La práctica de la medicina se ha venido transformando significativamente en las últimas décadas. Entre las razones, muy diversas, destacan: el desarrollo de instituciones donde la función médica parece sólo un trámite más y donde el médico se asume como expendedor de recetas; la sofisticación y encarecimiento de los servicios médicos, que en la práctica obligan a dar atención prioritaria a los aspectos económicos; la creciente participación en actividades académicas y de investigación de la industria farmacéutica, que en el mejor de los casos conduce a resultados sesgados; la cada vez más frecuente participación de los pacientes, quienes cuestionan, sugieren, negocian o incluso rechazan las propuestas de su médico tratante; la floreciente desconfianza de pacientes hacia los médicos, que culmina en demandas penales o civiles; y el vertiginoso desarrollo de conocimientos y tecnologías que lleva a suponer que hoy todo, o casi todo, podría ser tratado exitosamente, y cuando esto no es así, se concluye que el médico falló. En consecuencia, las relaciones entre médicos y pacientes han dejado de tener, en general, la cercanía y la confianza que las caracterizó durante siglos. Esta situación además se concibe como normal, es la forma en la que el mundo gira y debemos asumirla tal cual.
Desde luego, todo lo anterior es generalizar sobre algunas tendencias que si bien son evidentes, aún no son universales. Todos seguimos dando consultas con tiempo para enterarnos de la vida de nuestros pacientes, mas allá de sus síntomas. Todos nos asomamos aún a sus mucosas, escuchamos los murmullos viscerales, tocamos los pliegues, los pulsos, los órganos de sus cuerpos. Todos discutimos riesgos y beneficios con cada paciente para proponer intervenciones y tratamientos individualizados. Pero debemos estar ciertos que pronto todas estas prácticas serán anacrónicas y en consecuencia se concebirán como inútiles.
Hoy,
son claras dos fuertes corrientes que nos llevan hacia destinos desconocidos.
Por un lado, la idea impuesta de que la salud ha dejado de ser una necesidad
elemental para convertirse en un bien de consumo. Esto llevará a
los médicos a convertirse en empleados de una línea de producción
que, con rígidos esquemas, dará respuesta a las quejas de
los clientes-pacientes de la manera más barata posible. La enfermedad
es ya un terreno para obtener las mayores ganancias posibles. La otra corriente
es el desarrollo de la informática, que con ojos vidriosos y labios
secos, vemos crecer e introducirse en nuestra vida. Actualmente se ofrecen
a los médicos servicios (computadora incluida) con programas que
facilitan la realización de la historia clínica, la organización
de la información, servicios de consulta bibliográfica y
la elaboración de prescripciones, en formas que sugieren ya las
opciones terapéuticas de acuerdo a los diagnósticos establecidos.
Estos servicios se venden a los médicos a precios accesibles, porque
incluyen publicidad de casas comerciales y además los medicamentos
recomendados aparecen situados de acuerdo a la participación económica
de la compañía fabricante. La información clínica
contenida inicialmente en discos duros y luego en servidores centrales,
es decir, las historias de los pacientes y sus datos, queda fuera del control
del médico, obligándolo a no suspender esta relación
y arriesgando la confidencialidad de sus pacientes.
En un futuro cercano, en unas cuantas décadas, los pacientes responderán cuestionarios médicos en su ordenador, describirán signos y síntomas en el teclado, pasarán el mouse por el área inflamada o adolorida, y en pocos minutos recibirán el diagnóstico elaborado por el programa, y enseguida, la prescripción de acuerdo a las recomendaciones establecidas por la compañía de servicios de salud asignada en su trabajo, y que seguramente será parte de un gigantesco consorcio médico-farmacéutico. No es difícil imaginar que las futuras megafusiones se darán entre compañías aseguradoras, farmacéuticas y de servicios de salud.
En este contexto se percibe claramente la necesidad de enriquecer el conocimiento médico en bioética, área pobremente considerada en los cursos de pregrado y posgrado, y que ciertamente nos permitiría contender mejor ante tan compleja situación. Mientras tanto, los médicos seguiremos deslumbrados por los desarrollos tecnológicos y terapéuticos que nunca serán accesibles para la inmensa mayoría del planeta, viajaremos embelesados al ciberespacio a cuenta del más novedoso antibiótico, y alegres asistiremos a cenas y convivios cargados de bolígrafos, lamparillas y otras chucherías en la presentación de algún nuevo fármaco.
Atender al enfermo y efectuar un diagnóstico, discutir las opciones de tratamiento y recomendar nuestra mejor alternativa, delinear modelos y caminos para cambiar el estilo de vida de nuestros pacientes, aconsejar, criticar, recomendar, escuchar, alentar, consolar y bromear. Todo esto forma parte de la atención médica. Todo esto se está perdiendo paulatinamente y quienes perdemos somos pacientes y médicos, o sea todos. El Estado, que presume de logros en salud como su mejor bandera social, ha decidido desentenderse de esta actividad, mientras una industria voraz, ciertamente bien organizada y apoyada tecnológicamente, exprimirá a enfermos y médicos para su beneficio particular. Todo lo anterior a pesar del fracaso de este modelo en los Estados Unidos, de la catástrofe ocurrida en diversos países de Latinoamérica y de la oposición de las más importantes asociaciones médicas de México. Sin embargo, ultimatum non est..
Jefe de la División de Epidemiología Hospitalaria del Instituto Nacional de la Nutrición "Salvador Zubirán".