Tania MOLINA RAMIREZ
Moisés
López, guerrerense de unos nueve años, ya lleva dos temporadas
agrícolas trabajando en la cosecha de jitomate en Sinaloa.
A sus 14 años, David Jesús Reyna es, de oficio,
vendedor; hace cuatro años que entró al negocio en Tepito.
Adrián Sánchez, oaxaqueño de 15 años,
transporta frutas y verduras en su diablito, desde hace un año,
en la Central de Abasto.
Los tres laboran en la ilegalidad.
Según la Constitución, está prohibido que los menores de 14 años trabajen y, sin embargo, de acuerdo con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), de los 37 millones de niños mexicanos, 5 millones desempeñan alguna actividad laboral; de ellos, 2 millones son menores de 12 años. La Central Latinoamericana de Trabajadores (Clat) maneja una cifra mucho mayor: poco más de 10 millones de infantes trabajadores.
Los adolescentes de entre 14 y 16 años deben tener permiso de sus padres y de las autoridades laborales para poder trabajar. Adrián carece del permiso laboral, así como el resto de los diableros.
Mari Carmen Martínez, de 16 años, empaca las compras de los clientes en una tienda de autoservicio desde hace un par de meses. Su situación es privilegiada, comparada con la de David, Adrián y Moisés. Mari Carmen es una de los 9 mil 500 menores empacadores en la capital del país cuyos derechos laborales están protegidos, desde julio de 1999, mediante un convenio entre el Gobierno del Distrito Federal y la Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicio y Departamentales (ANTAD).
Según el Colectivo Mexicano de Apoyo a la Niñez (Comexani), 2 millones y medio de menores laboran en zonas urbanas.
Ť La ciudad
A los 10 años, David vendía ropa interior femenina sobre Eje Central, a la altura del barrio de Tepito. Delgado, tímido, asegura que comenzó a trabajar no porque su mamá lo obligara -su papá los abandonó-, sino "por gusto y por necesidad". Y es que sus dos hermanos mayores también comenz aron a ganar dinero a esa edad. Era lo normal.
Ahora gana 400 pesos a la semana vendiendo discos compactos quemados, desde Los Tucanes hasta Jethro Tull, en Tepito. El puesto es de su cuñado, y David trabaja, de dos a seis de la tarde, con dos primas del dueño del local. En las mañanas va a la secundaria.
El pequeño comerciante paga sus estudios y le da una parte del sueldo a su mamá ?quien es empleada en una tienda de telas? para el gasto. A veces se compra algún disco quemado, aunque prefiere comprar los compactos originales, "porque traen la letra".
David no sabe si va a seguir estudiando. En cambio, lo que sí tiene claro es que quiere seguir chambeando en Tepito: "Ya me acostumbré a trabajar y estudiar, ya no podría dejar de trabajar".
De acuerdo con datos del Unicef y del DIF, 140 mil niños del país laboran en el sector informal.
Debido
a que el trabajo infantil es, en la mayoría de las ocasiones, una
práctica ilegal y clandestina, es muy difícil calcular el
número de menores que laboran en el mundo. Según estimaciones
de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), unos 250 millones
de niños entre cinco y 14 años desempeñan alguna actividad
económica, 120 millones de tiempo completo y 130 de medio tiempo.
61% son asiáticos, 32% africanos y 7% latinoamericanos (aproximadamente
17 millones y medio).
Esta cifra no toma en cuenta a los niños trabajadores en los países industrializados ni a los que se escapan de las estadísticas, como los infantes que hacen labores domésticas.
Algunas estimaciones que tratan de incluir lo anterior hablan de cerca de 500 millones de niños trabajadores.
A escala nacional, estas son algunas de las cifras:
Ť Un estudio reciente realizado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) sostiene que 23% de los mexicanos entre 13 y 17 años trabaja.
Ť El Unicef calcula que al menos 13 mil menores en México se dedican a "actividades no económicas y que se pueden catalogar como de sobrevivencia (prostitución, mendicidad, pepena, carga, estiba, ayudantes de albañilería)".
Mari Carmen pronto tendrá que dejar su trabajo porque será demasiado vieja. Y es que en unos meses cumplirá 17 años.
Según la ley, todos los empacadores, conocidos como cerillos, deben tener entre 14 y 16 años. Fuera de este rango de edad, las autoridades laborales no les otorgan el permiso laboral.
La joven trabaja "por gusto". Su mamá es jefa de departamento en la Sedeso y su padre es ingeniero informático. Comenzó a empacar durante las vacaciones y quiere probar si puede seguir con el trabajo sin que entorpezca sus estudios.
Está cursando el segundo semestre de la vocacional en el Politécnico. Lleva 9.75 de promedio, así que, si decide quedarse con el empleo, seguramente será una de las "becadas" del supermercado. En el convenio GDF-ANTAD se establece que las tiendas de autoservicio deberán otorgar anual mente, en efectivo o en especie, por lo menos 300 pesos a aquellos cerillos que tengan arriba de nueve de promedio. El año pasado, en la tienda donde trabaja, de los alrededor de 70 empacadores, a cinco de ellos les dieron 300 pesos.
