LETRA S
Abril 6 de 2000
Crónica Sero
JOAQUIN HURTADO

 

Son casi unos niños. Sólo por el bebé que Nancy carga y el gesto serio del chavo que la acompaña, uno podría asegurar que esta muchacha no se acaba de escapar de la secundaria. Ella es quien cuenta los detalles.

En las últimas semanas del embarazo, cuando se presentó a una revisión médica en Ginecología del IMSS, la Doctora "X" le pidió que llamara de inmediato a su esposo porque tenían que comunicarle "algo muy importante". Nancy creyó que tenía derecho a saber sobre su propio estado de salud y el de su bebé, y le pidió a la doctora que le informara también a ella.

--Su esposo debe estar presente --le dijo la mujer de modo cortante.

--Mi esposo no tiene teléfono en el trabajo.

--Pues vengan mañana a primera hora. Es urgente.

Y Nancy salió con su barriga y su miedo al pasillo sólo para ser alcanzada por una presurosa laboratorista que se identificó preguntándole "¿Ya te dijeron lo del sida?" La muchacha sintió que una viga del techo le caía en plena frente: --¿y yo qué tengo que ver con eso? "Te hicimos una prueba, yo misma te tomé la muestra, ¿no te acuerdas? Y pues salió positiva, ¿no te dijo nada la doctora? Ay se me hace que ya la regué otra vez. No me hagas caso." Y la del laboratorio, al darse cuenta de la metida de pata, hizo mutis en medio de un páramo donde el suelo se iba hundiendo en el vacío, como su estómago. Nancy regresó a buscar a la Doctora "X" pero la recepcionista le dijo que ya no se encontraba porque había tenido que salir de urgencia a un asunto personal.

Esa noche no pudo dormir. Tampoco se atrevió a decirle algo a Carlos sobre el chisme que la atormentaba. Al día siguiente los atendió un doctor con actitud sospechosamente paternal. No los bajaba de "mis hijos", a ella le decía "chiquita". Les habló de Dios, de los valores eternos, de la oportunidad que siempre tenemos para enmendar nuestras fallas. Después de un rodeo de media hora entre conceptos y consejos que los dejaron más confusos e impacientes, todo quedó pasmosamente claro cuando escucharon: "la esperanza que tenemos es que si actuamos a tiempo el bebé podría nacer sin sida".

--Voy a enviarlos de inmediato a que se hagan las pruebas confirmatorias --dijo el médico mientras escribía los criptogramas condenatorios.

--Pero dónde, cómo, yo no puedo tener eso, mi bebé... --trataba de articular Nancy, sin dejar de verle los ojos a un callado.

Sobra decirles que aquella pareja ya no volvió a ser tal desde ese momento. Sería morboso describirles la golpiza que el celoso Carlos le acomodó a la Nancy y que provocó el alumbramiento prematuro. Mucho menos hace falta repetir los adjetivos que recibió la chica de su propia familia.

Con una desproporcionada entereza para su edad y su drama, ahora Nancy me explica cuál es "el problema" que la ha traído hasta aquí: "Me acaban de decir que los exámenes estaban mal, que no tenemos sida ni el bebé, ni mi esposo ni yo. Hasta me pidieron disculpas y me dieron unas colchitas y biberones. Pero Carlos no entiende razones.

Entonces yo clavo la mirada en el rostro duro del chavo pero, antes de abrir la boca, Nancy me ataja: "No, éste es Luis, mi hermano. Carlos está como loco. Se fue a vivir con sus papás y ya hasta tiene los síntomas. Vayan a hablar con él, por favor."