
El individualismo radical --al parecer el tema dominante de nuestra época, tanto en valores éticos y sexuales como en economía-- es un fenómeno ambiguo. Por el lado positivo, socava la solidez de las narrativas tradicionales y de las relaciones de dominio y subordinación. Un discurso de la elección es un poderoso disolvente de certidumbres rancias. En los años 80, mientras los gobiernos de la Nueva Derecha en Estados Unidos y Gran Bretaña trataban de combinar un énfasis radical en la economía libre y un conservadurismo social y moral, ya se advertía cómo el individualismo del primero constantemente se filtraba en el segundo, y fundamentalmente lo minaba. Para los 90, era claro que en ambos países el relajamiento de las ataduras del autoritarismo sexual asociado con los 60, proseguía aún, e incluso se aceleraba, a pesar de los intentos caprichosos por impulsar un rearme moral. A pesar de sus mejores esfuerzos, los clérigos más exitosos de la política de la Derecha Radical en Occidente, Ronald Reagan y Margaret Thatcher, terminaron presidiendo lo que probablemente fue la mayor revolución en los hábitos sexuales durante el siglo XX. La libertad individual no puede frenarse en el mercado; si tienes una libertad absoluta para comprar y vender, no parece haber lógica alguna en bloquear la libertad de escoger tus parejas sexuales, tu estilo de vida sexual, tu identidad o tus fantasías, aun cuando éstas incluyan la complacencia en la pornografía y las formas más sofisticadas del ritual autoerótico.
Pero el lado negativo es un tipo de liberalismo sexual que no admite ninguna barrera para la satisfacción individual, que hace del placer individual el único patrón en la ética sexual. La enorme expansión de preferencias (en parte la criatura de un nuevo mercado sexual globalizado que ofrece una variedad de atractivos para el consumidor, con todo a la mano, desde un fin de semana erotizado hasta las drogas de diseño) inaugura, aunque paralelamente socava, la posibilidad de desarrollo individual y cooperación social. Hace posible que huyamos del reclusorio de las tradiciones moribundas y represivas, pero coloca también un lastre nuevo, a veces insoportable, sobre aquellos que son víctimas de elecciones irresponsables y egoístas. Es esto lo que le confiere un mínimo margen de razón a las lamentaciones de los conservadores en la cultura cuando hablan de un "narcisismo" dominante en el comportamiento actual. El culto al yo --a los hombres y mujeres como artistas de sus propias vidas-- puede ser un propósito estimable, pero cuando se le persigue sin la menor atención al prójimo, sin un sentido de responsabilidad mutua y pertenencia común, puede conducir a un desierto ético.
Estamos en peligro de volvernos "desincrustados", desarraigados, de ser devueltos a nuestras frágiles individualidades, cuando lo que necesitamos es un sentido de los lazos indisolubles entre libertad individual y pertenencia social. Carol Gilligan señala como una verdad paradójica de la experiencia humana el hecho de que "nos conocemos como seres particulares sólo en tanto vivimos en contacto con los demás, y experimentamos las relaciones sólo en tanto diferenciamos al otro de nuestro ser particular". Sin embargo, en nuestro esfuerzo por alcanzar dicho equilibrio, necesitamos liberarnos de las limitaciones a las que nos condena el individualismo radical que hemos heredado en Occidente.
Diversidad y elección
Hablar de la "invención" de lo "correcto" y de lo "erróneo" es abrir una caja mágica de miedos, y el más grande de todos los terrores es el "subjetivismo": la reducción de todos los valores al capricho individual. Ese es en efecto un peligro, aunque no es mi intención hablar de eso aquí. Mi propósito, muy distinto, es sugerir que en realidad vivimos en un mundo de valores, que los seres humanos son sujetos que fabrican y portan consigo valores, que los valores son el substrato de la existencia individual y social. No podemos vivir sin ellos. Estos valores encarnan nociones de lo que es bueno y apropiado, de lo que no es bueno, incluso malvado, e inapropiado, y se organizan en diversas tradiciones éticas de las que somos herederos. El problema no es nuestra falta de valores, sino las jerarquías en las que están atrapados, y que exigen la verdad, y los conceptos de lo correcto y lo erróneo, como su prerrogativa exclusiva. Decir que estas nociones deben ser siempre contextuales y relativas no significa abandonar nuestra habilidad para medir y juzgar las acciones. Es decir simplemente que necesitamos claridad sobre por qué tomamos las decisiones y qué valores animan nuestras prácticas. Sólo de esta manera podemos adentrarnos en la conversación interminable acerca de valores, valores distintos, que es la cuota humana. (...)
