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¿Hasta qué punto el condón
masculino reproduce los esquemas de poder patriarcal que regulan y silencian
el deseo sexual femenino? ¿De qué manera el anhelo de unir
sexo y afecto disminuye en las jóvenes la conciencia de su riesgo
de adquirir infecciones sexuales? A partir de la reflexión crítica
de la autora, surgen interrogantes que son desafíos para quienes
en México reflexionan sobre la sexualidad y las medidas idóneas
de prevención dirigidas a las mujeres.
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A lo largo de casi una década en la investigación sobre sida, las mujeres y las relaciones heterosexuales fueron ampliamente ignoradas. Durante este periodo, la teoría sexual gay y el activismo gay antisida, brindaron una enorme atención a la infección entre homosexuales. En comparación, las formas de relación sexual entre géneros diferentes, mucho más comunes, permanecieron relativamente al margen de todo escrutinio.
La vulnerabilidad de las mujeres frente al sida ha sido una preocupación para sólo una minoría de investigadores. Al denunciar la invisibilidad de las mujeres en el discurso dominante sobre sida y en el financiamiento de la investigación, también se señalaron las serias limitaciones de las estrategias de prevención basadas en el uso del condón: si todo mundo practica el sexo más seguro, se decía, no nacerán bebés: los condones previenen la concepción.
Con la "feminización" actual del sida, los investigadores se interesan cada vez más en las investigaciones sobre sexualidad femenina. Aquí, el concepto de "empoderamiento" se presenta como un punto de interés predominante. Ligado a décadas de teoría feminista sobre la naturaleza de las relaciones de género basadas en el poder, y bien establecido por su importancia ideológica en el movimiento internacional a favor de la salud femenina, este concepto comienza hoy a figurar en los discursos oficiales y en los programas de prevención.
La sexualidad en la teoría feminista
Los primeros análisis de la sexualidad desde una perspectiva feminista mostraban un rechazo del "doble patrón" sexual según el cual se esperaba de los hombres una actividad sexual desligada de cualquier preocupación por su contexto relacional, mientras las mujeres sexualmente tenían que ser pasivas, excepto en el aspecto reproductivo. En estos análisis, se señaló también la relación íntima entre las ideologías del "sexo para la reproducción" y la dominación masculina en las sociedades patriarcales. Coherente con el rechazo de la determinación biológica en las relaciones de género, la sexualidad se reconceptualizó en términos relacionales.
Más que verla como un fenómeno natural, biológico, individual, el énfasis se coloca en los aspectos aprendidos del comportamiento sexual, de la identidad, y de la sexualidad como "una interfase que como individuos tenemos con el mundo exterior y con otras gentes: una zona densa de interacciones..."1
En 1984, un Foro sobre Debates de Sexualidad Feminista reveló la diversidad que existía ya en este terreno. Esta perspectiva de lo que eran los principales temas de debate hasta entonces indicó que, en los sesenta, las feministas destacaron el derecho a la contracepción y al aborto como una condición necesaria para el placer sexual femenino; en los setenta, predominó el derecho a la sexualidad lésbica; y en los ochenta surgieron como algo medular las cuestiones de violencia sexual y pornografía. A pesar de la diversidad de enfoques y preocupaciones, al parecer ha habido acuerdo por lo menos en dos aspectos: que las diferencias de poder son intrínsecas a la sexualidad tal como se construye en estas estructuras culturales; y que como resultado de ello, el sexo (heterosexual) nunca ha sido "seguro" para las mujeres.
Por lo menos desde el punto de vista de las mujeres, en las relaciones heterosexuales las demandas de cambio se limitaban en gran medida a formulaciones del tipo "libertad para rechazar": embarazos no deseados, sexo no requerido, violencia, etcétera. La versión lésbica de "libertad sexual" representaba, por otro lado, una "libertad para rechazar" la propia sexualidad entre géneros. Correspondientemente, hoy hace falta una versión positiva de la sexualidad femenina y del "sujeto de deseo" femenino.
