LETRA S
Junio 1 de 2000
Editorial

En vísperas de una contienda electoral particularmente reñida, las propuestas de la mayoría de los candidatos muestran un rezago importante frente a diversos reclamos y aspiraciones de la sociedad civil. A medida que se perfila con mayor nitidez la posibilidad de una verdadera alternancia política, algunas voces ciudadanas manifiestan su inquietud respecto a las incertidumbres del cambio. La degradación del propio lenguaje electoral, con su multiplicación de descalificaciones y adjetivos injuriosos, contribuye a crear un clima de intranquilidad social. El laicismo se ve un día abiertamente amenazado por el mismo candidato que pocos días después presentará su defensa en un debate; el partido en el poder habla de una renovación en sus filas sólo para anunciar días después la participación en su campaña de políticos de su vieja guardia; y al tiempo que el candidato más conservador improvisa un vocabulario de cambio, en Ciudad Juárez el gobierno que representa a su partido decreta un toque de queda que afecta a la población juvenil y viola las garantías constitucionales. ¿Qué alternancia se ofrece verdaderamente, cuáles son las posibilidades reales de cambio?

Ante esta situación es preciso reconocer la vitalidad y vigor combativo de numerosos grupos ciudadanos, cuyo lenguaje renovador rebasa holgadamente los alcances que los candidatos se fijan a corto y largo plazo. Un concepto clave de este lenguaje es la diversidad; otro, la tolerancia; uno más, el laicismo. Paralelo al discurso político tradicional, se afirma y crece en la sociedad civil una cultura de la tolerancia que contempla ya el respeto a la diversidad, étnica, religiosa y sexual, que sabe identificar las amenazas que se ciernen en su contra, y responder a ellas oportunamente.