LETRA S
Julio 6 de 2000
La intervención temprana en el VIH, una necesidad impostergable
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DR. RAFAEL H. PAGAN SANTINI

 

La era de los más avanzados y complejos tratamientos para combatir el sida (de las terapias antirretrovirales combinadas y de los inhibidores de proteasa), nos ha hecho perder la perspectiva del desarrollo natural de la infección provocada por el virus de inmunodeficiencia humana (VIH). En los primeros años de la epidemia, la estrategia de investigación fue descubrir lo que ocasionaba el estado de inmunodeficiencia del organismo y cómo se podían tratar las enfermedades oportunistas que se desarrollaban a partir de esta nueva condición de salud. Una vez descubierto el VIH, la estrategia fue la de conocer cómo actuaba el virus sobre el sistema inmunológico y cuál era su ciclo vital.

La identificación del VIH y de su estructura molecular permitió desarrollar las pruebas serológicas necesarias para detectar los anticuerpos desarrollados por el organismo contra las partículas virales. Las pruebas de laboratorio ELISA y Western Blot se volvieron un instrumento fundamental para el diagnóstico del VIH. Permitieron a los epidemiólogos identificar a los grupos de la población más expuestos a la infección y las rutas de expansión de la epidemia. Asimismo, permitieron desarrollar medidas preventivas para impedir que la sangre infectada con el VIH fuera transfundida. Algo fundamental fue descubrir que el VIH infectaba principalmente a las células llamadas linfocitos T4 (CD4) y cómo estas células disminuían en la medida que la enfermedad progresaba. De acuerdo con el desarrollo de la infección, se establecieron tres grupos de personas infectadas: aquellas con un número mayor de 500 células por mm3, sin sintomatología alguna; aquellas con un número entre 500 y 200 células por mm3 y que además manifestaban lo que se conocía como complejo relacionado al sida; y por último se definió al tercer grupo como las personas que habían desarrollado sida, con un conteo de células T4 menor de 200 por mm3.

La información científica producida en la década de los ochenta permitió comprender el carácter crónico y mortal de esta enfermedad, que el periodo de desarrollo y muerte podría durar más de diez años y que mientras más temprano se identificara a la persona infectada mayor sería la cantidad y calidad de vida alcanzada. En esos años, cuando aún no existían medicamentos antirretrovirales, el apoyo médico, psicológico y social de familiares, amigos y personas significativas fue crucial para la sobrevivencia de muchas personas que se infectaron en esa época y que hoy todavía viven.

Algo innovador en la cultura científica fue la participación de los grupos comunitarios en los procesos de investigación médica y social, que rompió con las estructuras rígidas de las universidades y de los centros especializados de investigación en los hospitales. El conocimiento sobre el sida fluyó mucho más rápido entre la comunidad afectada, lo que permitió tomar acciones inmediatas para garantizar la vida de las personas infectadas.

Un ejemplo de lo anterior fue la investigación realizada para prevenir la infección pulmonar por Pneumocystis carinii. Esta neumonía se presenta en casi 90 por ciento de las personas infectadas con un conteo menor de 200 células T4 por mm3. Cientos de personas VIH positivas morían diariamente por esta enfermedad o tenían que ser hospitalizados para recibir tratamiento intravenoso por 21 días. El costo por hospitalización era altísimo y las salas de urgencias de los hospitales públicos se abarrotaban con personas afectadas por ese padecimiento.

Los descubrimientos científicos y las acciones comunitarias permitieron establecer una estrategia efectiva para la prevención de esta enfermedad. Primero, se reconoció la importancia de la detección temprana de la infección por VIH y de la importancia de llevar a cabo estudios de laboratorio rutinarios para establecer el número de células T4 e iniciar así un tratamiento preventivo. Segundo, se descubrió que una simple tableta de trimetropin/sulfametoxazol cada tercer día prevenía el desarrollo de la neumonía, y que para aquellas personas alérgicas a este medicamento existían segundas opciones como el dapsone y la pentamidina en aerosol.

La intervención temprana y preventiva redujo las hospitalizaciones de manera significativa. El costo por tratamiento disminuyó de casi 21 mil dólares por concepto de hospitalización y tratamiento a 1 dólar semanal por medicamento más la consulta médica rutinaria. El beneficio social fue enorme, ya que permitió a la comunidad afectada tomar las medidas necesarias para poder mitigar los efectos de la epidemia. El beneficio psicológico en las personas infectadas no fue menor, ya que permitió vislumbrar las primeras luces en un largo túnel hacia la muerte.

