LETRA S
Agosto 3 de 2000
El silencio ensordecedor del sida
En este discurso pronunciado durante la XIII Conferencia Internacional de Sida, en Durban, Sudáfrica, un juez de la Suprema Corte ofrece un panorama muy crítico, al que se añade una emotiva evocación personal, de los efectos que han tenido la indiferencia y la falta de voluntad política de gobiernos y transnacionales farmacéuticas, sobre la salud y sobrevida de las personas que viven con VIH/sida en los países en desarrollo.

 

EDWIN CAMERON

 

En su aspecto demográfico, el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) ha dejado de ser la epidemia que afectaba principalmente a hombres blancos gay de Norteamérica y Europa occidental, para convertirse en un flagelo que hoy azota a las poblaciones heterosexuales de Africa y del mundo en desarrollo. Es difícil soslayar dos hechos cruciales: nueve de cada diez personas con VIH/sida viven en los países pobres, y dos terceras partes de ese número en Africa subsahariana.

Pero a esta demografía del sida la afecta hoy un cambio todavía más trascendental y, por su naturaleza, más optimista. Por ya más de media década, varios medicamentos (unos viejos, otros nuevos) han mostrado, al tomarse en combinación, una capacidad de suprimir la replicación del virus en el organismo. El resultado ha sido excitante, ha cambiado vidas, y es casi revolucionario. Para la mayoría de quienes tienen acceso a estas nuevas combinaciones, la deficiencia inmunológica no sólo se ha frenado, también se ha revertido.

En casi toda Europa, en Australasia y Norteamérica, ha disminuido considerablemente la tasa de enfermedad y mortandad. Han vuelto a la vida cientos de miles de personas que hace unos años enfrentaban una muerte inminente y dolorosa. Han disminuido en número y gravedad las enfermedades oportunistas, como también el sufrimiento, el dolor y el duelo provocados por el sida.

Esta revolución médica ha traído consigo consecuencias sociales benéficas. La significación social de las nuevas terapias señala que la ecuación sida/muerte puede hoy compararse con otras condiciones crónicas, las cuales suelen, bajo tratamientos y atención adecuados, responder exitosamente a un seguimiento médico. El resultado con la mayoría de la población ha sido que también han disminuido el miedo, el prejuicio y el estigma asociados con el sida. Las personas que viven con VIH/sida también han padecido menos en carne propia, en su trabajo y en su entorno social.

En pocas palabras, la nueva combinación de terapias no es en sí un milagro, pero en sus efectos fisiológicos y sociales se aproxima mucho a algo milagroso.

Pero este casi milagro no ha llegado a la mayoría de personas que con mayor desesperación lo necesitan. Para los africanos y para quienes viven con VIH/sida en otros países de muy bajos recursos, este casi milagro se encuentra fuera de su alcance. Para ellos, las implicaciones de la epidemia siguen siendo temibles. En sus vidas, el horizonte de debilitamiento y muerte, y los efectos de la discriminación y del prejuicio social, se vislumbran tan perniciosos como lo fueron para los hombres gay en Norteamérica y Europa occidental. Esto no es para nada resultado del costo prohibitivo en la producción de los medicamentos. Experiencias recientes en India, Tailandia y Brasil muestran que la mayoría de los medicamentos más importantes se pueden producir a precios que de modo muy realista los colocan al alcance del mundo en desarrollo. La razón por la que estas terapias están fuera del alcance de este mundo es doble. Primeramente, las estructuras para fijar los precios impuestas por los fabricantes hacen que los medicamentos sean inabordables. Y después, el hecho de que las patentes internacionales y el régimen comercial actual procuran asfixiar cualquier intento significativo por producir y comercializar los medicamentos a niveles más accesibles.

Con característica intuición, Jonathan Mann detectó en su discurso de la XI Conferencia Internacional en Vancouver, en 1996, la importancia del tema de la terapia. Señaló entonces que de todas las murallas que dividían a la gente en la epidemia del sida, la brecha entre ricos y pobres era "la más incisiva y perniciosa". Es esta brecha la que, catorce años después de que Mann saliera de Africa, amenaza ahora con devorar a 25 millones de personas en ese continente.
 
 

ls-vendadosLa crónica personal

Hablo de esa brecha no en tanto observador o comentador, sino como alguien con un íntimo conocimiento del tema. Soy africano y estoy orgulloso de serlo. Vivo con sida. Soy por ello un número más en las ominosas estadísticas del sida en Africa, mismas que incluyen a los casi 5 millones de sudafricanos que viven hoy con el virus.

