La Jornada Semanal, 9 de abril del 2000


Naief Yehya

La inevitable extinción del hombre

Algo extraño está sucediéndole a la revista Wired, el autoproclamado portavoz de la cultura electrónica y de la nueva economía digital. La publicación más influyente de los albores de la era de internet se ha convertido en un panfleto hiperoptimista y crédulo que no cesa de celebrar la prosperidad que ha traído la nueva economía a ciertas élites. La decadencia de esta publicación se debe en buena parte al desmedido elogio de la ambición despertada por las inmensas riquezas que promete la frontera electrónica. Wired ha comprometido su propia integridad, ya que ha lanzado portafolios de acciones de alta tecnología así como un índice destinado a evaluar el crecimiento de este sector, con lo que se ha vuelto juez, testigo, crítico y parte del fenómeno del megaboom de las ``acciones de internet''. No obstante, la revista dio una muestra de renovada vitalidad -o por lo menos de saludable pesimismo- cuando en su edición del mes de marzo publicó uno de los textos más sombríos e inquietantes que han aparecido en sus páginas: ``Why the Future Doesn't Need Us'' (por qué el futuro no nos necesita), una perturbadora reflexión acerca del impacto, y en particular de la muy real amenaza de extinción, que representan las nuevas tecnologías en el futuro cercano de la humanidad. Aunque este artículo podría parecer simplemente un alegato más en contra de la tecnología, el hecho es que fue escrito por Bill Joy, el científico en jefe de la empresa Sun Microsystems, que, entre otras cosas, instaló la versión de Berkeley del programa Unix en la red creada por la agencia Darpa -la cual, años más tarde, se transformó en internet-; asimismo, Joy es coautor del lenguaje Java y de tres estructuras de microprocesadores (SPARC, picoJava y MAJC), entre otras cosas.

La preocupación de Joy radica en que cada día es más evidente nuestra dependencia de las máquinas, y en que a medida que los sistemas de cómputo se vuelven más inteligentes, les cedemos más y más poder. Hoy en día el comercio, la medicina, la industria, las comunicaciones y prácticamente todos los aspectos de la cultura dependen de computadoras y redes digitales. De apagar el switch, la civilización se paralizaría y el mundo quedaría sumergido en la oscuridad y el caos. No solamente carecemos del potencial para sustituir a las computadoras sino que hay muestras claras de que si logramos desatar su inteligencia seremos incapaces de entender su forma de razonar. La evidencia es que aquellos programas desarrollados por sistemas expertos que evolucionan rutinas por medio de repetidas iteraciones son a menudo incomprensibles y sin embargo suelen ser extremadamente eficientes. De seguirse cumpliendo la ley de Moore, que promete la duplicación del potencial de la capacidad de los microprocesadores cada dieciocho meses, y si es posible evadir una serie de obstáculos técnicos, para el año 2030 las computadoras no sólo alcanzarán sino que rebasarán el nivel de la inteligencia humana, por lo cual no tendremos más alternativa que aceptar sus decisiones y la tarea fundamental del hombre en el siglo XXI será sobrevivir a sus propios inventos.

Más allá del gran triunfo tecnológico que significaría crear mentes superinteligentes, debemos tomar en consideración que éste podría ser uno de los pasos determinantes en el camino a la extinción humana. Estos hijos de nuestra mente, como los denomina Hans Moravec, quizá sientan hacia nosotros lo mismo que nosotros sentimos hacia los gorilas.

La nanotecnología (la creación y uso de máquinas y herramientas de tamaño molecular para transformar la materia prácticamente de átomo en átomo), la robótica y la genética son campos de la creación humana y el conocimiento que amenazan con escapar de nuestro control y cobrar vida propia, en particular porque estas tecnologías tendrán la cualidad de la reproducción autónoma. Por su parte, la manipulación genética amenaza convertir a los organismos biológicos en máquinas reprogramables. Diversas especies vegetales y animales ya son objeto de modificaciones genéticas, y los progresos que se han hecho para descifrar el genoma humano prometen que pronto será posible rediseñar hombres y mujeres felizmente eficientes.

Hasta el tecnófilo más entusiasta debe reconocer que las tecnologías que ofrecen liberarnos de la contaminación (como las nanomáquinas que podrían destapar venas bloqueadas), proveer alimentos en abundancia, curar enfermedades, crear fuentes de poder baratas e inextinguibles, extender la vida y permitirnos conquistar el universo, pueden desatar catástrofes de magnitud planetaria. Joy cita el gray goo problem (problema de la plasta gris): la amenaza de que masas de nanomáquinas se reproduzcan velozmente, devorando la biósfera. Dado que -desde el punto de vista evolutivo- serían superiores a los microorganismos creados por la naturaleza, serían imposibles de detener. Liberar a un agente capaz de tal destrucción, tanto por accidente como por un acto terrorista, es un peligro probablemente mayor que el de una explosión atómica. Tal vez Joy esté equivocado en su evaluación del riesgo que imponen las nuevas tecnologías; quizá estas visiones no son más que otro arranque absurdo y alarmista de histeria milenarista. No obstante, hay suficientes evidencias para obligarnos a evaluar la seriedad de estos peligros antes de que pasemos a ocupar nuestro lugar en la galería de las especies extintas.

nyehya@erols.com