Al paisaje sexual contemporáneo lo recorre un fantasma de dos cabezas: la incorregible diversidad de sexualidades, la realidad de la otredad que nos confronta en todos nuestros tratos con individuos y colectividades, y la necesidad de elección. En un sentido muy importante, estos fantasmas han estado en el centro de los debates sexuales por muchas generaciones, y han moldeado los diversos discursos en torno de lo sexual de maneras profundas (y por lo general contradictorias). Lo que considero nuevo es que la caparazón de la certidumbre moral (y subsecuentemente) científica, que controlaba a la diversidad y delimitaba la elección, está ahora resquebrajada, de modo tal vez irreparable. Una rica variedad de plantas exóticas salen de su escondite y se insinúan por las grietas, y dicha profusión parece aumentar, más que disminuir, a medida que (o tal vez porque) nuestros moralistas (los entusiastas horticultores del paisaje sexual) intentan segarlas. Corta un solo tallo y media docena más brotará espontáneamente. ¿Pero cuáles de estas plantas son flores, y cuáles malezas; cuáles despiden aromas gratos, y cuáles contienen un fruto envenenado?
Ya no existe, como lo he sugerido, respuesta alguna rápidamente generalizable para este tipo de preguntas, ni en los tratados morales, ni en los textos científicos, ni en los códigos legislativos, por mucho que la gente trate de descubrirlas. El colapso de las viejas certidumbres morales ha sido demasiado fuerte. Necesitamos más bien esclarecer los valores que pudieran ayudarnos a decidir qué formas de diversidad realzan la vida, y cuáles son profundamente inhumanas, qué elecciones son libres e informadas, y cuáles impuestas. Esto sólo podemos lograrlo ampliando nuestro enfoque. Así como la sexualidad es un fenómeno profundamente social, que lleva la huella de historias complicadas, de moralidades impuestas, y el juego infinito del poder, así debemos colocar nuestras elecciones sobre la sexualidad y el cuerpo en un marco político y ético más amplio. La variedad de posibilidades sexuales de las que el cuerpo es heredero no son, por sí solas, ni buenas ni malas. La sexualidad no posee un significado intrínseco, no puede decir su propia verdad porque sus manifestaciones sólo pueden siempre ser culturalmente mediadas. Pero pueden por su maleabilidad expresar una variedad de potencialidades humanas. Lo erótico brinda un espacio de posibilidad para explorar, y afirmar positivamente, las diferentes maneras de ser humanos.
Amor y sexualidad
El significado de la sexualidad ha cambiado. Durante largo tiempo encerrada en la historia de la reproducción, ahora flota en gran medida fuera de ella, en un proceso que tuvo un fuerte desarrollo mucho antes de que la píldora prometiera, de una vez por todas, una seguridad tecnológica. Sigue evocando imágenes de pecado para muchos, de violencia, particularmente para los niños y las mujeres, y tal vez para todos nosotros, de poder. Aún se le asocia con la amenaza de enfermedad, que trae a la mente la epidemia del VIH. Es, como lo señaló Carole Vance en 1984, un lugar de peligro y a la vez de placer. Pero en un proceso complejo, sus significados se han ampliado. Para la mayoría se ha vuelto lo que siempre fue en teoría, polimorfa o "plástica". Al menos en principio, están abiertas para todos nosotros las artes eróticas, ya sea por los miles de manuales sobre los goces del sexo, o por el floreciente mercado de las representaciones sexuales, o por una explosión del discurso en torno del cuerpo y sus placeres. La sexualidad se ha vuelto un terreno de experimentación. Esto se relaciona estrechamente con la cuestión de las relaciones, porque si el compromiso, la intimidad, los nuevos intentos, se han vuelto claves en la vida privada moderna, otro tanto sucede con su logro a través de la satisfacción sexual, lo que crecientemente significa la exploración de lo erótico, según modelos cada vez más exóticos y confusos. Existen por supuesto muchos tipos de relaciones sin sexo, y mucho sexo sin relaciones. Pero no es fortuito que la intimidad, como término, se relacione estrechamente con la actividad sexual. La intimidad moderna se vincula muy de cerca con la exploración y satisfacción del deseo sexual.
¿En dónde queda entonces el amor? Es fácil hablar de sexualidad sin amor, y de amor sin sexualidad. Pero es claro que el amor es algo que de modo creciente se moldea fortuitamente, como un foco para las relaciones íntimas. El amor, como la sexualidad, se ha vuelto más fluido, menos una receta para la devoción eterna, más una cuestión de elección personal y autorrealización, una forma de comunicación más que una verdad eterna. Sus significados se construyen para y en circunstancias específicas. Eso no significa que sea menos importante; por el contrario, su propia movilidad, su potencialidad para trascender la división entre individuos autónomos, lo vuelve un ingrediente cada vez más vital de la vida privada y social. Pero no podemos asumir su forma, ésta debe negociarse de nuevo cada vez. Como lo sostiene Bauman, el amor es la inseguridad encarnada.
Traducción: Carlos Bonfil.