Las autoridades laborales aseguran que todos los niños que hacen esta labor están estudiando. Y es que el convenio establece que no se le dará permiso a ningún adolescente que no compruebe que está cursando estudios. Sin embargo, desde antes de la firma del convenio ya había un alto nivel de escolaridad. Según una encuesta realizada a finales de 1998 por la Dirección General de Trabajo y Previsión Social del DF, 90% de los empacadores iban a la escuela.
Hay días buenos y días malos. Mari Carmen dice que en la pasada semana de Navidad se ganó aproximadamente 150 pesos diarios, pero que, por lo general, se lleva 100. Todo lo está ahorrando para poder estudiar medicina.
Mari Carmen trabaja en el tercer turno: de cinco de la tarde a 10 de la noche. Algunas veces le toca salir después, como a las 10 y media. Lo bueno, dice, es que pasan por ella. ¿Tu novio? Ríe con timidez. "No, mis papás", contesta.
Mari Carmen es una de los más de 70 mil menores cerillos en el país, según estima el GDF a partir de cifras de las tiendas.
Adrián
trabaja de tres a nueve de la mañana empujando su diablito
cargado de frutas, legumbres, verduras y abarrotes, que llega a pesar hasta
300 kilos. No tiene ni un día de descanso. Labora 42 horas a la
semana y no recibe un salario. Lo que gana depende, como en el caso de
los empacadores, de la generosidad del cliente.
Cada madrugada, como a la una y media, se levanta y emprende el recorrido de media hora, en bicicleta, a la Central de Abasto de la Ciudad de México, el mercado más grande del país.
José Luis Gutiérrez, director del Centro de Apoyo al Menor trabajador de la Central de Abasto (CAM), calcula que, en total, hay una población flotante de casi 2 mil menores trabajadores en la central. Según el GDF, al menos 700 son carretilleros, también conocidos como diableros. Y, como Adrián, muchos provienen de otros estados, principalmente Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Puebla, Veracruz y estado de México.
Adrián llegó de Teotitlán, Oaxaca, hace un año, a los 14, y desde entonces no ha vuelto a su tierra. Su padre lo acompañó hasta la capital y luego se regresó al pueblo. El joven llegó a casa de sus primos oaxaqueños mayores, quienes ya trabajaban en la central. Ellos le enseñaron el oficio de diablero.
Gana entre 100 y 150 pesos diarios, ingreso que le alcanza para contribuir con la renta y los gastos de la casa donde vive con sus primos. Aún no ha ahorrado ni enviado dinero a su familia.
"Ya terminé de estudiar", dice Adrián. ¿Hasta qué año cursaste? "Acabé la telesecundaria".
A diferencia de los cerillos, los diableros no cuentan con convenios que respalden sus derechos. Existe, eso sí, desde la regencia de Manuel Camacho, el Centro de Apoyo al Menor trabajador de la Central de Abasto, el cual -según su director-el año pasado atendió a mil 141 menores. Está ubicado cerca de la central, en la colonia San José Aculco, y cuenta con un pequeño centro de cómputo y gimnasio, una biblioteca, baños, salones y canchas de futbol, volibol y basquetbol.
ŤEl campo
"Las chiquillas y los chiquillos son primero. Daremos vigencia plena a la ley federal de protección a los derechos de las niñas, los niños y los adolescentes", prometió Vicente Fox en plena campaña electoral.
Pero en su empresa agrícola, El Cerrito, estaban reclutados menores de 14 años para trabajar seis días a la semana por un jornal de 65 pesos, sin seguro social ni atención médica.
Las cifras varían. Según el Comexani, un millón y medio de niños laboran en campos agrícolas (como la mitad de la población total jornalera); de acuerdo con el Unicef, hay aproximadamente 900 mil.
Además, muchos infantes que viven en zonas rurales se dedican a labores para ayudar a la manutención familiar, como los niños guerrerenses pastores que, mientras cuidan a los chivos, tejen la palma.
Moisés López, de unos nueve años, entra, con mirada asustada, al pequeño cuartito en la sinaloense agrícola Santa Teresa para "tomarse la foto" de la credencial de la empresa. Afuera se amontonan decenas de oaxaqueños y guerrerenses que esperan su turno. Dentro, la trabajadora social, Kukis, está sentada ante un escritorio con una libreta abierta frente a ella. Es noviembre de 2000, inicio de la temporada agrícola.
-¿Nombre? - le grita Kukis a Moisés, como si estuviese sordo.
-Moisés López - contesta el niño del poblado de San Miguel, en la Sierra Mixteca.
-¿Edad? - grita Kukis.
-Once - responde, con timidez, Moisés.
-Recárgate en esa pared -le pide la trabajadora social.
Por más que Moisés se estira para tratar de tocar con la cabeza la marca que, según los administradores de la agrícola, representan los 11 años, la edad mínima para poder trabajar, no la alcanza.
-Por la estatura, no lo anotamos -dice Kukis.
-Pero lo apuntaron el año pasado; ya está grande, nomás no come bien - alega Timoteo Muñoz, uno de los mayordomos en los campos de la familia Podesta, y tío de Moisés.
