Jornada Semanal, 18 de febrero del 2001 

Diego Gándara
entrevista con María Fasce
 

“Me interesan las
tragedias cotidianas”
 

A sus treinta y pocos años, María Fasce es una de las voces contemporáneas más interesantes que ha dado esa tierra fecunda en literatos llamada Argentina. En esta entrevista, Fasce habla de su libro de cuentos titulado La felicidad de las mujeres, así como de las muchas maneras en que sus otros oficios (traductora, editora y periodista) pueden o no influir a la hora en que concibe y escribe sus historias. Consciente como pocas de su papel dentro de la literatura, Fasce sostiene que “el único compromiso que tengo es el de contar lo que me preocupa y me obsesiona”.



La argentina María Fasce (1969) comenzó a escribir los cuentos de su primer libro, La felicidad de las mujeres (editado por Destino), hace bastante tiempo, cuando aún no pensaba en publicarlos. Mientras pergueñaba estas curiosas historias de mujeres atravesadas por la búsqueda de la plenitud, publicó El oficio de mentir, un libro de entrevistas con Abelardo Castillo, y comenzó una carrera como editora en los sellos Planeta y Alfaguara, además de colaborar en medios de Buenos Aires y traducir a escritores como Proust, Modiano y Sheldon.

La mayoría de las mujeres que aparecen en La felicidad de las mujeres tienen el raro privilegio de formar parte de ese lugar más o menos común y sospechosamente cierto –bastante aceptado también– según el cual las mujeres, a diferencia de los hombres, desconocen el camino que lleva a la felicidad. Dentro de ese universo complejo y femenino, algunas apuestan todas sus fichas al matrimonio, otras al desarrollo de una profesión y, unas pocas tal vez, dejan caer sus brazos bajo el amparo del repetido argumento de que “ya no hay hombres”.

Desde la mujer ciega que canjea a su marido por un camionero que la lleva al mar, hasta el grupo de monjas que son sometidas a la humillación y la desnudez durante un asalto, la galería de personajes presentados por María Fasce es un compendio sobre la condición de la mujer a fines –o a principios– de siglo, y una búsqueda desesperante e irónica de respuestas a la pregunta de si las mujeres son felices o no.

La portada del libro muestra a una mujer que es, asimismo, todas las mujeres. La idea es novedosa si se piensa que hay tantas mujeres posibles como relatos escritos sobre ellas. “En cada uno de los cuentos, una mujer puede tomar una dirección u otra –dice María Fasce–, eso es algo que está arraigado y es un problema serio en las mujeres. Los hombres, por lo general, saben qué es lo que necesitan para ser felices. En las mujeres, en cambio, es una complicación muy grande, van depositando sus esperanzas de felicidad en distintos lugares. Por eso la desesperación.”

Mujer múltiple

Desde hace tiempo viene desarrollando un trabajo como editora. ¿De qué manera influye su escritura en la edición y viceversa?

–Me influye todo lo que me gusta mucho. Cuando leo cosas que no me gustan pienso en lo que no tengo que hacer. Para mí el trabajo como editora, como crítica o como escritora son cosas separadas. Un escritor es una especie de camaleón. Un editor edita todo tipo de libros, y cuando lo hace se mete adentro del libro: trata de ver las reglas y el estilo de ese libro y, dentro de ese estilo, lograr que el escritor sea más fiel a sí mismo. Después, el trabajo de crítica lo hago con mis amigos. La función del editor, del crítico y del escritor son distintas y son indispensables. Un editor publica y un libro es un producto. Va viendo qué tipo de libro es y tiene que producirlo y corregirlo en función de eso. Hay libros que son literatura, entonces en eso no hay que hacer ninguna concesión: el libro debe llegar a la mayor cantidad de gente posible y por los medios que sea. Pero hay libros que no son buenos, que son un producto con todos los ingredientes para dar la impresión de que es bueno. Entonces la función del editor es vender eso como si fuera alta literatura.