El consenso conceptual sobre la falta de poder femenino en la sexualidad se establecía firmemente mientras el sida comenzaba a predominar en la investigación sobre sexualidad en los años noventa.
La atención exclusiva a la vulnerabilidad y falta de poder, a la imagen de las mujeres como víctimas sexuales, y a los aspectos negativos o "escamoteados" de la sexualidad, en el contexto de una enfermedad que amenaza a la vida, ha provocado un énfasis en las soluciones individuales, de corto plazo, para la prevención. Aquí, la idea de una negociación sexual femenina sugiere la posibilidad de soluciones individuales y racionales en un área donde todavía dominan las preferencias masculinas. Aunque se ha señalado la naturaleza reductora de esta versión de empoderamiento, la prevención del sida ha instrumentado el empoderamiento como un poder para negociar el uso del condón.
Los programas de investigación y acción dirigidos al empoderamiento de las mujeres dentro de estos límites conceptuales demuestran las dificultades que tienen las mujeres para admitirse como sujetos sexualmente activos, dispuestas y preparadas para el sexo y, sobre todo para enfrentar, en el momento de la relación sexual, las dificultades que supone convencer a los hombres para que usen el condón. En el caso de las mujeres pobres y las mujeres de "países en desarrollo", se ha puntualizado que su falta de poder en las relaciones entre géneros se ve reforzada por su falta de opciones para sobrevivir materialmente fuera de dichas relaciones.
Valores sexuales femeninos y la lógica de la prevención del sida
La investigación internacional sobre sexualidad confirma patrones sólidos de diferencias entre mujeres y hombres en las relaciones entre géneros, en el nivel de las prácticas y los valores. En resultados de varios países, tanto "desarrollados" como "en desarrollo", aparece una diferencia capital: muchas más mujeres que hombres practican la monogamia, incluida la monogamia serial. Otra diferencia, en consonancia total con la práctica femenina de la monogamia, es la importancia para las mujeres del contexto relacional afectivo en los contactos sexuales, y su reiterada preferencia por relaciones sexuales basadas en la fidelidad mutua, la intimidad y la comunicación abierta.
La investigación sobre la heterosexualidad en el contexto del sida se ocupa a menudo de grupos con bajos ingresos en los países "en desarrollo". Cuando son mujeres de esos países las que revelan estos mismos valores sexuales, de inmediato se les clasifica como "tradicionales", o se habla simplemente de actitudes defensivas frente al uso de los condones. Esta atribución de significado por parte de los investigadores ha tenido varias consecuencias dignas de tomarse en cuenta.
Cuando la investigación en las ciencias sociales contrasta las imágenes "tradicionales" con imágenes "modernas" o "actuales", éstas últimas tienden a verse implícitamente como superiores, o al menos como más adecuadas para el tiempo presente. En el caso de los "valores tradicionales femeninos en la sexualidad", esta caracterización sugiere que estas preferencias sexuales son inferiores, o anticuadas, dejando incluso indefinido lo que supondría exactamente una versión "moderna/actual" de la sexualidad femenina. En la investigación sobre sida, la "sexualidad moderna" se ve reducida implícita o explícitamente a prácticas no reproductivas de "sexo más seguro" y, particularmente, al uso del condón.
Al mismo tiempo, la suposición de que esos valores sexuales que manifiestan las mujeres son una herencia del pasado facilita que investigadores sensibles al género puedan interpretarlos incluso (¿tal vez especialmente?) como residuos de las presiones patriarcales encarnadas en el doble estándar del patriarcado: virginidad hasta el matrimonio; pasividad sexual femenina; y actividad sexual sólo en relaciones reproductivas. Sin embargo, en las sociedades "desarrolladas y modernas", muchas mujeres "modernas", que practican el sexo fuera de las relaciones reproductivas desde una edad temprana, también manifiestan esas preferencias. Llamar "tradicionales" a estos valores sugiere una visión implícita de la sociedad y del cambio social en sí misma muy anticuada en términos de una investigación en ciencias sociales.
