Sangre y semen, dos elementos que debían dar vida pueden también incubar muerte. Amor y altruismo, valores universales, se enfrentan a la desconfianza. El sexo y las transfusiones sanguíneas ya no son más garantías de perpetuación de la especie y sobrevivencia. En un mismo acto se puede dar vida o matar. El sida, siglas de síndrome de inmuno deficiencia adquirida, es ya un vocablo, un neologismo que pocos en el mundo desconocen. Es un parteaguas en la historia de la humanidad que trasciende los terrenos de la medicina, de la moral, la filosofía, la ciencia, la política y hasta las relaciones amorosas, de pareja y familiares. El sida es una fisura en el mundo.
Tantas aristas tiene que es difícil elegir una para empezar. Lo cierto es que involucró a todos los sectores. Iglesias, gobiernos, medios de comunicación, organismos internacionales, científicos, filósofos, ciudadanos. Todos. Todos han hablado o escuchado del sida. Pero, dice André Glucksmann, se ha hablado menos del sida como enfermedad concreta que de las formas correctas o no de evocarlo. Consternado, entristecido por la muerte de amigos, el filósofo francés emprende la escritura de este libro, en el que pasa revista a todo lo que se ha dicho acerca del sida desde los terrenos de la moral y la medicina, fundamentalmente, hasta sus implicaciones políticas y sociales, apoyado en la historia de las primeras disciplinas.
Editado por primera vez en 1995, el libro exceptúa un tema que es ahora tal vez el más importante: las triterapias y la lucha por el acceso a medicamentos. Pero la de Glucksmann es ante todo una reflexión filosófica: "El sida resbala inevitablemente fuera de la moral. No podemos cohabitar con esta plaga sin que se nos ponga en tela de juicio, no sólo cuando nos sentimos directamente afectados (enfermo o terapeuta), sino a partir del momento en que estamos expuestos. Lo que es el caso de todos."
Es por ello que se interroga sobre cuál será la autoridad competente para enfrentar la epidemia. ¿De Sanidad? Es posible que sea éste el campo afectado. ¿De Defensa Nacional? Parece que está en juego la supervivencia colectiva. ¿De Bienestar Social o de la Cultura? El mal de amor concierne a todas éstas, sin ser atribución específica de ninguna. Hecho inédito en la historia de la medicina, Glucksmann reconoce que las primeras iniciativas ante la amenaza surgieron de grupos homosexuales. Fueron ellos quienes "inventaron las primeras estrategias preventivas comunitarias, la vigilancia contra la discriminación, la afirmación de la dignidad y de los derechos de las personas afectadas cuando el medio social se mostraba indiferente, incrédulo u hostil. No delegaron del todo a las instituciones médicas y sociales los intereses de las personas afectadas o expuestas."
Así, el VIH revolucionó dolorosamente la autoridad médica. Antes, los infectólogos tenían pocas relaciones duraderas con sus enfermos. Ahora, una consulta con un enfermo de sida es 90 por ciento de psicología y 10 por ciento de medicina. Los enfermos no buscan ya al gran especialista, sino al médico más simpático, al que sabe hablarles. Escribe Glucksmann: "Quiérase o no, desde Hipócrates nadie puede controlar al médico más que él mismo y sus iguales, a los que acepta libremente vincularse y confiarse. A partir de ahora, guste o no, el último control del seropositivo sólo depende de él."
Reflexión llama a reflexión. Las posturas y concepciones en torno al sida se modifican constantemente. De la inicial identificación de grupos de riesgo se pasó a prácticas de riesgo; de la categoría de transmisión homosexual se mutó a la de hombres que tienen sexo con hombres; de la petición de deshomosexualizar la epidemia se exige ahora volverla a homosexualizar. Se reabre el expediente de la eutanasia y se inventa un nuevo concepto, el suicidio asistido. Las actitudes de los seropositivos oscilan entre el síndrome de Collard (ignorar el sida para salvar el amor) y el síndrome de Lázaro (conseguir reducir la carga viral a niveles indetectables).
No hay romanticismo, como con la tuberculosis; tampoco la visión bohemia de la sífilis. El poeta cantaba: Nosotros, que nos queremos tanto / debemos separarnos / no me preguntes más. No es falta de cariño / te quiero con el alma / te juro que te adoro / y en nombre de ese amor / y por tu bien / te digo adiós. Hoy, en México y en el mundo, corren rumores absolutamente infundados de personas que pinchan a otras con agujas infectadas en bares y discotecas".
Todo se ha jodido, menos el amor, afirmaba Efraín Huerta. ¿Será? Para los homosexuales, el preservativo tiene un solo significado: impide la transmisión del VIH. Su utilización no compete a la organización del placer, sino a la inquietud de la supervivencia. "Protegerse es sospechar", asegura Glucksmann. "Hay que mirar dos veces. Poner un ojo en el amor y otro en la muerte. Un hemisferio cerebral a favor de la confianza, el otro trabajando en solitario y calando en la desconfianza."
El sida ataca física y mentalmente a la existencia colectiva. Su virulencia es cualitativa antes que cuantitativa. Por ello, la reflexión --y la acción-- debe ser permanente. Glucksmann concluye: "Argan, enfermo imaginario, se tortura a fuerza de medicamentos. Se pone enfermo por amor a la salud. Una sociedad que cierra los ojos para no perder sus ilusiones ni sus falsas seguridades, se comporta a lo Argan."
La
fisura del mundo. Etica y sida.
André
Glucksmann,
Ed.
Península, Barcelona, España, 1995.