La Jornada Semanal, 5 de noviembre del 2000 
 
 
 Ana García Bergua
 
 
RÉQUIEM POR UNA MUÑECA ROTA

Hace poco leía yo en una revista la docta opinión de un experto en belleza; no, no era un profesor de arte ni un doctor en estética, sino un maquillista. Decía que no existen las mujeres feas; sólo las que se cuidan y las que no se cuidan. Me pregunté de qué tendríamos que cuidarnos. También leí en otra revista que dentro de veinte años las mujeres de sesenta años podrán aparentar cuarenta. Me pregunté si yo querría aparentar algo así. Entonces pensé que la fealdad era una amenaza para los otros; que la belleza de las mujeres, en realidad, está teñida de locura y de espanto. Igual que en Réquiem por una muñeca rota, la novela de Eve Gil (Tierra Adentro, CNCA, 2000). 

La belleza es horrible. Quiero decir, la belleza industrial de las modelos de los calendarios, la de las y los cantantes que se zangolotean en el televisor; la belleza obligatoria, por no decir el clisé de la belleza interior, que por ser otra obligación y aparte no existir, también es horrible. Réquiem por una muñeca rota trata, entre otras cosas, de ese espanto que es la belleza, de la carne triste con que se fabrica la pulpa de las flamantes páginas de las revistas de moda: niñas explotadas, futuras señoras suicidas, empelucadas, delirantes o sólo anoréxicas en el mejor de los casos. Figuras que venden el cuerpo en las revistas y las secciones de espectáculos de los diarios y que, a la vez, tienen que representar el papel de castas hijas de familia en las secciones de sociales. Esa falsa moral, en este país de doble vista, rompe a las niñas, las despedaza como muñecas y, sin embargo, preserva aquellas partes del cuerpo que podrán concebir hijas que también serán muñecas rotas. 

La novela retrata un mundo que quizá para las mujeres educadas, profesionistas, no es tan familiar; ni siquiera se relaciona del todo con la pobreza, que como preocupación nos puede quedar más cerca. Sin embargo, lo respiramos todos los días, en el imperativo de lo femenino, en la angustia por poseer la belleza, por disimular la edad. Al leerla, una puede reaccionar como la mamá de Moramay, la protagonista, aquella señora que guarda las apariencias contra viento y marea, pertrechada tras su mandil de flores y su peinado de salón Paquita: qué desaseo, Eve, déjate ahí, ya no mezcles tantas palabrotas en tu estilo pulimentado, ni expongas esa angustia que se agazapa en el peluche, en los bombones rellenos de cereza, en los perritos falderos. 

Moramay y Vanessa, las protagonistas de esta pieza esperpéntica, son hijas del puro disimulo: la gorda Moramay, la que sueña con ser escritora, es hija de un señor muy prominente, entre cuyas posesiones figuran todas las salas de cine de la capital. El papá de Vanessa –la pequeña modelo de trece años explotada por sus padres– es un viejo productor de telenovelas, cubano, especializado en marcar y estropear a las actrices que, por unos minutos de fulgor en la pantalla, deben pagar tributo en su diván. Las madres de ambas son señoras destrozadas, antiguas muñecas perfectas. La madre de Vanessa oculta los abusos del padre a su bella hija; la de Moramay, la violación de que ésta fue víctima a los cinco años. Por su parte, el padre de Moramay oculta a esta esposa y a esta hija de segunda mano, a los ojos de la alta sociedad a la que pertenece. Pareciera que Eve Gil nos dice: hay un acuerdo tácito por ocultar el horror bajo muchas capas de maquillaje; y las principales encargadas de hacerlo son, somos, oh paradoja atroz, las propias mujeres. Y pueden dedicar sus vidas enteras a hacerlo, a limpiar la humillación y el dolor como quien pasa fab sin descanso por los mosaicos de la cocina. 

Moramay encuentra a Vanessa y se produce en ella una gran fascinación: su mejor amiga es como un espejo que le devuelve una imagen mejorada: tiene todo lo que a Moramay le falta. Ambas buscarán a los hombres –Vanessa especialmente– como si fuera una obligación, un deber. Pareciera que las apariencias no sirven si no ocultan nada, así que hay que mancillarse para ocultarse después. Un hombre le arruinará a Vanessa, a fuerza de chupetones, el cuerpo y de paso el negocio a su madre, que en ese momento la renta como modelo de ropa interior. Moramay ejercitará una sexualidad muy literaria convirtiendo en folletín por entregas los revolcones de la prefecta de la escuela. Ya arruinadas ambas, mancillada una en el cuerpo y la otra en la reputación, al borde del suicidio, Moramay y Vanessa terminarán por descubrir que, finalmente, no sólo la otra tiene lo que a la una le falta, sino que es todo lo que le falta; es decir, que sin ese mundo de disimulos y apariencias y poder, las dos estarían perfectamente felices, como la tía de Moramay, Lu, con sus novias del equipo de softball femenil las Diablas de Occidente. 