- Pero este año no vamos a anotar a menores de 11 años - le contesta la trabajadora social - . El gobierno va a estar vigilando más los campos, y si descubren niños trabajando, nos van a multar.
En esta temporada agrícola, la Sedeso, las autoridades laborales y las empresas pusieron en marcha un ambicioso programa conjunto, con el fin de que en unos años esté erradicado el trabajo infantil en el campo sinaloense. Habrá una supervisión más estricta en el agro y se otorgarán "becas infantiles".
Doce mil niños acuden a escuelas o estancias infantiles situadas en los campos agrícolas, según Edmundo Salas Garza, director del Consejo Nacional para el Fomento Educativo (Conafe). Hay cerca de 17 mil menores jornaleros en Sinaloa, señala Hilario Gastélum, de la Dirección del Trabajo y Previsión Social estatal. Antes la situación era peor: en los últimos cuatro años, la asistencia escolar se incrementó 300%, dice el subsecretario del Trabajo y Previsión Social estatal, Javier Moctezuma Barragán.
Sin embargo, muchos niños no continúan con sus estudios cuando regresan a su estado natal.
Además, tanto empresarios como trabajadores tienen sus reticencias a que los menores dejen de laborar.
Antonio López, el padre de Moisés, resume lo que muchos jornaleros opinan: "Tiene razón el gobierno que no deja trabajar a los niños, pero yo los traje a Sinaloa porque está duro, no alcanza. Ahorita el trabajo está suave (limpiar y podar las plantas de jitomate), está bueno para que gane un bulto de maseca. Cuando comience lo pesado (la cosecha), puede descansar y estudiar". Y es que, frente a las carencias, los 50 pesos que Moisés puede ganar ?equivalente al jornal de su padre? no se pueden despreciar.Ť
"Decimos sí al trabajo, no a la explotación; sí al trabajo, no al maltrato; sí al trabajo, no a los abusos; sí al trabajo, no a la exclusión social". Estas fueron las palabras de Ana María Catín Torrentes, de 17 años, del Movimiento de Niños y Adolescentes Trabajadores en Nicaragua, ante los sorprendidos asistentes a la Conferencia sobre Trabajo Infantil, en Amsterdam, en 1996.
Y fue más allá: "Mientras no haya un verdadero asalto a las raíces de la pobreza, los niños deben tener derecho a trabajar". Ana María preguntó: "¿Es mejor ser explotado a partir de los 15 años de edad?".
Los participantes en la conferencia -ministros, sindicalistas, representantes de organizaciones y agencias internacionales de 30 países - estaban ahí para comenzar la campaña informativa de una nueva convención sobre trabajo infantil de la OIT que se presentaría en tres años (el Convenio 182 sobre la Prohibición de las Peores Formas de Trabajo Infantil y la Acción Inmediata para su Eliminación). Había un consenso casi total de que prácticamente todas las formas de trabajo infantil eran intolerables. Sólo los delegados adolescentes expusieron una declaración (niños trabajadores de muchos países ya habían trabajado este documento en numerosas reuniones internacionales, regionales y locales) en otro sentido:
Nosotros, los niños trabajadores del Tercer Mundo, proponemos:
1. Queremos que se tomen en cuenta nuestros problemas, nuestras iniciativas, propuestas y formas de organización.
2. Estamos en contra del boicot a productos hechos por niños.
3. Queremos respeto y seguridad a nuestras personas y al trabajo que hacemos.
4. Queremos un sistema educativo cuyo contenido y metodología se adapten a nuestra realidad.
5. Queremos capacitación profesional que se adapte a nuestra realidad y capacidades.
6. Queremos acceso a buenos servicios de salud.
7. Queremos ser consultados en todas las decisiones que nos incumben, tanto a nivel local como nacional e internacional.
8. Queremos que las causas profundas de nuestra situación, principalmente la pobreza, sean atacadas.
9. Queremos más actividad en las zonas rurales para que los niños no tengan que emigrar a las ciudades.
10. Estamos en contra de cualquier forma de explotación en el trabajo; pero estamos a favor del trabajo con dignidad, con un horario que nos permita tener tiempo para la educación y el ocio.
En cualquier conferencia, queremos representación sobre una base de equidad (si hay 20 ministros, queremos 20 niños trabajadores presentes). Nosotros discutiremos con los ministros, pero no queremos que nos representen.
En el artículo primero se establece que los países que ratifiquen el convenio "deberán adoptar medidas inmediatas y eficaces para conseguir la prohibición y la eliminación de las peores formas de trabajo infantil con carácter de urgencia". El término "niño" designa a toda persona menor de 18 años.
En el artículo tercero declara que "las peores formas de trabajo infantil son: a) la esclavitud o las prácticas análogas a la esclavitud, como la venta y el tráfico de niños, la servidumbre por deudas y la condición de siervo, y el trabajo forzoso u obligatorio; b) la utilización, el reclutamiento o la oferta de niños para la prostitución, la producción de pornografía o actuaciones pornográficas; c) el uso, el reclutamiento o la oferta de niños para la realización de actividades ilícitas, y d) el trabajo que es probable que dañe la salud, la seguridad o la moralidad de los niños".