Tampoco hablo de los terribles efectos del sida como un espectador. Hace casi tres años, más de doce años después de haberme seroconvertido, caí gravemente enfermo con los efectos sintomáticos del VIH. Para mi suerte, tuve acceso a una buena atención médica. Luego de tratarme las enfermedades oportunistas que me golpeaban con tanta severidad, mi doctor me prescribió una terapia de combinación. Desde entonces, y con ajustes relativamente menores, he gozado del privilegio de poder llevar una vida sana, vigorosa y productiva. Puedo hacer eso gracias a que tomo dos veces al día dos tabletas, una que contiene una combinación de AZT y 3TC, y la otra, Nevirapina (Viramune). Y puedo tomarlas porque con mi salario de juez logro sufragar su costo.

Si el tiempo promedio de sobrevida después del inicio de un sida declarado es, para un hombre en sus 40 años, de 30 a 36 meses, a estas alturas yo debería estar muerto. En lugar de ello, estoy más saludable que nunca antes en mi vida, lleno de energía y de una dicha colmada de propósitos.

Existo así como una encarnación de la desigualdad que hay en Africa en el acceso y disponibilidad de los medicamentos. Y esto no es porque sea yo un hombre en el marco de una epidemia donde la carga más dura de la infección y la enfermedad la soportan las mujeres; ni porque en un continente donde la transmisión del virus ha sido heterosexual, sea yo orgullosamente gay; ni siquiera porque en una historia llena de injusticias raciales, haya yo nacido blanco. Mi presencia aquí encarna las injusticias del sida en Africa porque en un continente en el cual 290 millones de africanos sobreviven con menos de un dólar al día, puedo pagarme medicamentos que aproximadamente cuestan 400 dólares mensuales. En medio de la pobreza de Africa estoy aquí, frente a ustedes, porque puedo comprarme vigor y salud. Porque puedo pagar por la vida misma.

Me parece una injusticia escandalosa y monstruosa que sólo por mi poder adquisitivo deba yo vivir mientras otros mueren, que deba seguir en forma y sano cuando la enfermedad y la muerte acosan a varios otros millones.

 

Los precios de la sobrevivencia

Dado que los dos cambios más importantes en la epidemia son clínicos y demográficos, el desafío más apremiante que se nos presenta hoy es sin duda el de encontrar maneras constructivas de hacer accesibles estos medicamentos salvavidas a los millones de personas cuya existencia y bienestar dependen de ellos. En lugar de seguir aceptando lo que se ha vuelto una evidente falta a la verdad (que el sida es forzosamente una enfermedad de debilitamiento y muerte), nuestro compromiso inmediato, prioritario, debiera ser encontrar formas de beneficiar a los pobres con lo que ya se encuentra al alcance de los ricos. Si éste es el imperativo que nuestras circunstancias nos imponen, uno esperaría que los cuatro años transcurridos desde Vancouver hubiesen estado llenos de acciones en este sentido por parte de quienes tienen el poder de cambiar el curso de la historia y de doblegar el vigor de la epidemia.

En lugar de eso, vemos el desencanto de los millones de individuos que viven con sida en los países en desarrollo. Los organismos internacionales, los gobiernos federales, y en particular, aquellos con el poder real para remediar esta desigualdad --los fabricantes internacionales de medicamentos-- nos han fallado en la búsqueda de tratamientos accesibles.

El problema crucial sigue siendo el precio de los medicamentos. Nadie niega que esos precios son "sólo uno de los muchos obstáculos para el acceso a las terapias" en los países pobres. Pero existen muchas personas en esos lugares para quienes los precios son, hoy en día, el único impedimento para gozar de bienestar y salud. Un importante número de africanos con acceso a un seguro social podrían pagar ahora sumas modestas para adquirir los medicamentos. De hecho, una reducción de dichos precios es el requisito indispensable para un acceso justo y efectivo a dicha atención y a dichas terapias.

Esto por varias razones. Primero, el debate acerca de los precios de los medicamentos distrae la atención y la energía necesarias para otros temas vitales, como la creación de una infraestructura institucional para la entrega y control de los mismos en países pobres. Segundo, todo esto le ha proporcionado a algunos gobiernos la excusa ideal para demorar la implantación de programas para prevenir la transmisión intrauterina del virus, y también ha retrasado el estudio de alternativas más ambiciosas en la terapia antirretroviral.

Es difícil con todo esto sustraerse a la impresión de que las compañías de medicamentos utilizan la falta de voluntad política oficial respecto al suministro de las terapias, como pretexto para no bajar en lo inmediato los precios de los medicamentos. Ciertamente no ha habido un efecto real al anuncio hecho hace ocho semanas de que cinco de las compañías farmacéuticas más importantes "exploraban" las vías para reducir sus precios. Esto ha devastado las esperanzas de mucha gente pobre que hoy requiere de precios más bajos en sus terapias para permanecer con vida y al mismo tiempo saludables.

 

Magistrado de la Suprema Corte de Justicia de Sudáfrica.

Versión parcial.

Traducción: Carlos Bonfil.