La perpetuación de la especie, la reproducción humana, involucra --todavía-- un acto sexual condicionado pero no determinado por la naturaleza. En las sociedades humanas, aún las actividades que parecen acercarnos más al animal, como el acto sexual, están marcadas irremediablemente por la cultura. Si en el reino animal los acoplamientos sexuales y la reproducción obedecen a ciclos, bramas, flujos, efluvios, olores, ovulaciones y calores; en los seres humanos el cuerpo y sus funciones condicionan, inciden, presionan, pero no determinan, pues la fantasía, el imaginario, el deseo, el erotismo, son más poderosos que las fuerzas naturales, y permiten ejercer una sexualidad que no depende únicamente de ovulaciones y calores. Pero si la sexualidad del homo sapiens no se sujeta a la naturaleza, tampoco se ejerce libremente. Dice Freud que el malestar en la cultura surge del reiterado intento de los grupos humanos por someter a normas socialmente aceptadas las pulsiones sexuales. Ni dictada por la naturaleza ni ejercida a libre albedrío, la sexualidad se modela de acuerdo a los tiempos, las geografías, las ideas. Y la misma reproducción, siendo un proceso natural, también se rige por normas y costumbres.
Desde tiempos remotos, el deseo de gozar de una sexualidad sin riesgo de procrear produjo pócimas, tisanas, burdos condones, hechizos, artimañas. La intención de controlar la fecundidad ha sido una antigua preocupación y ocupación humana. Y si durante muchos siglos los rudimentos técnicos impidieron un control seguro de la concepción, el ejercicio de la sexualidad sí ha sido limitado por normas explícitas o implícitas de convivencia, creencias religiosas, conveniencias sociales, económicas, políticas, que inciden en las copulaciones. Y si los hombres llegan a ser víctimas del rol libertino, poderoso o sabihondo que en materia sexual de ellos se espera, el poder y libertad que acompañan a este rol han sido tradicionalmente negados a las mujeres. Sobre ellas han pesado muchas más prohibiciones, impedimentos, castigos; controlar la vida sexual de las mujeres se volvió la vía para controlar su potencial reproductivo. Y sobre la expropiación histórica y universal del cuerpo femenino se ha construido una cultura sexista que atraviesa muchos otros planos.
La regulación de úteros y ovarios
En los años sesenta de este siglo, cuando la "píldora" y otros recursos de la medicina extienden el uso de anticonceptivos a escala planetaria, el control de la fecundidad adquiere nuevas dimensiones y abre la posibilidad de independizar las uniones sexuales de la procreación no deseada; con ello se vislumbra una vida sexual más plena y libre de temores. Los movimientos de liberación sexual y de liberación de las mujeres están estrechamente unidos a estos avances de la ciencia, pues durante siglos y siglos, millones de actos sexuales pasaron la factura al cuerpo y a la vida de millones de mujeres por la vía de embarazos no deseados.
Pero el avance de la ciencia no sólo tuvo efectos liberadores, ya en los años setenta, la llamada "explosión demográfica" llamó la atención de los gobiernos; entonces, el cómo reducir la procreación en el globo terráqueo se convirtió en un eje de discusión de foros internacionales. La reproducción y, por efecto de arrastre, la sexualidad misma, rebasaron la privacidad y el dominio de las iglesias para colocarse en el centro de un debate secular, político y planetario. La tajante línea divisoria entre los asuntos públicos y lo que hasta entonces era considerado como un asunto de interés privado, se desdibuja entonces y, desde la óptica y estrategia de los grandes mandones, una política global --apoyada en los anticonceptivos-- comienza a invadir la privacidad de las parejas y el cuerpo de miles, de millones de mujeres. Si para algunas los anticonceptivos abrieron la posibilidad de vivir una sexualidad más libre, para otras significaron una moderna tiranía, pues sus cuerpos se convirtieron en objeto privilegiado y laboratorio de bisturíes, de artefactos metálicos y de hormonas; las mujeres han sido conejillos de indias y víctimas de la ciencia aplicada a políticas poblacionales.
El cuerpo femenino ha sido universalmente un territorio expropiado por razones culturales, mandatos religiosos, prioridades económicas, políticas. Si la cultura y la religión indican que el hombre o Dios deciden los hijos que una tiene, la política y la economía intentan controlar el potencial y la capacidad instalada. Así, la autodeterminación de millones de mujeres sobre su vida sexual, sobre su vida, sigue acotada, disminuida, expropiada. Las políticas de control natal que se impulsan en los años setenta, las que luego se llamaron "planificación familiar", tuvieron en la mira úteros y ovarios. La idea central era controlar el crecimiento demográfico, y aunque en su cauda todas trajeron información, servicios médicos y cambios culturales positivos también se acompañaron de imposición, de engaño, y tuvieron efectos negativos sobre la salud de las mujeres. Y en nombre de un aterrador hormiguero humano, se decidió manipular matrices, engañar a los ovarios con hormonas, colocar metales en las partes intimas, sin que necesariamente las mujeres tuvieran noción de lo que ocurría en sus interiores. Desde un inicio, las políticas antinatalistas focalizaron a las mujeres pobres del mundo, del entonces llamado "tercer mundo", como objeto de sus intenciones. La preocupación por la "explosión demográfica" nació con una dosis sexista, clasista, discriminatoria y etnicista, Ser mujer, ser pobre, ser india, negra o amarilla, convirtió a ese ser humano en blanco favorito de las políticas poblacionales.
