Jornada Semanal, 4 de marzo del 2001


ANTESALA

Prolegómeno (que en este caso significa “por si las moscas”). Como este antesalista se ha visto obligado a interrumpir la serie de “Breves historias de adicción”, que venía publicando en este espacio, para comentar ciertos asuntos de nuestra cotidianidad que le parecen graves, se apresura a dejar aquí en claro (en esta época de transparencias) que el único responsable de las opiniones que se han vertido, se vierten y se vertirán en esta columna es el que esto escribe y firma al calce, como siempre, y hasta pone su correo electrónico. También, este antesalista reafirma que todas las opiniones que en el pasado y desde la aparición de la columna se han emitido no responden a ninguna línea editorial o directiva. Si bien Carlos García-Tort trabaja para el suplemento como Jefe de Redacción, el personaje que se ha inventado para escribir esta columna procura ejercer la libre expresión de opiniones, afectos y fobias personales. Dicha libertad no ha sido mérito suyo sino –honor a quien honor merece– del director de este suplemento, quien (casi) ha respetado sus opiniones por mucho que no comulgue con ellas. // La columna ha crecido, no sé si para bien o para mal –eso lo juzgará cada lector(a)–, junto con mi compromiso con las pequeñas verdades que circulan en privado pero que nadie se atreve a discutir públicamente. Por ello es que deseo que quede claro: no respondo a consignas, sean chicas o sean grandes; buenas o malas, mis opiniones son sólo mías y sus consecuencias, si las hay, estoy dispuesto a enfrentarlas. Amén.

Hambruna cultural. ¿Qué le pasa a don Andrés Manuel López Obrador? Nunca, en la historia de esta ciudad y esta nación que me ha sido dado vivir, nunca repito, he visto caer la imagen de un alto funcionario con tal rapidez como la del gobernador de esta capital electo democráticamente. Los que hablaron mal de él, los que no votaron por él, los que alegaron que no tenía suficiente tiempo de residir en Chilangolandia y, por tanto, no conocía ni sus problemas ni a sus habitantes, ahora se sientan a contemplar la caída con cara de “se los dije pero no me hicieron caso”. La estrategia de emisión de bandos ha sido un fracaso; la demagógica consulta sobre el famoso horario de verano y, peor aún, la lamentable decisión de no aplicarlo basándose en el 2.8% de los posibles votantes de la capirucha; los desplantes de gobernador priísta de los sesenta afirmando que “no pasa nada” le han acarreado, con razón, la acelerada impopularidad que empieza a cercarlo. Como si con él se hubiera inventado la oposición en el gobierno, López Obrador no sigue ese famoso dicho de mánager de beisbol gringo que dice: “Si cojea, córtalo; si funciona, déjalo.” Y dejarlo quiere decir dejarlo como estaba, no quitarle todo el presupuesto por un año y ahí a ver cómo se las arreglan hasta el próximo. Existen varias versiones de por qué no hay presupuesto para el Instituto de Cultura de la Ciudad de México. No importa cuál de ellas sea verdad, el resultado es catastrófico para la cultura citadina: excepto el Museo de la Ciudad de México –que cuenta con un raquítico presupuesto que le permite seguir atendiendo a una clientela que se ganó a pulso con el trabajo que desarrolló los tres años anteriores– y las casas de la cultura, que quedan a la buena o mala disposición de los delegados en turno, las instituciones culturales que dependen directamente del gobierno de la ciudad resienten el completo desamparo. Estos son los casos de la Casa del Poeta, la Casa Refugio Citlaltépetl, el Museo José Luis Cuevas y el Festival Jóvenes para el Tercer Milenio. Las dos primeras dependencias son las que corren el peligro más inminente de desaparición: no tienen ni para pagar la renta de los locales que ocupan. Mucho menos los salarios de cuidadores, empleados de limpieza y oficinistas. La Casa del Poeta, en la avenida Álvaro Obregón 73, es la única institución dedicada principalmente a la poesía que tenemos en la megaurbe. Como la poesía misma, siempre había pasado apuros para subsistir. Los artistas, intelectuales y escritores también comen y viven de su trabajo. La derecha no tiene la obligación de atender la cultura porque su estética se mueve entre la sacristía y la bolsa de valores. Que así sea. Pero de la izquierda democrática demandamos la visión de un auténtico humanismo, sin fronteras ni temores, que atienda las necesidades no sólo de alimento y vestido sino también de arte y calidad de vida. Le repito a nuestro gobernador las palabras del poeta Luis Rius: “No podemos vivir como si la Belleza no existiera.” Esperamos que así lo entienda.

