DOMINGO 9 DE JULIO DE 2000



Las transformaciones que no vendrán

 

La
euforia foxista
y el cambio real

 

Carlos FAZIO

 

  El bloque en el poder, sostiene el autor, no puede evitar las consecuencias sociales de la política neoliberal, de un modelo que engendra millones de excluidos. Y ese modelo permanecerá con la alternancia. Si durante la coyuntura electoral desaparecieron los movimientos sociales, "cuando termine la borrachera foxista, con su carga neoliberal, aflorarán nuevamente la cruda realidad y los malditos hechos... Y seguirá la lucha por el cambio social; por el desmantelamiento de las injustas estructuras"

 

Portada acoplada Un ex ejecutivo de Coca-Cola presidirá a México por seis años; Wall Street y las multinacionales están de plácemes. En la fiesta de la victoria en el Angel de la Independencia, Vicente Fox dijo que "México entra al siglo XXI con el pie derecho". No queda ninguna duda. Una fracción de la oligarquía neoliberal de cuño latinoamericano desplazó del poder a los grupos financieros representados en el Congreso y en la burocracia estatal por la vieja "clase política" del partido de Estado, el PRI, y se apresta a completar el programa de las reformas salinistas con el aval de Washington.

La caída del PRI es un cambio histórico. Pero México deja atrás el régimen de la "dictadura perfecta" y se introduce en la incertidumbre. Fox, un empresario conservador que se hizo político a caballo de la mercadotecnia, prometió la alternancia y una transición pactada a la democracia. Sin embargo, su proyecto significa una alternancia sin alternativa. Una alternancia por la derecha. "Su" cambio no modificará la estructura del poder real; éste nunca estuvo en juego en los comicios. Su gobierno consolidará las políticas económicas de ajuste estructural que arrancaron en 1982 con Miguel de la Madrid. Como señaló Adolfo Gilly, Fox tendrá la misión de completar la segunda generación de reformas después de la desregulación financiera y comercial y las grandes privatizaciones.

Seguirán la transformación de la educación pública y gratuita en una mercancía (plan Barnés), el desmantelamiento final de la protección social y la eliminación de los derechos y garantías de los trabajadores. Por lo que no habrá ningún cambio, simple continuismo.

A diferencia del campo social ųdonde se acentuará el proceso de globalización dependienteų, en lo político es previsible que se produzcan algunos cambios. La avasallante "ola azul" foxista fue un "voto de castigo" contra el viejo sistema político patriarcal, corporativo y clientelar. Fox prometió acabar con la corrupción y la impunidad, los dos pilares del antiguo régimen. En un país machista, logró "venderse" como el hombre que tenía los pantalones bien puestos para terminar con esas lacras del sistema. Las mayorías le creyeron, aunque él y su familia estén inmersos en el "fraude del siglo" (el rescate de empresarios y banqueros del Fobaproa) y en su ascenso al poder se haya beneficiado con los arreglos políticos por debajo de la mesa con los dos últimos gobiernos salinistas.

El "voto del hartazgo" contra el PRI, que por su magnitud sorprendió a propios y extraños, significó una derrota disgregadora para el partido y la forma de Estado que hegemonizaron durante siete décadas la política nacional. Los síntomas de una grave crisis de identidad afloraron al día siguiente de la derrota. Se renovó la pugna entre "dinosaurios" y "tecnócratas" y se habla de una eventual división en el seno del PRI. La lucha por el control del partido y su aparato se ha exacerbado y podría terminar mal. Las facciones andan sueltas y, al parecer, el Presidente de la República ya no las puede controlar; dejó de ser el "jefe máximo". Como dijo Manuel Bartlett, Ernesto Zedillo "derechizó al PRI; desdibujó su ideología. Por eso, el Presidente (...) ya no manda".

En realidad, lo que está en juego con la recomposición del PRI y sus facciones es cómo participarán de la transición. La rebelión en el PRI puede desatar un canibalismo de nuevo tipo que fragmente al partido y a la burocracia priísta y, de rebote, genere cierta ingobernabilidad. El voto del 2 de julio revela que la política antropófoga del sistema se extendió a la mayoría de la sociedad, y ésta le pasó la factura al gobierno y al PRI.

Fue un voto contra la "ley de Herodes" del poder. Es previsible, ahora, que asistamos a una guerra intestina entre las familias, clanes, mafias y cacicazgos que, en su repliegue, buscarán encontrar las formas de un reciclamiento en el nuevo régimen. Pero que también pueden sumir a México en el caos y la violencia.

