de enfermedades.
En Estados Unidos se investigó por primera vez, en 1988, la influencia del deporte sobre el sistema inmunológico y psíquico de pacientes VIH-portadores. La investigación, denominada Miami Exercise Intervention Study, establece que un programa de entrenamiento regular y de intensidad moderada genera una estabilización del sistema defensivo en estos pacientes. Posteriormente se han desarrollado muchas otras investigaciones en Estados Unidos y Europa, las cuales han seguido estudiando los efectos de programas de entrenamiento físico regulares y de larga duración sobre el sistema inmune.
Entre los resultados obtenidos se destaca que la capacidad del sistema cardio-pulmonar puede ser mejorada por medio de un programa de entrenamiento aeróbico constante cuya duración varíe desde diez semanas hasta un año, y además que los pacientes con neumonía por postpneumocystis-carinii pueden desarrollar mayor masa muscular y peso corporal. También se ha comprobado que la combinación de un programa de entrenamiento aeróbico y de resistencia progresiva en un único programa deportivo, genera una mejoría sinergética de los sistemas cardiovasculares y musculares en personas con VIH. Se reportan además ganancias psicológicas como la disminución de los niveles de ansiedad y depresión y el desarrollo de estrategias de recuperación adaptadas al nivel de la infección.
El incremento de células CD4 originado por el entrenamiento físico varía en relación con la fase de la infección y de los niveles de inmunosupresión del paciente. Así, el aumento más relevante de células CD4 se observa en personas que se encuentran en las fases iniciales de la infección, cuando el sistema inmune aún no está severamente comprometido. En este sentido se señala que el incremento de las células CD4 es principalmente un indicador del retorno hacia la normalidad del debilitado sistema inmune de estos pacientes y que los efectos disruptivos provocados por elevados niveles de ansiedad y depresión, relacionados con sucesos vitales, pueden ser reducidos a través del entrenamiento deportivo.
Esta reacción es acompañada por un incremento en la producción de sustancias neuroendocrinas y neuropéptidas, que disminuyen o neutralizan los efectos inmunosupresivos del estrés. Así, el entrenamiento deportivo regular actúa como un sistema protector de la salud psíquica, lo que a su vez facilita la estabilización del sistema inmune en personas VIH-positivas. Estos descubrimientos han sido fundamentados y confirmados por estudios posteriores, en los cuales participaron pacientes VIH-positivos en diferentes fases de la infección.
Antes de iniciar un programa deportivo debe realizarse una detallada evaluación de la capacidad aeróbica, flexibilidad y funcionalidad muscular en cada paciente. Por ello, antes de plantear la intensidad, frecuencia, duración y tipo de programa de entrenamiento físico, se deben considerar además de la fase de la infección, el nivel de inmunocompromiso y la sintomatología del paciente. Si éste se encuentra en fases avanzadas de la infección, es importante considerar también su sintomatología (problemas cardiaco-circulatorios, diarreas, problemas del tracto respiratorio y pulmonar, etcétera). Para un resultado positivo son decisivos el tipo y la intensidad del deporte (moderado y regular), así como la constancia en el ejercicio.
Se debe aclarar que los programas deportivos no implican una cura de la infección, sino la búsqueda de un cambio positivo en las estrategias de recuperación de estas personas, a través del mejoramiento de sus condiciones físicas. Aun-que tampoco se ha comprobado la hipótesis de que el deporte contribuye a la sobrevida de personas VIH-portadoras, se puede asegurar que éste tiene un efecto positivo sobre el sistema inmunológico y sobre el estado psíquico y anímico, lo que genera una evidente mejoría en su calidad de vida.
Psicólogo clínico. Actualmente estudia el impacto de la psicoterapia y la actividad deportiva en el mejoramiento de la calidad de vida de personas con VIH/sida, en el Instituto de Psicología Clínica y Fisiológica, de la Universidad de Tübingen, Alemania.