Una de las consecuencias de ignorar, descontar o devaluar estos valores expresados en la sexualidad intergenérica, es la de contribuir a su "invisibilidad" social, reforzando así la reproducción del status quo sexual. Cuando esta falta de reconocimiento de los valores femeninos se contextualiza concretamente en la investigación sobre sida y en los programas de prevención, las consecuencias sociales pueden ser más severas. Al deseo expreso de fidelidad, confianza e intimidad afectiva en la sexualidad, se le opone aquí directamente el significado simbólico del condón como método de prevención. Mientras el sexo desprotegido significa intimidad, los condones simbolizan parejas múltiples, falta de confianza, y falta de intimidad.
Un conflicto directo se crea así entre la supervivencia y la construcción del sujeto femenino de deseo: en la medida en que a las mujeres que defienden estos valores (no reconocidos) se les convence de que utilicen condones en sus relaciones sexuales, se les habrá derrotado como sujetos de sexualidad femenina y extrañado de sus propios deseos sexuales como actualmente los entienden. En estos términos, el empoderamiento representa una supresión de esos valores positivos en la sexualidad.
En una investigación sobre sida con atención al género, la discusión acerca de datos tomados de mujeres jóvenes en la Inglaterra actual, revela que dichas mujeres ven el sexo como algo que sólo se practica con la persona que se ama; para ellas el sexo es una forma de demostrar amor y confianza. Los autores señalan que el control de estas jóvenes sobre los riesgos de infecciones de transmisión sexual (ITS) "disminuye por la confusión que tienen entre sus ideas sobre la sexualidad y sus expectativas de romance, amor y atenciones..." Afirman luego que existe aquí "la ausencia de una clara identidad heterosexual femenina".2
En la investigación sobre sida, a las mujeres que desean la conjunción de sexo y afecto en sus relaciones de intimidad, no se les reconoce la expresión legítima de su deseo sexual como sujetos femeninos. He argumentado ya que esto se debe en parte al hecho de que este "vocabulario de valores" se opone directamente a la lógica de la prevención del sida tal como hoy se entiende.
Desde el punto de vista de la jerarquía de género, el reconocimiento de que las mujeres desean algo más es el primer paso hacia la transformación consciente de este orden heterosexual. En la medida en que se silencian los deseos femeninos, se reproduce el poder masculino. Más allá de esto, los investigadores señalan ahora de qué manera el énfasis en los condones refuerza no sólo un poder genérico desigual, sino también algunas concepciones dominantes, orientadas a lo masculino, acerca de la sexualidad de los hombres, y cómo éstas incluyen su acceso a parejas múltiples, la idea de la sexualidad masculina como rendimiento, y la ausencia de comunicación abierta incluso en sus relaciones actuales. Por otro lado, establecer esta comunicación abierta en sexualidad equivaldría a redefinir ambos géneros y sexualidades.
La limitación del empoderamiento al uso del condón sirve para preservar la jerarquía de género (las diferencias de poder) y para reforzar una visión sustantiva y dominante de las heterosexualidades, según la cual los deseos sexuales femeninos son inaudibles por ser inexistentes, en tanto la sexualidad masculina se basa en una separación del sexo y el afecto. Cuando la exigencia de empoderamiento en sexualidad se plantea de manera abstracta, ahistórica, el término de heterosexualidad se reduce a las relaciones de poder y de control, sin contribuir con ello a redefinir sustantivamente este tipo de relaciones.
Más allá del empoderamiento, los investigadores sobre sida que aceptan la necesidad de reconocimiento positivo de las opiniones que expresan los sujetos femeninos, abogan por una nueva fase de activismo feminista antisida, basada en el conocimiento que tienen las mujeres de su propia sexualidad y de sus propios deseos.
1 Bleier, R. 1984. Science and Gender: A Critique of Biology and its Theories on Women. Pergamon Press, New York.
2 Holland, J. 1990. Sex, gender and power: young women's sexuality in the shadow of AIDS. Social Health and Illness. 13.
Tomado parcialmente de Beyond
empowerment: heterosexualities and the prevention of AIDS, Social
Science & Medicine. Vol. 46, No. 2. 1998. Gran Bretaña.
Traducción: Carlos Bonfil.