Jornada Semanal, 18 de marzo del 2001 


Rubén Moheno

Un clásico da para mucho
 
 

Permítasenos por esta ocasión recaer en la ya vieja disyuntiva que nunca termina de decidir si es mejor una película o la obra literaria que le da origen. En este caso, para muchos será obvio que Conrad lo hizo mucho mejor que Coppola; sin embargo, siempre es posible que el desconocimiento de una le dé la preferencia a la otra. Este ensayo de Rubén Moheno demuestra, una vez más, que El corazón de las tinieblas no se agota en Apocalipsis ni tampoco en las aberrantes “versiones” que gorilatos y dictaduras han perpetrado en contra de todos nosotros.



Ustedes saben que odio, detesto y no puedo soportar una mentira, no porque yo sea más recto que los demás, sino simplemente porque me aterra. Hay un tinte de muerte, un sabor de mortalidad en la mentira –que es exactamente lo que odio y detesto en el mundo–, lo que deseo olvidar. Me hace sentir enfermo y miserable, como lo haría si mordiera algo podrido. Temperamento, yo supongo. Bueno…” Es la voz del marino Marlow, narrador de El corazón de las tinieblas (1902), de Joseph Conrad.

Conrad, o Jozef Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski (1857-1924), nació en tierras ucranianas de Polonia ocupadas por Rusia, y es un clásico de las letras inglesas.

El inglés fue su tercer idioma, después del materno y del francés; tal vez por ello su lenguaje es denso.

Fue hijo único de un matrimonio de aristócratas polacos; personas que su narrativa describe con “gran capacidad para la emoción, para el ciego entusiasmo; con instintos marciales y creencias simples; e incluso la vieja costumbre de aderezar su discurso con palabras en latín”.

Su padre y otros parientes sufrieron represión y exilio; era una familia de inspiración patriótica que combatió a los autócratas rusos: “No se había oído de esa gente cuando nuestra casa ya era ilustre.”

Conrad expresó su aversión al país enemigo en la novela A los ojos de Occidente, y lealtad a sus orígenes en los cuentos “El alma del guerrero” y “Príncipe Roman”:
 

Se requiere una cierta grandeza de alma para interpretar el patriotismo en forma adecuada; o esa sinceridad de sentimientos que le está negada al refinamiento vulgar del pensamiento moderno, incapaz de entender la augusta sencillez de un sentimiento que procede de la naturaleza misma de las cosas y de los hombres.


Suelen ser sencillos los temas de Conrad: amor, honor, fidelidad, culpa, traición... y sus argumentos tienen perdurable consistencia. Ford Madox Ford y él consolidaron ese recurso de la novela moderna de diferenciar al autor del narrador. Narrador en quien no se podrá confiar totalmente.

En la novela El agente secreto hizo un patético testimonio de odio al terrorismo, y en un ensayo descargó su alma del sentimiento conservador y antirruso:
 

La ferocidad y la imbecilidad de una dominación autocrática que rechaza toda legalidad y de hecho se basa en la más completa anarquía moral, provoca la no menos imbécil y atroz respuesta de un puro revolucionismo utópico que conlleva destrucción con los primeros medios a su alcance, en la extraña convicción de que al colapso de cualquiera de las instituciones humanas existentes debe seguir un cambio fundamental en los corazones. Esta gente es incapaz de ver que todo lo que puede efectuar es un mero cambio de nombres. Los opresores y los oprimidos son todos rusos; y el mundo es llevado una vez más a confrontar los dichos cara a cara; que el tigre no puede cambiar sus rayas ni el leopardo sus manchas.


Sin embargo, mucho del éxito de Conrad se debe al sentimiento atávico de amor al mar, ése que nos cautivó en Homero, Emilio Salgari, R.L. Stevenson, Herman Melville, incluso en Jack London; y que la narrativa contemporánea intenta repetir, cuando las singladuras más publicitadas son de internet.

En Conrad, no obstante, hay líneas que parecen tocar hechos de nuestro tiempo, como éstas de Tifón (1902):
 

Esos son los momentos de inactividad heroica que a veces doblegan incluso a los buenos hombres. Sin duda muchos oficiales de barcos pueden recordar un caso de su experiencia en que tal trance de confuso estoicismo cayó de repente sobre toda la tripulación del barco. Jukes, sin embargo, no tenía una experiencia amplia sobre los hombres en las tormentas. Se percibía a sí mismo en calma; inexorablemente en calma. Pero en realidad estaba atemorizado; no en forma abyecta, tan sólo hasta donde podía estarlo un hombre decente, sin resultar despreciable para él mismo.


