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El secreto: la dosificación del frenesí. En cada
una de sus presentaciones, Yolanda Montes Tongolele equilibra pausas
y estremecimientos, va de menos a más y de más a menos, sabe del
entreveramiento del clímax y los aquietamientos, se agita y
distribuye ritmos de la trepidación, es el vértigo es la fijación
del vértigo. Los tambores incitan, exigen, ubican, y surge lo
novedoso: la escultura de intensos movimientos. En sentido estricto,
Tongolele siempre baila en honor de los dioses, a quienes les
ofrenda la exaltación del deseo que es también pasmo estético. Al
bailar, Tongolele evoca los pactos con las deidades primigenias, la
consagración de la primavera, los tiempos de la fertilidad, la
conversión de la lujuria en tributo a los pies del sol y de la
luna.
(Prólogo de Carlos Monsiváis)
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