Es notable el sentido del humor en esta novela, porque bajo su apariencia de superficialidad, sus referencias múltiples a las canciones de radio y los productos comerciales, termina siendo punzante y doloroso, como un fondo amargo que arrastrara los pequeños sonsonetes que arrullan la vida de la clase media mexicana. Asimismo, los ojos ocupan un lugar curioso y preponderante en la novela de Eve Gil; hay ojos verdes, ojos glaucos, ojos color amaretto, ojos color aceituna. Moramay, la ojona, imagina sus ojos verdes rodando como canicas en el piso; son ojos que miran con azoro, que buscan y hurgan bajo la apariencia, bajo la destructora imagen de la belleza. ¿Qué puede salvar a una mujer, parece preguntarse Eve, que no esté amenazada por la miseria, pero sí por esta conspiración de dietas y ropa de colores, por este tufo a melodrama, a gato siamés, a asfixia y a perfume de pureza supuesta que puede literalmente terminar con su vida, obligarla a renunciar a sus deseos, convertirla en una foto pegada a un papel? A Moramay la salvará la literatura, pero Vanessa quedará condenada, convertida su vida en una virtual pantalla de televisor que la encerrará: “Piensa que no todo es para siempre”, le dirá a su amiga a modo de consuelo, antes de separarse, “que algún día volveremos a reunirnos […], tal vez entonces tú ya seas una famosa escritora, como Corín Tellado… ¡y yo más popular que Yuri o Lucerito…!” Eso sí, luego besará a su amiga metiéndole la lengua hasta la garganta: después de todo, el verdadero amor vive en un plano paralelo a esta realidad, quizá detrás de los espejos. 

 
 
 
 
 
 
 
  Carlos López Beltrán
 
Poetas en su siglo
 
      

    "Todo en mi cuerpo/ ha sido procesado/ por al menos una estrella/ (salvo el hidrógeno)". Así comienza el poema La física de Pavlova, de Jo Shapcott, londinense nacida en 1953. El relato contemporáneo que la astrofísica hace de las estrellas como los hornos magníficos en los que se construyen (siguiendo una secuencia creciente y vivaz que envidiaría un tejedor de tramas dramáticas) los átomos de la materia que compone (casi) todo en nuestro planeta, es aludido así por la poeta para hablar del cuerpo y del deseo. De ese modo fija el foco, la textura de la descripción en el grano de lo atómico. La imaginación es calibrada para ajustarse a ese universo de partículas fantasmagóricas y luego es conducida a lo largo del poema, que describe oblicuamente el comienzo de una seducción amorosa, para establecer en él una especie de textura a la vez carnal y metafórica aludiendo a "las poderosas capas de la matemática" y al "mundo/ de extravagantes consecuencias/ en el que la materia surge/ de la nada". La delicada analogía entre la extrañeza de la pasión amorosa y la física moderna (ambas requieren "más dimensiones que las que da la geografía") deja una aura de misterio y precisión a la vez. En su poema "Materia", Shapcott retoma el vínculo cuando hace que el amante toque la piel sintiendo las más diminutas partículas que la componen ("Para la hora del té ya conocía/ cada uno de los millones de electrones/ que vuelan por mi cuerpo"). Esta autora hace uso de un bien afinado instinto para encontrar las virtudes descriptivas, metafóricas, constructivas, de la imaginación científica de hoy y de ayer. Imagina, por ejemplo, a Leonardo da Vinci descubriendo con su penetrante ojo las "complicadas colisiones (que) se dan en un charco/ cuando le caen gotas de lo alto" o "cómo rebotan las olas hacia el aire, y caen/ de nuevo para salpicar más agua en versiones/ cada vez más pequeñas de lo mismo", en donde alude sin duda a la geometría fractal y al hecho –descrito magistralmente por Michel Serres– de que en las observaciones de Lucrecio (y de Leonardo) del danzar de remolinos turbulentos en corrientes de agua o de aire, hay vislumbres de lo que los modelos dinámicos del caos en nuestros días revelan de la conducta de algunos sistemas físicos. 