Conrad habló de ir al mar desde muy joven. Se hizo marino en Marsella a bordo de mercantes que surcaban el Caribe; escenario que aprovecharía para Nostromo: novela del amor secreto, del sigilo para realizar una empresa, y de la corrupción.

Hizo contrabando de armas para los carlistas españoles en el buque Tremolino, como lo refleja en La flecha de oro y en menor medida en El espejo del mar. En 1878, luego de un fracaso amoroso y un duelo con un estadunidense, abordó su primer barco inglés, el Mavis, y ese mismo año intentó suicidarse con un disparo en el pecho. Su herida no fue muy grave, pero inspiró a su tío y protector (Conrad quedó huérfano de niño) para liquidar sus deudas de juego.

Como oficial naval inglés viajó por el archipiélago malayo y el golfo de Tailandia. De ahí derivan La locura de Almayer, El negro del Narcissus, Lord Jim, Juventud, y La línea de sombra.

Esta última fue llevada al cine por el realizador polaco Andrei Wajda, y es uno de esos raros ejemplos en que se transpuso con éxito la línea de sombra que separa a la novela del cine.

El personaje de esa historia abandona de súbito y sin motivo barco y empleo para quedar varado en un puerto oriental. Luego cruzará la línea de sombra que representa asumir el mando de su nave como capitán por primera vez.

Una metáfora se superpone a otra; la navegación se encuentra en una línea de sombra también, con el paso de las naves de vela a otras propulsadas por motores. No se asigna una de éstas al personaje, sino un hermoso velero de silueta clásica que habrá de enfrentar la calma chicha que no apagaría una vela y la furia intempestiva de un tifón:
 

Uno cierra tras de sí la pequeña reja de mera muchachada, y entra en un jardín encantado. Las sombras mismas brillan con promesas. Cada vuelta del camino tiene su seducción. Y no es que se trate de un país no descubierto. Uno bien sabe que toda la humanidad ha circulado por ahí. Es el encanto de la experiencia universal, de la que uno espera una sensación personal o no común; un pedazo de uno.
Uno sigue reconociendo las huellas de sus predecesores, exaltado, divertido, tomando juntas la suerte adversa y la propicia; la rosa y las espinas, como dice el dicho. La pintoresca porción común que encierra tantas posibilidades para los merecedores, o tal vez para los afortunados. Sí. Uno sigue adelante. Y el tiempo, también, sigue adelante; hasta que uno percibe una línea de sombra al frente que le advierte que la región de la primera juventud, también, debe dejarse atrás.
Este es el periodo de la vida en que tales momentos de los que he hablado pueden venir probablemente. ¿Qué momentos? ¡Cómo!, los momentos de tedio, de hastío, de insatisfacción. Momentos temerarios, como contraer matrimonio de repente o incluso botar un trabajo sin motivo alguno.


Todos sus biógrafos citan cuando Conrad, de niño, señaló el corazón de África en un mapa y dijo que viajaría allí un día.

De sus viajes al Congo tomó recuerdos para escribir El corazón de las tinieblas, la historia de Kurtz, un representante imperial que saquea riquezas para sí mismo en un país atrasado y adquiere tal poder en su aislamiento que llega a perder la razón. En su aventura mezcla refinamientos civilizados y métodos selváticos para engendrar una barbarie sin precedentes. Entonces llega un enviado de la metrópoli a poner orden.

Los motivos de Kurtz, claro está, eran del corazón; deseaba regresar a su prometida con la riqueza que fue a buscar para merecerla.

Fiel a su modo a la línea argumental de Conrad, la película de Francis Ford Coppola, Apocalipsis (1979), es una imaginativa recreación de la derrota estadunidense en Vietnam. Ahí viajamos en misión a Camboya con el capitán Willard, para asesinar al boina verde renegado que se ha erigido en un dios para la tribu local. A medida que avanza hacia su objetivo, los poderes hipnóticos de la selva, los combates y la locura circundante se apoderan de ese capitán. Sus hombres sucumben a las drogas y son asesinados uno a uno, y Willard se parece cada vez más al hombre que va a asesinar.

Habría otras adaptaciones más cercanas y actuales; otros caminos hacia el corazón de las tinieblas: así el envejecido Pinochet que debe enfrentar su pasado genocida cuando decae el apoyo de la potencia extranjera que lo impulsó. O los militares contrainsurgentes mexicanos de la guerra fría, cuando los sustituye una nueva generación que ha tomado cursos de relaciones públicas. O algún cacique de la historia de Chiapas que debe enfrentar... Un clásico da para mucho.