DOMINGO 9 DE ABRIL DE 2000



Entrevista con Pedro Casaldáliga

La solidaridad
en los tiempos del neoliberalismo


Carlos FAZIO

Para el obispo de Sao Felix do Araguaia, Brasil, vivimos sometidos por un "macroimperio" neoliberal que refuerza las desigualdades sociales y la dominación de las elites y oligarquías de siempre. Se trata, dice, de una "macrodictadura total" que se ha impuesto como pensamiento único con sus "teólogos del diablo" y su posmodernidad narcisista

San Salvador. "Nunca hubo tanta humanidad privada de ser humana", juega con las palabras don Pedro Casaldáliga.

Entrevistado en el marco del vigésimo aniversario del martirio de monseñor Oscar Arnulfo Romero, el misionero claretiano dice que nunca como ahora el mundo fue tan pobre y desigual. Habla de millones de excluidos, de hombres y mujeres "sobrantes"; de esas cuatro quintas partes de la población mundial que asisten a la globalización pero no participan de ella. De no-sociedades basadas en la acumulación de lucro, un consumismo atolondrado y una exclusión homicida. Dice que no sólo se han privatizado las empresas estatales y los servicios sociales; también se privatizaron valores y sentimientos. Vivimos en la era del egoísmo total, en el mundo de lo superfluo. Se ha desarticulado a la sociedad civil, y las personas prefieren ser consumidoras antes que ciudadanas.

Casaldáliga recuerda que el irónico consejo de John M. Keynes se está cumpliendo: "Por lo menos, durante 100 años debemos fingir delante de todos que lo justo es malo y que lo malo es justo... La avaricia, la usura y la previsión han de ser nuestros dioses por un poco más de tiempo..." Dice que la Iglesia católica, su iglesia, nunca pidió perdón por haber canonizado durante tantos años a la propiedad privada. No cree en "la fuga de la tercera vía". Ante el mesianismo del mercado total, en este salvaje capitalismo, opta por un socialismo humano; la realidad lo ha confirmado en las "bondades" de la izquierda.

Nativo de Balsareny (Barcelona, 1928), este catalán claretiano de origen campesino, con medio siglo de sacerdocio a cuestas y avecindado en el Mato Grosso desde 1968, es alérgico a las visitas "ad limina" a Roma pero se ha hecho adicto caminante por los senderos de la solidaridad. Copresidente del Secretariado Internacional Cristiano de Solidaridad con América Latina, junto con Samuel Ruiz, cree, como el obispo emérito de San Cristóbal, en la palabra hecha historia. "Soy la palabra que creo, la palabra que digo con mi vida".

Es la suya una palabra fuerte, de denuncia. Cascada ahora por los años y las inclemencias. Pero todavía sonora, como la voz de los profetas. Lo atestiguamos cuando habló desde la cátedra que ocupara Ignacio Ellacuría, uno de los seis jesuitas asesinados por el Estado salvadoreño en 1989. Una multitud abarrotó el amplio auditorio de la Universidad Centroamericana, y escuchó con atención cuando don Pedro disertó sobre "la mundialización de la solidaridad y la esperanza". De "la otra" mundialización; la alternativa al sistema dominante.

-ƑA quién se refirió cuando habló de "los teólogos del diablo"? -le preguntamos.

-Me refería a los intelectuales orgánicos del neoliberalismo, como el teólogo católico Michael Novak, quien ha venido justificando a las multinacionales hasta el extremo de llamarles "el siervo sufriente" de hoy.

-ƑPor qué no cree en la tercera vía? CASALDALIGA

-Porque siempre acaban en socialdemocracia o democracia cristiana. La tercera vía es de murciélagos: no es pájaro ni ratón. Frente a la desequilibradora prepotencia del neoliberalismo excluidor, creo en un Estado fuerte, no totalitario. Un Estado que esté a favor de los pobres, que no privatice la vida de los ciudadanos. Un Estado moderador, que garantice lo básico: dignidad, derechos, oportunidades. Ahora, hasta la universidad es un superlujo.