    Jo Shapcott no es una excepción. La camada a la que pertenece cuenta entre sus atributos el de moverse con naturalidad e inteligencia en el espacio diverso y profuso del conocimiento científico. En su conocido poema "¡Zoom!", Simon Armitage usa el hábito de pensar en maravillas cosmológicas como los agujeros negros para hablar del poema: "una bola de billar, pero más pesada que Saturno/ ...¿qué es esto tan pequeño/ y tan sedoso/ pero cuya masa es más grande que la del planeta anillado?/ Sólo palabras/ les aseguro. Pero no me creen". La astronomía es uno de los ejes con los que Armitage tejió su reciente secuencia de poemas The Whole of the Sky. "Tengo la esperanza –ha escrito este autor– de lograr, a través de la ciencia, develar sentidos humanos... estoy tratando que los elementos científicos se sostengan como metáforas o símbolos, que representen el asunto real de los poemas; claro que esto es una reducción pues las explicaciones científicas a menudo no son sino metáforas convincentes." 

    Así, las narrativas, las imágenes, los personajes de las ciencias, y su interesante y humano tejido de circunstancias, son abierta y confiadamente reclutados por los poetas británicos de hoy. Mick Imlah narra la conversión en anfibio de un zoólogo que desarrolla una teoría alternativa a la de Darwin. Jane Duran encuentra en la delicadeza del desenterramiento de huesos de homínidos por los paleoantropólogos una manera de hablar de "la mica de la timidez" del amante, y prolonga la metáfora en un hermoso poema ("Eslabón") sobre la humanidad (con minúscula). Naturalista aficionada, en La curación del oído, Sarah Maguire transforma el zigzagueante vuelo de unos murciélagos en el ocaso en un enrejado, en un "frágil tejido,/ una imposible filigrana" que "describe su hambre"; y su casi imperceptible griterío (que para ellos "ilumina los castaños" y que ella escucha después de una operación del oído) en "un cálamo sobre el vidrio,/ un grabado exquisito". Una reflexión análoga, y más osada, sobre los sentidos y la percepción es la que emprende Maurice Riordan en su poema "Batiscafo". Si como los murciélagos, pero mejor aún, pudiésemos ver el mundo como ruido, toda nuestra vida, nuestra intimidad, nuestra moda, nuestros afectos, serían otra cosa, y Riordan consigue imaginarlo (desmintiendo el famoso alegato filosófico de Thomas Nagel en "¿Qué se siente ser un murciélago?") "nuestra más lejana vista sería el océano/ o el bramido de una onda vestigial de las galaxias". 

    Maurice Riordan ha escrito muchos poemas usando su vasta cultura científica, y es coautor de una reciente antología de poemas (A Quark for Mister Mark) en los que circula libremente la ciencia, como por su casa, del modo en que otras áreas del conocimiento (la historia, la filosofía, la mitología...) se han movido por siglos. 

    Pedro Serrano y yo antologamos y tradujimos, en La Generación del Cordero, a esta nueva generación de poetas de las islas británicas. Al hacerles nosotros la pregunta, varios de los incluidos mostraron sorpresa de que su apropiación de lo científico nos pareciera inusual. Para ellos la ciencia está ahí, en la televisión, la escuela, las revistas de divulgación, en los científicos mismos y sus historias, y es, entre muchas otras cosas, fascinante y diversa: "¿por qué perderse de eso?", respondieron.

lbeltran@servidor.unam.mx
 

 

 

 
 
 
Arnaldo Córdoba y el Pueblo de la Ley

 

Me veo en la necesidad de hacer una pausa en lo que venía escribiendo para dirigirme a Arnaldo Córdoba, a propósito de unos escritos virulentamente antisemitas que en mala hora perpetró.