Los principios básicos de la salud pública fueron retomados: detección temprana, diagnóstico oportuno y tratamiento efectivo. El sida dejaba de ser una enfermedad de cuidados hospitalarios para convertirse en una de cuidado ambulatorio. La persona infectada participaba directamente con su médico en la toma de decisiones, ya que la meta no era tan sólo la curativa sino la preventiva. Muchos médicos generales y familiares se incorporaron a la atención primaria de las personas infectadas, puesto que no se requiere del conocimiento especializado del infectólogo a este nivel de atención.

 

Mejorar el pronóstico de vida

¿En qué consiste un programa de detección temprana del VIH? Antes que nada, en la creación de un centro de cuidado médico primario con un equipo de profesionales de la salud debidamente capacitados y sensibilizados, el cual podría estar constituido por un médico, un enfermero/a, un trabajador/a social, un psicólogo/a, donde se ofrezca y promueva la prueba de anticuerpos contra el VIH (ELISA y Western Blot) de manera gratuita, acompañada del apoyo psicológico adecuado antes y después de la prueba, donde además se tenga acceso a la prueba de perfil inmunológico. Segundo, la prueba de anticuerpos deberá ser promocionada y ofrecida de manera confidencial y voluntaria, explicando los beneficios de poder ser tratado a tiempo cuando se está infectado con el VIH. Tercero, el centro deberá ser parte del sistema de salud para poder referir a los pacientes que requieran de especialistas (dermatólogos, cardiólogos, neurólogos, dentistas e infectólogos entre otros), así como estar relacionado con las clínicas que ofrecen cuidado médico materno-infantil para garantizar los servicios ginecológicos y pediátricos en caso de detectar mujeres en edad reproductiva infectadas con el VIH. Cuarto, estos centros deberán establecer relaciones de colaboración con las organizaciones no gubernamentales a fin de garantizar apoyo psico-social más efectivo. Quinto, esta unidad de cuidado primario deberá tener los medicamentos mínimos requeridos para prevenir y tratar enfermedades oportunistas como la neumonía por Pneumocystis carinii, la toxoplasmosis, la tuberculosis y el Micobacterium avium.

La meta de un programa como ese es identificar el mayor número posible de personas infectadas por el VIH en el estadío temprano de la condición y ofrecer un servicio de cuidado médico primario integral que garantice la continuidad de los servicios y que permita a la persona infectada tener una mayor cantidad y calidad de vida, manteniendo los costos por servicio a un nivel económicamente accesible.

Las enfermedades identificadas en una sala de urgencias médicas y tratadas a nivel hospitalario son mucho más costosas que aquellas tratadas a nivel ambulatorio. La atención médica a enfermedades crónicas degenerativas como el cáncer y la diabetes nos ha enseñado mucho sobre la importancia de la detección temprana. El pronóstico de vida de una persona con cáncer dependerá en gran medida de cuán temprano se detecte su condición. En el caso de una persona diabética, dependerá también de la educación en salud que su médico le haya proporcionado, sobre todo en dieta y ejercicios. Son padecimientos de larga duración donde el binomio médico-paciente juega un papel fundamental. Lo mismo ocurre con el sida: educación y atención médica van de la mano, prevención y curación no pueden separarse, y de contarse con los recursos económicos, la meta a alcanzar será la rehabilitación del sistema inmunológico.

Es mucho lo que podemos hacer por una persona infectada con el VIH antes de pensar en la terapia antirretroviral combinada. No porque no se cuente con los recursos económicos para sufragar los gastos de un tratamiento antirretroviral debemos cerrar los ojos y decir que no hay nada que hacer. Los argumentos contra la intervención temprana no son válidos cuando se cuenta con una mínima infraestructura para ofrecer diagnósticos oportunos y tratamientos efectivos contra las enfermedades oportunistas. La necesidad de atender de manera temprana y oportuna a las personas con infección del VIH es impostergable; no es una necesidad epidemiológica, es una exigencia de salud pública

 

Director del Centro Universitario de Investigación Sobre el Sida. Universidad Autónoma de Puebla.