Globalifilia por los transexuales. La Alianza Francesa Del Valle (Patricio Sanz 1056, esq. Ángel Urraza) lo invita a usted, lector(a) visual y altruista a la vez, a la exposición de fotografías de transexuales de París, Sydney (Vee Speers) y Ciudad de México (Aide Alcocer). Además, la artista plástica Alejandra Bogue ha creado un performance que proporciona el ambiente requerido para que las fotos dialoguen entre sí. La inauguración está dedicada a la Asociación Pide un Deseo, A.C., que apoya a los niños(as) con el poco conocido Síndrome de Gaucher. La exposición-performance se llevará a cabo el miércoles 7 de marzo del 2001 a las 20:30 hrs. y será inaugurada por Jean-Jacques Beucler, delegado general de la federación de las Alianzas Francesas de México. Nomás avise que va de mi parte a los siguientes números: 5575-2223 / fax: 5575-2011; o al emilio: [email protected]. La mano que mece la cuna es la de Elisabeth Ranedo, directora de la Alianza Francesa Del Valle, con quien podrá usted hacer citas para entrevistas, compras e informes. Vale.
  


CarlosGarcía-Tort

 
 
 
 
 

 


 

     
    “NOMBRE DE NIÑA EN SU ALMOHADA”

    En el feroz cuadro de Antonio Ruiz “el Corzito”, los Contemporáneos, encabezados por Salvador Novo, avanzan contoneando el caderamen, mientras conversan y subrayan sus palabras con ademanes delicados. Así, el pintor, como otros muchos críticos del grupo sin grupo, ponía todo el énfasis machista en la burla de las “desviaciones” y de los “reflejos invertidos” (¡vaya ingeniazo el de Maples Arce!) que “padecían” algunos de los miembros de la generación artística más importante del siglo pasado.

    Novo, el más valiente, ocupa el centro del cuadro y, de alguna misteriosa manera, marca el paso y señala el derrotero. Sus actitudes fueron, para su época, francamente suicidas y supo salirle al paso a la maledicencia burlándose de sí mismo y reconociendo sin tapujos sus preferencias sexuales y estéticas. Esta actitud le dio una fuerza tal que lo convirtió en pionero de una de las luchas de liberación más importantes del siglo, la de los homosexuales.

    Este y otros muchos aspectos de la vida y la obra de Novo (persona y personaje) son analizados con lucidez asombrosa por Carlos Monsiváis en su libro Salvador Novo, lo marginal en el centro.

    Uno de los aspectos principales del libro es el del análisis del papel jugado por los Contemporáneos en el desarrollo de la cultura nacional en los años que siguieron al largo y doloroso proceso revolucionario. Fueron objeto de odio de los nacionalistas a ultranza y de los estridentistas que preconizaban la urgencia de establecer un compromiso sociopolítico de vanguardia. Tanto la argumentación nacionalista como el discurso del estridentismo carecían de la fuerza e inteligencia capaces de enfrentar al talento y al genio de los Contemporáneos. Por esa razón recurrieron a los ataques personales y a las descalificaciones puritanas.