Por ahora no es posible identificar la forma que adquirirá el nuevo Estado que nacerá a partir del 1o. de diciembre. En México, el sufragio opera como un mito motor de la gente. Pero la llegada al poder de los "modernos conservadores" (la variable vernácula del modelo Mangabeira-De la Rúa) va más allá de la mercadotecnia y las alianzas coyunturales. Fiel al signo de los tiempos, un sector significativo de la sociedad mexicana se desplazó hacia el conservadurismo y la derecha política y optó por un cambio gradual. La mayoría de los 15 millones que votaron por el ganador (27% de los empadronados, ya que hubo un abstencionismo de 21 millones de ciudadanos), no se sintieron amenazados por un cambio a la Fox. Los 12 millones que lo hicieron por Francisco Labastida son expresión, también, con matices, de ese conservadurismo.

El "šYa!" dominante en los slogans de campaña de Fox ųsímil del "šYa basta!" zapatistaų, utilizado como sinónimo de acabar con el PRI, prendió en la gente, pero expresa un nivel de politización muy bajo, elemental. Es verdad que la población estaba harta de las tropelías del PRI y sus gobiernos, del autoritarismo, de la gran corrupción, de la impunidad de funcionarios y políticos, de las penurias económicas y que emitió un "voto útil", "pragmático", a favor del hombre providencial que proponía terminar con todo eso. Ganó el más demagogo. La gente no reparó en las mentiras de Fox, en la ausencia de contenido de sus propuestas. Millones de mexicanos querían sacar al PRI de Los Pinos y ese sentimiento lo captó muy bien el equipo de asesores de Fox. A partir de ese dato clave, sus estrategas manufacturaron un buen envase y la gente lo compró. Su heterogéneo electorado está ahora alegre; vive la borrachera del triunfo. Pero como dice Gilly, "ya se sentará Fox en la silla presidencial y a los ingenuos les hará saber quién manda". Entonces vendrá la cruda, el desencanto y el tiempo de los arrepentidos; un futuro que no está tan lejano.

Según los más optimistas, el cambio ofrecido por Fox es, en el mejor de los casos, incierto. Es muy fácil hablar de cambios en la campaña; otra cosa es poner en acción un proceso de cambio que implique el desmantelamiento de un partido de Estado, de su edificio corporativo y sus lazos clientelares. Como recuerda Immanuel Wallerstein, en países como India, Japón, Italia y Argelia, la derecha buscó derrocar a los viejos partidos en el poder bajo el argumento de la alternancia, pero una vez logrado ese objetivo nunca llegó la democratización. Fox logró el anhelo de millones de mexicanos de sacar al PRI de Los Pinos, y tal vez ahora comience el tránsito a la democracia. Pero ésta no es un puerto seguro.

La pregunta clave es si el poder real, el que habrá de controlar la transición, quienes tienen en sus manos la reconversión del sistema, querrán democratizarse y democratizar su poder. Las grandes familias (los Hank, los Salinas, los Slim y los otros conglomerados mencionados por la revista Forbes), pero también los poderes fácticos. El Ejército y la Iglesia católica son dos nuevos actores que emergen con peso en la coyuntura. A su vez, el "partido" de Fox, el PAN, viejo aliado de la jerarquía católica conservadora, es un partido neoliberal estándar. En él también cohabitan familias, clanes; muchos están en la lista del Fobaproa.

Otras viejas familias no panistas están representadas en "los amigos de Fox" y en las asesorías de campaña. Algunos aspiran a ministerios o a ser el cerebro gris detrás del trono; pero otros, los de más prosapia, querrán sentarse a la mesa y compartir un pedazo del pastel.

Para las mayorías que votaron por "el cambio", la cosa será más difícil. Con Fox se profundizarán las políticas que hicieron posible el actual estado de cosas. La situación puede ser peor. Habrá menos para los sindicatos y avanzará más y más rápido la integración dependiente de Estados Unidos. A la corta o a la larga, Fox terminará vendiendo Luz y Fuerza del Centro, la Comisión Federal de Electricidad y Pemex. Consumará el remate de México.

