Lunes en la Ciencia, 2 de octubre del 2000
Theodora Colborn
Senectud y ciencia
Victoriano Garza Almanza
Los 50 años son la medida que algunos organismos
internacionales han considerado arbitrariamente para clasificar a las
personas como ancianos o gente de tercera edad. Más allá
de este límite, los obstáculos que tendrá que
enfrentar el o la cincuentenaria para llevar su vida serán cada
vez mayores.
La senectud de mucha gente mayor de 55 o 60 años es simbólica, pues en general poseen una capacidad física envidiable y una madurez mental que probablemente está pasando su momento cimero.
No obstante, cuando la gente alcanza estas edades los centros de trabajo que los han empleado durante años comienzan a jubilarlos. Es impensable ir en contra de este convencionalismo, sobre todo cuando en una sociedad como la nuestra la tercera edad es asumida como un estado de desgracia y abandono.
Buscar empleo cuando se le ha catalogado a uno como senecto debe de ser un reto, y un verdadero triunfo si lo consigue. Por esto, querer trabajar en ciencia por primera vez en la vida cuando se es un anciano, es algo que a casi nadie se le ocurre, y quien sí lo piense tendrá pocas oportunidades de lograrlo, tal vez una en 15 millones.
A Theodora Colborn, nacida en 1927, se le ocurrió. Con estudios de farmacología, nunca ejerció. Se casó al término de la carrera y durante la década de los 50 se dedicó al negocio de boticaria. En 1962 se trasladó con su familia a Colorado para criar ovejas.
La explotación de una mina de carbón contaminó el río que abastecía de agua la región donde vivía. Habiendo fracasado, junto a otros rancheros, en proteger su fuente de agua, en 1978 se puso a estudiar ecología: quería entender mejor el fenómeno de la contaminación.
Una cosa la llevó a otra. Había cumplido como esposa y madre y, para no ser carga de sus hijos, continuó sus estudios hasta el máximo nivel académico, el doctorado en ciencias. En 1985, con 58 años de edad, se graduó.
Dos años después, en 1987, comenzó a estudiar aquellas sustancias químicas de las cuales se creía que causaban cáncer en los animales. El análisis de toneladas de información la llevó a pensar que los contaminantes químicos provocaban algo más que cáncer en los seres vivos, que les producían alteraciones hormonales, conductuales, reproductivas, inmunológicas, neurológicas y otras más.
Procedió a conjuntar sus pruebas y lanzó la idea de que muchas de las sustancias químicas producidas por el hombre y liberadas al ambiente, por uno u otro camino ingresaban a los organismos en pequeñas dosis. Señaló que algunos contaminantes tenían parecido estructural con hormonas, enzimas o neurotransmisores, y que los estaban suplantando. Las sustancias impostoras eran la posible causa de la desaparición de muchas de las especies de animales.
Para tener una idea, el número de sustancias químicas -naturales y artificiales- que el hombre había identificado y registrado a principios de los 90 era de 8 millones. De esas sustancias, ni en 0.01 por ciento era conocido su efecto a fondo. El registro se ha incrementado, pues las sustancias químicas son la clave del desarrollo de la industria farmacéutica, cosmética, alimenticia, agrícola, pero el riesgo que representan a la salud cada una de las nuevas sustancias fabricadas es desconocido.
El siglo XX ha sido de la química, prácticamente toda la industria y sus componentes se basan en ella. Theodora asegura que cualquier persona de cualquier lugar del planeta hoy día tiene en su cuerpo rastros de al menos 500 sustancias que no deberían de estar allí y que cualquier otra persona, de antes de 1920, no tenía.
Encontró que los productos químicos sintéticos son causa de que la producción de espermatozoides en el hombre haya disminuído hasta en 50 por ciento. Descubrió que la inteligencia de los niños disminuye en promedio 6.2 puntos de IQ. Dice que el cáncer originado por exposición a contaminantes puede afectar a una persona entre mil, que no es un problema tan grave; en cambio uno de cada cinco niños (20 por ciento de la población infantil) presenta alteraciones funcionales, debido a la exposición de la madre y el padre a medios contaminados. "Debemos de pensar, dice, qué sucede en los humanos durante esos primeros 266 días desde su concepción hasta su nacimiento". No se ve lo que ocurre, pero puede ser detectado con técnicas especiales.
En 1996 publicó Our stolen future (Nuestro futuro saqueado: Ƒestamos amenazando nuestra fertilidad, inteligencia y sobrevivencia?), en el cual presenta un panorama ambiental catastrófico que ha provocado un cisma en la ciencia, la educación, la industria y la política actuales. Por su trabajo se la considera la sucesora de Rachel Carson.
Colborn entiende que el problema va más allá de lo ambiental, desde lo cotidiano hasta el plano filosófico. "Creo que 45 por ciento de la industria americana es afectada por este debate, cuenta, pero uno no puede quedarse sentado sin volar, porque el avión usa sustancias contaminantes, o dejar de filmar porque los químicos de que depende la película causan problemas endocrinos ƑCómo se va atender el problema si por lo menos 70 mil sustancias químicas están en uso hoy día? El problema va al corazón de nuestra economía y de nuestras vidas. Estamos permitiendo que se roben el futuro de nuestros hijos".
Theodora no permitió que le escatimaran su vejez, que le saquearan su propio futuro, como desafortunadamente ocurre con miles de ancianos. A los 73 años es una científica consolidada mundialmente en las ciencias ambientales, homenajeada por unos, vituperada por otros.
El autor es coordinador del Centro de Estudios del Medio Ambiente de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez