Lunes en la Ciencia, 9 de abril del 2001



 

Debate entre el equilibrio económico y la protección a la naturaleza


Un planeta desahuciado

Jalil Saab

"En verdad, no es el hambre sino más

bien la abundancia, lo que produce la avaricia".

Michel de Montaigne

planeta Sin que la humanidad haya resuelto sus problemas tradicionales (hambre, injusticia, ignorancia, prejuicios, discriminación, violencia incontrolada), las sociedades modernas y las anacrónicas enfrentan una amenaza relativamente novedosa: la destrucción masiva de su hábitat. Con anterioridad diferentes culturas y civilizaciones sufrieron las consecuencias del abuso de los recursos bióticos. Primero fue la caza exhaustiva, después la agricultura extensiva y la sobrexplotación de las maderas, al mismo tiempo la erosión del suelo por los monocultivos y el sobrepastoreo; posteriormente, reducidas áreas con deterioros atmosféricos, acuíferos y de suelo por la actividad industrial y urbana. Las alteraciones climáticas y geológicas naturales han producido hecatombes biológicas a lo largo de la vida del planeta y durante la presencia humana en él. Glaciaciones, vulcanismo, sequías, huracanes, etc, se han presentado en forma recurrente. Sin embargo, siempre existía la posibilidad de encontrar y ocupar nuevas tierras. La naturaleza contaba con suficiente tiempo para recuperar buena parte de sus condiciones originales, incluso después de cataclismos volcánicos.

Ahora, la situación ha cambiado. Adicionalmente a las catástrofes naturales tenemos la actividad humana que, mientras fue de poca cuantía, sólo era regional: los cedros del Líbano se agotaron para construir palacios y flotas mercantes y militares de fenicios, griegos y romanos; los inmensos bosques de España, que hubiesen permitido a "un simio viajar de los Pirineos a Gibraltar sin tocar el suelo", terminaron por agotarse durante la Edad Media y el Renacimiento para construir los galeones o quemándose en las chimeneas; la flora y los rebaños de bisontes de las planicies norteamericanas mermaron drásticamente ante el avance agrícola y ganadero; las arboledas del Magdalena colombiano fueron un recuerdo cuando los barcos de vapor las consumieron en unas cuantas décadas para sus calderas insaciables.

Días contados de las selvas

El incremento exponencial de la población ha obligado a la ocupación de todo terreno viable, y no viable, para la subsistencia. La otrora impenetrable amazonia tiene sus días contados, al igual que las restantes selvas húmedas asiáticas, africanas y centroamericanas. Desfoliadores han sido usados para poder matar gente en Vietnam, y lo que eran selvas impenetrables se han convertido en desiertos mortíferos que afectan a las nuevas generaciones que no conocieron la guerra. Los bulldogzers y las sierras mecánicas arrasan vertiginosamente bosques de coníferas y tropicales. Las motoconformadoras eliminan manglares y pantanos. Hasta la flora desértica está amenazada por la demanda ornamental de los países desarrollados. Se promueve el monocultivo sin importar los daños geobióticos que ocasiona y la dependencia económica que provoca.

La actual desmedida codicia humana por la energía es añadida a todas aquellas codicias históricas. Antes, el disfrute del poder se reducía a aplicarlo a las bestias de carga y a los demás hombres, ahora se ejerce a la naturaleza en su conjunto. A mayor nivel de vida mayor consumo de energía y otros satisfactores. El "Sistema Planificador" de las sociedades posindustriales no está diseñado para los pobres.

Los ricos contaminadores

planeta1 Los habitantes de países ricos representan menos de 15 por ciento del total de la población mundial (6 mil millones de personas). Pero el consumo total de combustibles (petróleo, carbón, gas natural, madera) en el mundo se reparte desigualmente: 69 por ciento en los países industrialmente desarrollados y 31 por ciento para los países periféricos. El consumo per cápita es cercano a las 11 toneladas equivalentes de carbón (e.c.) para un habitante de los primeros y de menos de 1.4 toneladas e.c. por persona para los segundos, siendo el promedio mundial de consumo por habitante de más de 3.4 toneladas de combustible al año. En 1960 se consumieron unos 120 X 1018 joules; para el año 1994 se calcula que el consumo fue de unos 350 X 1018 joules de energía (casi tres veces más, en 35 años), de los cuales cerca de 2 terceras partes fueron quemadas para satisfacer las necesidades de sociedades opulentas. En otras palabras, mayor número de pobres consumirán menor cantidad de los energéticos disponibles.

EU, con cerca de 6 por ciento de la población mundial, consume más de 25 por ciento del total de los energéticos producidos anualmente e importa casi la mitad de esos combustibles; su consumo per cápita es 340 mil millones joules/año (40 veces más que un ciudadano tercermundista). Por otro lado, los países de la OCDE que representan 13 por ciento de la población planetaria producen más de 48 por ciento de las emisiones carbónicas a la atmósfera, no obstante que cuentan con tecnologías mas "limpias" que las del tercer mundo. Nuestro país aporta al "efecto invernadero" 1.4 por ciento del total (no se consideran los incendios forestales masivos de 1998). Un mexicano promedio produce 3.9 ton/año de bióxido de carbono, un chino 2.7, un alemán 10.2 y un estadunidense 20.5 ton/año. Según diversos estudios, el cambio climático podría provocar problemas de salud, escasez de agua y de alimentos, pérdida de viviendas y degradación de ecosistemas en todo el mundo. La temperatura promedio de la Tierra aumentaría entre uno y 3.5 grados centígrados para el año 2100 y el nivel del mar subiría entre 15 y 95 centímetros, o más, en el mismo lapso.

Los acuerdos de oropel

El Tratado de Kioto -firmado por 65 países en 1997, pero sólo ratificado por Rumania- intenta limitar las emisiones de los gases causantes del efecto invernadero. Según este pacto, Estados Unidos debe reducir hacia 2012 sus emisiones de bióxido de carbono, metano y otros contaminantes un 7 por ciento en relación con los niveles de 1990.

Estados Unidos, el mayor consumidor de combustibles fósiles y el mayor contaminador atmosférico, se ha negado a firmar acuerdos ecológicos como el de la Conferencia de Río, que otros países sí acatan. Ahora, el presidente Bush Jr. nos receta una vuelta de tuerca más y rechaza el Tratado de Kioto, que William Clinton había aceptado. De nada han servido las protestas de otros países industrializados, y muchos de sus propios ciudadanos, dado que el argumento del jerarca estadunidense es implacable e irrebatible: šes más importante la economía que la ecología! Con éste parámetro no es difícil visualizar, a mediano plazo, lo que le espera a la especie humana y al planeta; la propuesta de los investigadores del MIT Meadows y Randers, "una economía que sea un medio, y no un fin, que sirva al bienestar de la comunidad humana y al medio ambiente", es sólo una falacia. Celebremos la sabiduría de los poderosos que se preocupan por una economía sana, aunque no haya sociedad humana que pueda disfrutarla en el futuro. Cuanta razón tuvo Einstein cuando dijo, "Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. De la primera no estoy muy seguro".

El autor es jefe de la Unidad de Docencia del Instituto de Biotecnología de la UNAM

jalil@ibt.unam.mx

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