-Monseñor Luigi Betanzi dijo que cuando en Europa los obispos hablan de los pobres los llaman comunistas, pero que en América Latina son cristianos. Sin embargo, hasta hace poco a obispos como usted también los llamaban comunistas.

-El término comunista cayó en desuso. Ahora nos dicen necios. Que nos fundamos en utopías imposibles. Que estamos proclamando el pauperismo. Pero no es verdad; estamos a favor de los pobres y en contra de la pobreza.

-Decía usted que este sistema de egoísmo total ha derivado en una crisis estructural de la solidaridad. Sin embargo, ante la inexorabilidad de la globalización, usted apuesta a "la otra" mundialización.

-Sí. Soñamos con nuestra mundialización, que debe ser réplica alternativa y profética de la globalización neoliberal que domina el orbe. Para bien o para mal, el mundo se está haciendo uno; es ya nuestra circunstancia. O nos salvamos mundialmente o mundialmente nos hundimos.

-ƑCómo ha de ser la otra mundialización?

-Ha de ser una actitud, un hábito; una virtud, amasada de conciencia, ascesis, entusiasmo, solidaridad. Debe estar basada en la realidad cotidiana; nutriendo las raíces y la memoria. Debe ser una mundialidad con eje en la igualdad. Igualdad de las personas y de los pueblos. Igualdad de dignidad y de derechos. En la pluralidad de las identidades, claro. Si no se quiere propiciar "un mundo donde quepan todos", como piden los zapatistas, en el mundo no va a caber nadie.

-Hábleme de la solidaridad.

-Solidaridad es el nuevo nombre de la sociedad humana.

-Suena a utopía.

-Regina Ammicht Quinn señala que "un destino común, compartido, exige solidaridad". Sé que estoy pidiendo una revolución de valores y posiciones, de privilegios y de necesidades. Ir de los varios mundos hacia un solo mundo, el humano. Se trata de una revolución ética y estructural. Cultural, sociopolítica, económica y, sobre todo, espiritual. Desde el privilegio, que siempre excluye o margina, no se puede ser solidario. Por eso hablo de la solidaridad como una virtud, amasada de indignación ética y praxis liberadora.

-Habla usted como un obispo romántico, en un mundo donde todo el tejido solidario está roto. Romántico y de izquierda.

-Ese es uno de nuestros mayores desafíos: establecer redes solidarias. Rehacer el entramado del tejido solidario. En cuanto a lo otro, dice Agnes Heller que "la solidaridad es la cualidad más importante de la izquierda social". Hay que sacudir la modorra y el desencanto de nuestras queridas izquierdas.

-Usted decía que en la modernidad, la conciencia humana ha estado determinada por las ideas de progreso, emancipación y anticipación de futuro...

-Sí: ilustración, revolución, utopía. La utopía de nuestra esperanza es que una auténtica revolución de valores, relaciones y estructuras haga posible el verdadero progreso de todos y todas. De todos los pueblos, en una cierta armoniosa igualdad. Nuestra esperanza se llama solidaridad, en acto, en proceso, en espera.

-Los pontífices del neoliberalismo nos dicen que estamos en "el final de la historia".

-šNada de final de la historia! La esperanza sólo se justifica en los que caminan. Esperamos, porque desesperamos. Porque esperamos contra ese mundo asesino que se nos impone. "Quem sabe, faz a hora, nao espera acontecer", dice una canción brasileña. Y ya explicaba Marcuse que la esperanza ha sido dada para servir a los desesperados. El consumismo, que se va saciando con los McDonald's al uso, y el conformismo derrotista que ha arriado las banderas de la militancia, no tiene por qué esperar. La esperanza es lo menos light que se puede esperar en la vida. Y, cristianamente, "esperamos contra toda esperanza". La esperanza es memoria, utopía, acción. Debemos mundializar la esperanza. Debemos ir haciendo que los excluidos -los "ninguneados" de siempre, como les llama Galeano-, aquellos que más tienen que esperar, puedan esperar "razonablemente". Ese será el milagro de "la esperanza esperanzadora" que pedía el mártir Ellacuría. Entonces, la solidaridad irá haciendo de la utopía un buen lugar dignamente habitable.*