Las diferencias entre el PRI de Labastida y el PAN de Fox son de matices. Ambos partidos han cogobernado México durante los últimos 12 años. El PAN ha sido socio y cómplice del PRI y del gobierno en la aplicación de las políticas económicas con alto costo social. Ambos han "rescatado" a los banqueros y empresarios que llevaron al país a la quiebra con las aventuras del sexenio salinista. Son la expresión de una suerte de bipartidismo como el que temprano en los 50 identificó C. Wright Mills en Estados Unidos: un solo partido empresarial con dos facciones. Dos caballos con un jinete.

Lo nuevo es que ahora las fracciones gobernantes, los verdaderos amos de México, tienen con Fox y con el PAN la coartada perfecta. El PRI era hace ya tiempo impresentable. El botín se lo repartía la neooligarquía, pero se redistribuía con mafias y grupos cleptocráticos. Se estaba transitando hacia un gobierno de bandidos, de tipo delincuencial, y eso ocurría a la vista de todos. Era explícito. Para el sistema era necesario un cambio de forma. Un recambio en la superestructura que no afectara al poder real.

Fox y Labastida fueron los dos caballos de un mismo jinete: la neooligarquía mexicana asociada de manera subordinada al capital trasnacional. En ese contexto, las elecciones del 2000 tenían que ser "justas" y "transparentes". Debían dar "legalidad" y "legitimidad" al gobierno del gran capital financiero. Como dice Noam Chomsky, los comicios "limpios" ocultan "una dictadura empresarial". Quienes sufragaron por Fox pensando en la alternancia con alternativa, en realidad emitieron un voto por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. No habrá cambio o será mínimo. Por eso, la alternancia a la Fox significa más de lo mismo. Es más una ilusión que un cambio democrático real. Significa un remozamiento del sistema. Un mero cambio de piel.

Fox es un vendedor de ilusiones. Con su discurso de padre bonachón y alburero logró penetrar en la cabeza de la gente. A m *festejo-fox-slp-1-jpg uchos los terminó convenciendo de que en verdad era el hombre del cambio. Un mesías que venía a terminar con la plaga priísta y todos sus males. Pero un hecho es incontrastable: hoy Fox tiene el respaldo de 15 millones de votos. La ilusión del cambio fue en detrimento de la oportunidad de un cambio más radical; no del cambio real, ya que ningún partido se propuso modificar al poder real.

El panorama es incierto. Habrá que ver si en verdad Fox desmonta al viejo Estado priísta o si se decide a gobernar con él. Habrá que ver si Fox abdica del nocivo presidencialismo o si una vez en Los Pinos da rienda suelta a sus tendencias fundamentalistas. Las elecciones no cambiaron la esencia autoritaria del régimen. Fox tiene de su lado una Constitución que le permitirá gobernar por decreto, como hizo en Guanajuato. Pero tiene frente a sí a un México agraviado y dividido. A una sociedad enconada, enardecida, polarizada. Existe una balcanización entre muchos Méxicos donde sobreviven 68 millones de miserables. Es difícil saber adónde va el país. Pueden aflorar radicalismos de izquierda y de derecha.

Existe el riesgo de la tentación autoritaria. Un Fox débil, acosado por un PRI en descomposición y por las mafias que manejan la economía criminal, puede llevar a mediano plazo a una salida a lo Bordaberry. A un nuevo fujimorazo. No es el escenario más previsible en el corto plazo. Pero México está al borde de una crisis grave; incluida una crisis de pago de la deuda externa. El imperio lo sabe y por eso lo cuida. Ya se habla de un nuevo "blindaje" internacional para México.

En la nueva etapa, la estrategia de los "globalistas" ųentre ellos los modernos conservadores foxistas, con sus huestes de tecnócratas confesionales católicosų, será una estrategia ofensiva. Para las mayorías pobres de México, la etapa seguirá teniendo un carácter defensivo. La lucha por el cambio real es un largo proceso de acumulación de fuerzas, interrumpido por periodos de retroceso, desacumulación y reflujo. El corrimiento al centro y a la derecha de muchos intelectuales de izquierda significa un obstáculo para los intereses de las mayorías. Pero lo que no puede evitar el bloque en el poder son las consecuencias sociales de la política neoliberal. El modelo engendra millones de excluidos. En la coyuntura electoral los partidos fueron los actores. Desaparecieron los movimientos sociales, los sindicatos. Pero cuando termine la borrachera foxista, con su carga neoliberal, aflorarán nuevamente la cruda realidad y los malditos hechos. El fin de la ilusión permitirá identificar bien al enemigo. Y seguirá la lucha por el cambio social; por el desmantelamiento de las injustas estructuras.*