Los que provenimos de las primeras generaciones del VIH, que hemos presenciado diversas estructuras y reestructuras en la respuesta gubernamental al sida en México, podemos dar cuenta pormenorizada del silencio, de la desidia, del fracaso del Ejecutivo para pagar los saldos humanos de la pandemia. Por eso para muchas personas afectadas por el sida, la reciente campaña presidencial de pronto parecía una suerte de sepultura para la esperanza.
Para el día de hoy los ciudadanos ya sabemos por dónde se fue la voluntad del voto popular. A excepción de Cárdenas y Rincón Gallardo, ningún candidato ofreció siquiera planes de atención integral a los enfermos, a la prevención y contra la galopante discriminación. Ya ni llorar es bueno, el país se la ha jugado en un democrático águila o sol.
La duda persistirá durante mucho tiempo: ¿A qué horas sacará el Gran Señor a relucir el cobre? ¿Le hará mucho caso al senecto polaco de Roma? ¿Asistiremos al festín de buitres o al regreso a las tinieblas? Mantengo la débil esperanza que ni lo uno ni lo otro. Aunque bien podrían ser ambos si bajamos la guardia. El mayor riesgo presente, según Gilles Lipovetsky, es que nuestra democracia no cuide sus contrapesos. Que nos contentemos con las migajas del mundo global, que nos encajonemos en una democracia no liberal.
Por eso mi voto no fue ni para el PRI ni mucho menos para el PAN. Hice caso omiso del canto de las sirenas del voto útil. Fox y su violencia homofóbica verbalizada durante los días de campaña confirmaron con toda claridad por dónde se destartala la derecha mexicana, por dónde el fundamentalismo se afana en cavar su propia tumba histórica.
Viviendo en Monterrey, donde no hay más que mucho calor o mucho PAN, el observar los desplantes machines de Fox y su desparpajo montaraz no me asombraron demasiado. Lo que sí me pasmó, y mucho, fue leer a ilustres y liberales intelectuales mexicanos apuntalando lo indefendible; mostrando un fanatismo que rayó en la perversidad, y que la historia se encargará de juzgar. Que candorosamente sostuvieron que asuntos mayores como el aborto, valían menos que un cacahuate con tal de sacar al PRI de Los Pinos. Su tirada de toma y daca me sonó aberrante: "no le hace que se mueran miles de viejas de carne y hueso, con agujas de tejer clavadas en el útero; nuestra abstracción de la alternancia política vale más que todas ellas".
Contrastando con ese deshumanizado pragmatismo de quienes se decían asesores de Fox, aferrados ciegamente a sus botas, vi con gusto cómo ciudadanos que viven con el VIH, o que pertenecen a las más distintas corrientes de la pluralidad sexoerótica, se lanzaron al ruedo por escaños y niveles de influencia legal.
La marcha de la diversidad sexual en las calles de la Capital, fue otro punto a favor de la ilusión.
Mantenerse críticos, combativos, desde las filas de la organización no gubernamental es también ser parte imprescindible de la solución a problemas más políticos que clínicos, como el sida. Hay que pedir más y organizarnos mejor. Hay que exigirle al nuevo poder legislativo avances sustantivos en materia de atención, de presupuesto, de investigación. Hay que acotar al Presidente en turno, como se llame o se apellide, para que si no ayuda, tampoco estorbe.
Quizá por eso no me preocupa demasiado a quien se le haya prestado el llavero de Palacio Nacional. La esperanza sobrevive intacta en un país con una soberana terquedad por inventarse salidas civilizadas y democráticas a sus ancestrales injusticias. La esperanza, dice el cursi, es lo que muere al último. La esperanza, digo yo, es lo que hizo valioso mi voto inútil.