    Destaca Monsiváis el hecho de que los Contemporáneos no constituyeron un grupo homogéneo interesado en el poder literario o en el monopolio de las actividades artísticas. Owen pasó muchos años fuera del país, Cuesta y su monstruosa inteligencia se refugiaron en una soledad ominosa, Gorostiza y Torres Bodet (el primero con una discreta biografía y un poema inmenso; el segundo con un largo e importante currículum) se dedicaron al trabajo diplomático; el teatro llenó partes esenciales de las vidas de Novo y Villaurrutia, mientras que Ortiz de Montellano tenía un proyecto de difusión cultural bien organizado y coherente. Pellicer mantuvo siempre una cercana marginalidad y González Rojo, Gutiérrez Hermosillo y Elías Nandino participaron en la empresa fundamental del grupo: la revista Contemporáneos. En ella expusieron y defendieron la idea que los unía: hacer que México actualizara su información cultural, rompiera el aislamiento provocado por los largos años de luchas revolucionarias y se convirtiera en contemporáneo de los grandes centros culturales del mundo. Esto explica la inquietud expresada por Villaurrutia en sus reseñas de cine o en sus notas sobre pintura, la preocupación política de Cuesta y el interés de Novo por el teatro de su momento histórico. Por otra parte, todos ellos colaboraron en el desarrollo de la cultura nacional e iniciaron los estudios críticos en nuestro país. Recordemos la antología realizada por Cuesta, los ensayos de Villaurrutia sobre López Velarde, el interés de Novo por la cultura nahoa y la militancia latinoamericanista de Pellicer. Por todos estos contrastados hechos, el ensayo de Monsiváis nos enseña que en estas materias los matices son tan constantes e intensos que no es fácil –ni necesario– llegar a conclusiones tajantes o a definiciones restrictivas.

    Monsiváis nos presenta en su libro a un Novo de cuerpo entero y no incurre en las idealizaciones o en la usual hagiografía. La valerosa juventud, la frivolidad wildeana (y el posterior disgusto ante algunas de las actitudes del genio irlandés), la capacidad satírica y caricatural, la maledicencia y, a veces, hasta la suspicacia; el genial oído para la poesía, el paso seguro de la prosa, la aventura política que se dio al lado de Lombardo Toledano y su pp; el invencible reaccionarismo, la contrastada carrera teatral, la fascinación ante los poderes políticos y económicos, la capacidad de provocación, la fidelidad al personaje que obtuvo de sí mismo, la vejez que traicionó toda una vida y 
    se desplomó en el apoyo a los asesinos de Tlatelolco... todas estas facetas son objeto del análisis lúcido, afectuoso, admirativo y justo de Monsiváis que ya en el prólogo a La estatua de sal había iniciado su estudio a profundidad de uno de los personajes fundamentales del siglo xx mexicano.

    Desde el Novo que enfrentaba a la maledicencia con un valor unido a un gran talento, a una lengua afilada y a una versificación de alcurnia quevediana, hasta el anciano empelucado y maquillado casi como el personaje viscontiano de Muerte en Venecia, que apoyaba a los matarifes del diazordacismo y se negaba a entender la importancia 
    soiopolítica del ’68; pasando por el cronista, el cocinero muy eficiente (el filete a la Wellington, el huachinango relleno de nopales, los chiles en nogada y la sopa de flor de calabaza fueron algunas de sus especialidades) que servía banquetes a politicastros y ricachones que lo admiraban y zaherían; el buen actor, experimentado director, promotor teatral y mediano dramaturgo... en el libro de Monsiváis aparecen y desaparecen todos esos personajes en un juego pirandelliano lleno, a veces, de “estruendo y de furia” y casi siempre de risas contenidas, de fulminantes hallazgos irónicos, de párrafos suntuosos y de ternezas insignes expresadas por una de las voces poéticas principales de nuestro tiempo.

    Gracias a este libro recuperamos al Novo personaje, al Novo de los poemas amorosos, al amigo de sus amigos, al enemigo terrible, al pionero de la liberación gay, al cronista de una ciudad que ya iniciaba su camino hacia la degradación y “al niño que escribía nombre de niña en su almohada” y era visto con una mezcla de compasión, de gozo y de ternura por otro grande del siglo, Federico García Lorca, en su poema dedicado a Walt Whitman.
     
     
     

    Hugo Gutiérrez Vega