Pero, querido Arnaldo, ¿qué te pasa?, ¿te volviste loco o qué? Dices que el pueblo judío no tiene identidad. Y te pregunto: ¿dónde están los hititas y su cultura?, ¿dónde los egipcios politeístas, los babilonios, los griegos clásicos? Desaparecieron todos ellos. De las culturas antiguas sólo la judía sobrevivió y sigue latiendo. ¿Por qué? Bueno, la cultura judía no cristalizó en la riqueza material o el poder político y militar, sino en un libro, un libro, Arnaldo, el mejor de los artefactos, y qué libro. Hicieron la Biblia, y con ella, una ley, y luego la Biblia los formó a ellos y los mantuvo congregados. Y fueron llamados, por eso, el Pueblo del Libro. Y si permanecer fieles a las enseñanzas de ese libro durante miles de años, sin falsificarse, no es tener y conservar una identidad asombrosamente fuerte, yo no sé qué pueda ser eso. Fieles a una identidad, te digo, y tanto que ninguna de las sangrientas persecuciones que han sufrido, logró desviarlos. Es pueblo de "dura cerviz", como dice la Biblia, obstinado, difícil, pero es pueblo moral, es el Pueblo de la Ley, el elegido para recibir la Ley que nos libera de la confusa vida animal. Nada más, pero nada menos.

Ahora bien, dado que todo lo anterior es cosa averiguada y bien sabida, y tú que tienes cultura, no reconoces eso que se cae de maduro y obvio, estoy autorizado para inferir que lo que dijiste es ideológico. Ideológico en el viejo sentido del término, ¿te acuerdas?, es decir, mentira disfrazada de verdad, concepción o idea mistificada que no nace de la apreciación objetiva y racional, sino de distorsionar las cosas irracionalmente desde centros no intelectuales, desde falsas creencias, vagos resentimientos, prejuicios y, podría ser también, aunque no es tu caso, de intereses políticos o económicos inconfesables.

Digo ideología porque no puedo entender que tú, precisamente tú, repitas en serio obscenidades antisemitas como "Palestina, un país ‘limpio’ de judíos" (qué verbo más ideologizado, por favor), o la brillante originalidad de asentar, sin rubor, que el Dios de los judíos es el dinero, o la extraña filología de asegurar que la lengua hebrea no es lengua, sino "jerga", (no sabíamos que obras maestras como el Libro de Job están escritas en una jerga). No hay serenidad en lo que dices, sino furia inexplicable. ¿A qué hora te enojaste tanto y por qué?

Ideología, digo. Y qué ideología, Arnaldo, famosa por ser la más obtusa y vergonzosa. Ideología que propició los crímenes más horrendos que ha perpetrado la inhumanidad. Te lo digo francamente: hay que desmarcarse con toda claridad y cuanto antes de esa abominable tendencia, golpeada, pero no vencida, que, por desgracia, es infección social que reverdece. Y te vuelvo a preguntar: ¿qué te pasa, Arnaldo?, ¿cómo es posible que tú, precisamente tú, mexicano, de izquierda, historiador, maestro de la universidad, expreses sin más ni más las repugnantes opiniones de un skinhead analfabeto o un kukuxklán de Alabama?

Arnaldo, México es un país multicultural, puedes ser mexicano-otomí, mexicano-maya, y también mexicano-judío o mexicano-libanés y mexicano-japonés y mexicano-lo que quieras. Ser mexicano no consiste en una adscripción a cierto sistema fijo de creencias, sino en otra cosa, que sabes muy bien. La pregunta: "¿eres mexicano o judío?", se responde diciendo: "soy judío mexicano", y no hay ninguna contradicción en lo dicho. ¿O la hay en decir "soy mexicano tarahumara"?

Voy a terminar a la manera judía, esto es, contándote un cuento. Refieren que a Moisés no le fue permitido llegar a la Tierra de Promisión a la que había guiado al pueblo que sacó de Egipto (sólo pudo verla a lo lejos). Moisés le preguntó a Dios la razón de esta prohibición o condena. "Porque eres un asesino", le fue respondido. Y, en efecto, Moisés, de joven, en un momento de cólera, había matado a golpes a un egipcio y había tenido que huir del país. Moisés respondió: "Sí, hay un asesino dentro de mí, es cierto, pero he logrado dominarlo y ya no manda él adentro de mí, ahora yo mando sobre él."

Esta idea moral, tan sencilla y hermosa, es de puro cuño judío: no somos responsables de nuestras tendencias o inclinaciones, todos estamos llenos de maldad, de prejuicios, de calumnias, lo aceptamos. Somos responsables tan sólo de lo que hacemos con esas tendencias, inclinaciones, prejuicios. La lucha más grande y heroica que puede emprender una persona, es la lucha por el dominio de sí mismo, por desactivar la maldad que aparece dentro de sí, nacida de pozos desconocidos. Porque sólo el que se gobierna es libre, y sólo quien es libre es moral.

A buen entendedor, pocas palabras. Ya te conté el cuento, ya lo comenté con buena intención, saca tú la moraleja y, si quieres, cavila sobre ella.