–¿Y cuál es la función del crítico ante eso?

–Justamente la función del crítico es decir la verdad. Por el hecho de haber leído más que el resto, tiene un parámetro confiable. Y además debe decirlo de la manera más clara posible. Yo le tengo horror a la crítica cerrada. Hay críticos que esconden la falta de inteligencia citando a Deleuze, Derrida, Foucault. La función del crítico es contrabalancear el mundo de la publicidad, del marketing. Es indispensable.

–Cuando escribe, ¿qué mirada prevalece sobre su propia obra: la de crítica o la de editora?

–Este libro antes se llamaba Celos, un título que nadie recuerda. Yo le cambié el título. Salvo traicionar la esencia de los cuentos, todo lo que pueda hacer para vender es mejor, pero escribir me gusta mucho más. El trabajo de editor es anónimo. Si editas un libro la satisfacción es que se venda, que tenga buenas críticas. Pero eres anónima, no existes. En cambio mi trabajo como escritora tiene la satisfacción y el narcisismo de saber que lo que escribí es mío.

–¿Con el oficio de traductor también ocurre lo mismo que con la edición y la escritura? ¿O es un trabajo paralelo?

–Me gustan las ideas, me gusta mirar, pero me encantan las palabras, y eso es lo que me gusta de escribir. Uno va viendo cómo se van dando las palabras y según qué palabra le pones al lado, tienen otro efecto. Cuando lees en otro idioma, lo que tienes que hacer es trasladar al español lo que el autor hace en su idioma. Te lleva a experimentar sobre tu propio idioma, para reproducir eso.

El modelo que falta

–La mayoría de los personajes de sus cuentos son femeninos. ¿Podría escribir sobre otro tipo de personajes?

–Porque soy una mujer, la mirada sobre los hombres es femenina. ¿Por qué sobre mujeres? Más que cuentos sobre mujeres son cuentos de amor. El libro podría llamarse solamente La felicidad. Y cómo conservar esa felicidad. A mí me interesan las tragedias cotidianas. Hay algo que me llama la atención y escribo sobre eso, para entender. Estas cosas pueden pasarle a cualquiera. Es muy difícil que alguien se suicide porque tiene hambre o porque no tiene dinero. El dolor que siente una persona que es abandonada puede provocar el suicidio. La literatura, en última instancia, debe ocuparse de eso; del hambre o de la pobreza que se ocupen otros. El único compromiso que tengo es el de contar lo que me preocupa y me obsesiona.

–¿Es posible encontrar una respuesta a la infelicidad femenina?

–El tema de las mujeres y de todos los caminos posibles se da, sobre todo, en las mujeres que tuvieron una educación religiosa muy rígida. Seguir el camino aprendido en un colegio de monjas no es la felicidad. La oposición a eso tampoco. ¿Cómo hacer para conocerse a una misma? Tratar de pensar en un ideal posible de lo que quieres ser, con el agravante de que eso no es fijo sino móvil. Ese es un viejo conflicto que tienen las mujeres de todas las edades. Es típicamente femenino.

–¿Hay diferentes tipos de mujer? ¿O una mujer puede variar ante situaciones diferentes?

–Eso tiene que ver con los modelos de mujer. Porque no hay un modelo, y eso es lo terrible. Yo descreo sobre todo del feminismo militante porque lleva a la infelicidad. No hay parámetros para decir lo que está bien o está mal. Y eso también es terrible. La primera reacción es irse al otro extremo. En el cuento “Fiesta de egresadas” yo no sabía que las monjas iban a desnudarse y que iban a entrar asaltantes y que iban a hacerlas desnudar. Al principio me imaginé la situación de llegar a una fiesta de egresadas, cosa que me da horror, y enterarme de qué había pasado con mis compañeras y con las monjas. Para que el cuento sirviera, debía crear un conflicto. Es como en la vida. En la situación límite, uno ve mejor cómo reaccionan todos.

Tomado de El País Cultural