"La pobreza me hizo violento. Vivía en un pueblito de la Huasteca veracruzana y ahí comencé a tener problemas por ser pobre, indio y campesino. Desde la primaria sentí el rechazo de mis compañeros y compañeras, que se expresaba con golpes y verbalmente. Se burlaban de mí porque andaba descalzo, llevaba siempre la misma ropa y mis libros en una bolsa de plástico.
"De mi familia no recibí violencia, pero tampoco amor, me ignoraban. Terminé la primaria y deseaba seguir estudiando, pero mis papás no pudieron costearme la escuela. Le ayudaba a mi papá en la milpa, pero me atormentaba no seguir estudiando y decidí irme a buscar trabajo en Tamaulipas, donde también fui maltratado. Me golpeaban por ser un chamaco de doce o trece años y no me podía defender. Me mentaban la madre, me decían perro jodido y me robaban. A los quince años me fui a trabajar con un hermano a México. Ahí ganaba dinero, pero encontré el mismo rechazo. Me decían maricón, inútil, pues a veces lloraba porque me cargaban el trabajo, pero comenzaron a invitarme vino y empecé a beber. Mi hermano golpeaba a su esposa, quien también me rechazaba y me llamaba 'arrimado'. Fue entonces cuando comencé a ejercer la violencia; insultando y golpeando a otros hombres me desahogaba de lo que había recibido.
"Cuando ya había agarrado más fuerte el alcohol me regresé a mi tierra; traté de rehacer mi vida con mis papás, ayudarles con el trabajo del campo. Me enamoré y me casé, pensando que iba a recibir el amor y el cariño que nunca había tenido y siempre había necesitado, pero no fue así. Para ella, eso no era importante. Entonces comencé a golpearla, a no hablarle y ofenderla. Volví al alcohol y tuve una aventura con otra chava y eso complicó más las cosas. Así aguantamos seis años, hasta que encontré un espacio. Siempre me han preocupado los problemas sociales y de salud, entonces entré al Centro Nacional de Misiones Indígenas, A.C. que trabaja sobre salud popular. Ahí me han ayudado. Poco a poco me fui reconstruyendo, sin embargo seguía ejerciendo la violencia por rechazo a la sociedad. Sentía coraje y resentimiento contra quienes tienen con qué comprar una vida digna.
"Hace dos años encontré un espacio en Michoacán, donde puedo compartir mi experiencia con otros hombres y capacitarme sobre sexualidad, violencia y derechos sexuales y reproductivos. Trabajamos con promotores de salud popular de 36 comunidades. Llegué como asesor al equipo de coordinación.
"Desde antes que llegara, las promotoras ya habían planteado la necesidad de trabajar con los hombres, porque ellas decían: 'yo, como mujer, sí estoy analizando mi vida, veo que tengo problemas de salud, pero soy violentada, tengo problemas con mi pareja, lo sé y aquí lo comparto, y después llego a mi casa y la situación no cambia, e incluso se vuelve más dolorosa'. En este trabajo he encontrado experiencias similares o más dolorosas que la mía. Muchos hombres tenemos en común la violencia que priva desde la infancia.
"Espero que en un tiempo no muy lejano pueda volver con mi mujer y mis hijos, pues nunca les he perdido el cariño, pero tengo miedo de que vuelva a pasar lo mismo. A veces he pensado en el suicidio y en el alcoholismo, tengo miedo de caer en un abismo, pero también tengo la esperanza de recuperar lo que perdí."