El Cairo, un giro de 180 grados
A pesar de la vulnerabilidad de estas mujeres, el deseo de liberación y autonomía o simplemente la resistencia ante la imposición, gestaron múltiples protestas, reflexiones, propuestas, experiencias. Los sentimientos y voces de miles de mujeres indignadas confluyeron a veces con los ímpetus y exigencias de las feministas libertarias. Y un movimiento social surgido en muchísimos rincones del planeta aglutinó a feministas, a promotoras de salud, a activistas políticas y a mujeres enojadas. Habían pasado muchos años desde los primeros programas antinatalistas y la protesta y resistencia iniciales, la crítica radical o moderada, habían ya dado lugar a proyectos, propuestas, conceptos y utopías. La lucha por la autodeterminación de las mujeres, por decidir sobre su vida sexual, sobre sus cuerpos y sus maternidades, por algo que empezó a llamarse salud reproductiva, ha unido a miles de mujeres de la tierra.
Las exigencias eran simples, en cierto sentido elementales: que la mujer sea considerada como humana, que no sólo se vean sus útero y ovarios, que se pida su consentimiento para el uso de anticonceptivos y se le digan sus efectos, que los servicios de salud vean a la mujer toda, no sólo su capacidad reproductiva, que los varones se responsabilicen de sus actos sexuales, que haya más equidad entre los géneros, entre los grupos de distintas edades, entre los residentes rurales y urbanos, que no sólo se atienda la reproducción, sino la sexualidad, y que el placer de mujeres y varones, no sólo su función reproductiva se considere un componente central de la salud.
La Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo realizada en El Cairo, Egipto, en 1994, fue un momento propicio para convocar y articular a estas voces disidentes, críticas y propositivas, y exigir un cambio de perspectiva y de políticas poblacionales. Otra globalización se estaba construyendo desde abajo. Además de este pujante movimiento, la posibilidad de cambio fue favorecida, pues si bien las políticas demográficas han tenido un fuerte impacto en las tasa de natalidad, los gobiernos reconocen que sus alcances han sido limitados, y que la disminución del crecimiento demográfico no ha tenido una mejora en la calidad de vida de millones de personas, por el contrario, ha ido de la mano con un ensanchamiento de la pobreza y un peligroso deterioro del ambiente. Entonces, se dijo, no basta con reducir la fecundidad para garantizar el desarrollo, se requiere de una nueva perspectiva, de un viraje. Esta confluencia de reflexiones y críticas creó un clima favorable al cambio. Y en El Cairo, por primera vez en un foro mundial de población, se decide no fijar metas de reducción demográfica, y poner por delante los derechos reproductivos de todo ser humano. El giro en el discurso es prácticamente de 180 grados.
Si bien algunas reivindicaciones feministas, como la relacionada con el aborto, no fueron resueltas del todo, el Programa de Acción de El Cairo recoge muchas de sus propuestas. El panorama parece alentador. Pero las palabras no son las cosas, los discursos no son los hechos. Y la preocupación por saber si lo acordado en Egipto se concreta, se extiende también por todo el planeta. En México, un amplio núcleo de organismos no gubernamentales (ONG) fue tejiendo una red que desde antes de la Conferencia de El Cairo participó en los preparativos, en la discusión, en las propuestas. El Foro Nacional de Mujeres y Políticas de Población que hoy integra a cerca de 80 organizaciones civiles de 17 estados del país, es resultado de esta experiencia. El Foro ha sido uno de los organismos interesados en vigilar que El Cairo no se convierta en letra muerta.
Del discurso a los hechos
A mediados de 1998, y a sabiendas de que muy pronto se harían las reuniones de evaluación a cinco años de El Cairo, el Foro decide hacer un seguimiento propio de lo que ocurre en México. Esta aproximación a los procesos y a los cambios institucionales que se desarrollan a partir de la Conferencia de El Cairo pone en evidencia algunas cosas: en primer lugar, que pese a las carencias, retos y dificultades que en todos los planos enfrentan las instituciones públicas para hacer realidad el derecho a la salud reproductiva, una noción más amplia y más humana comienza ya a permear sus planes. En segundo lugar, destaca el hecho de que si bien se han incorporado objetivos y metas que apuntan a garantizar la salud reproductiva, casi no se contemplan la salud sexual y el goce asociado a la sexualidad; en cambio, se fijan metas orientadas a la reducción demográfica y éstas siguen siendo prioritarias; cabe preguntarse hasta qué punto cumplir con los demógrafos implicará traicionar a las mujeres y a los humanistas. En tercer lugar, es claro que ejecutar lo escrito no resulta fácil ni automático, pues las instituciones viven inercias culturales, problemas organizativos, financieros, de capacitación, de difusión de los acuerdos, de operación de los programas, y eso dificulta que los nuevos enfoques y objetivos se concreten. Los problemas se traducen en que algunos buenos pronósticos, como incorporar la perspectiva de género, incluir al varón en muchos planos, abarcar áreas de salud que no estaban contempladas o que tenían un peso secundario, se asuman lentamente, y por tanto, que la mejoría de la salud reproductiva de muchos grupos poblacionales no se alcance con la rapidez deseada.
Una aproximación a la situación en los estados nos muestra la distancia entre el discurso escrito y las realidades. De pronto parece que alcanzar la salud reproductiva es verdaderamente una quimera. Pero si en todos los casos se analizan críticamente los propósitos y acciones, también es cierto que se reconocen los enormes retos y dificultades que enfrenta el sector salud, y se valoran los cambios, lentos o bruscos y a veces casi imperceptibles, que ha implicado para las instituciones el intentar que la salud reproductiva sea un derecho universal para la población mexicana.
Profesora e investigadora de la UAM-X.
Tomado de Compromisos y realidades de la salud reproductiva en México. Una mirada a la situación nacional y a cuatro estados. Gisela Espinosa Damián, coordinadora. El Atajo Ediciones/UAM/FNMPP, 2000. Versión editada de la Introducción.