
Un método perfecto para bloquear la transmisión del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) tendría que ser barato, fácil de usar, y no debería interferir en el desarrollo de la relación sexual ni requerir una larga discusión con tu pareja sobre las prácticas de riesgo.
Algunos de estos métodos de ensueño están siendo preparados en la actualidad: se trata de supositorios y geles que bloquean el VIH, son incoloros e inodoros y se llaman microbicidas. Si este nuevo campo de investigación recibe el apoyo que necesita, en cinco o diez años las mujeres y los gays podrán tener a la mano un tubo con una gelatina aplicable vaginal o rectalmente, momentos antes de la relación sexual, sin depender de la decisión de otros.
Actualmente, más de 60 microbicidas se elaboran en pequeños laboratorios de Estados Unidos y otros países cuyas investigaciones empiezan a dar resultados. Por su parte, los grupos feministas y de lucha contra el sida, como la Alianza para el Desarrollo de los Microbicidas y el Centro para la Salud y la Equidad de Género (CHANGE, por sus siglas en inglés) realizan campañas de cabildeo y presión para lograr mayores apoyos financieros por parte del gobierno y de las grandes industrias farmacéuticas en el desarrollo de estas sustancias.
¿Cómo actúan?
Los microbicidas emplean diversas estrategias contra el VIH presente en el semen, matándolo o bloqueándolo, inhibiendo su fusión con las células o reforzando la capacidad inmunológica de las mucosas vaginales. Muchas de estas sustancias también serán probadas para uso rectal. Mientras la mayoría de los microbicidas podrían funcionar como anticonceptivos, algunos podrían ser "amigables" hacia el esperma, lo cual permitiría a las mujeres protegerse de las infecciones sin perder la posibilidad de concebir (factor esencial para millones de mujeres que enfrentan la presión cultural de la maternidad).
La farmacéutica BioSyn, en colaboración con dos universidades norteamericanas, está en proceso de creación de un poderoso compuesto contra el VIH, el herpes y el virus del papiloma humano (VPH), causante del cáncer en el cuello del útero, mientras que otras investigadoras en la Universidad de Harvard y en la Universidad de Washington están tratando de producir una vacuna local que pudiera contener al virus en la vagina. La inmunidad de la mucosa al VIH aún es teórica, pero los investigadores han descubierto que algunas mujeres expuestas al VIH parecen contenerlo en sus vaginas, donde aparentemente su sistema inmunológico local contiene la infección impidiendo que se disemine. Este factor alienta la búsqueda de una vacuna en forma de aerosol que pudiera funcionar en la capa externa de las mucosas del recto y la vagina, encapsulando al VIH dentro de un pequeño reservorio del cual no pudiera salir.
Por desgracia, estos esfuerzos enfrentan múltiples obstáculos. La falta de financiamiento se suma a las trabas a la experimentación que enfrentan las nuevas tecnologías de prevención. Los productos más innovadores, que potencializan las defensas naturales de la vagina y bloquean o incapacitan al VIH aún están en las primeras fases de investigación, y aunque otros microbicidas de primera generación ya están en la última fase, sus resultados son contradictorios. El microbicida de uso más frecuente (Nonoxynol-9), que se presenta en forma de crema, gel, óvulos o adicionado a los condones masculinos o femeninos, ha mostrado en algunos estudios una eficiencia de 50 por ciento, pero otros muestran que puede causar irritaciones vaginales, haciendo a las mujeres más vulnerables a una infección.
Por otra parte, una sustancia que tuviera que aplicarse horas antes del acto sexual, tendría la desventaja de que sólo se usaría en las relaciones sexuales planeadas, y sabemos que, según muestran las encuestas mexicanas sobre uso de anticonceptivos, sobre todo en el caso de las adolescentes, la mayoría de las relaciones sexuales son espontaneas.
Otra dificultad es el diseño de protocolos de investigación éticamente aceptables, que evalúen la toxicidad de los productos y, en aquellos que pretendan no ser anticonceptivos, garanticen la seguridad para el producto de la fecundación. Por otra parte, es indispensable que los riesgos y los beneficios de la investigación tengan una distribución equitativa, es decir, que la sustancia desarrollada sea accesible económicamente para la población en que se probó. Esto es particularmente relevante para las mujeres africanas, pues desde el punto de vista del diseño científico, se requiere investigar en una población con alta incidencia de VIH atribuible a la transmisión sexual.
Ciertamente un microbicida no va a eliminar la necesidad de cambios sociales para resolver la inequidad de género, que pone a la mujer en desventaja ante la prevención del VIH/sida, sin embargo sería un recurso invaluable para preservar uno de los valores más caros a muchas mujeres: la intimidad sexual. Además, sería mucho más fácil obtener el consentimiento pasivo de los varones, que su cooperación activa requerida por los condones. Aunque los microbicidas pueden tener una eficacia menor que los condones, el hecho de que su uso sea menos problemático para muchas poblaciones puede compensar e incluso superar la efectividad del condón si son usados de manera más consistente.
Estos datos invitan a proponer a los grupos de mujeres (tanto a nivel nacional como internacional) abrir un frente común para presionar en pro de la producción e importación de estos productos.
Agradecemos la información
proporcionada por las doctoras Blanca Rico, de la Fundación MacArthur,
y Laura Pedrosa, del Conasida. Otras fuentes: POZ Magazine http://www.thebody.com/poz/inside/03_00/jelly.html
y del Gender-AIDS forum.
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