La Jornada Semanal, 17 de junio del 2001
(h)ojeadas

Relatos del destino y del desatino

Augusto Isla

 


 

 
 
 
 
 

Sergio Fernández,
La realidad de un simulacro: el cine,
Conaculta,
México, 2000.
 

 

Sergio Fernández tiene una irrefrenable vocación narrativa. Siempre está contando algo, sobre todo aquello para lo cual ha educado su mirada penetrante y maliciosa. Observa como pocos las entretelas del alma, sus monstruosidades, sus torturas, sus caídas; en fin, todo lo que hay en ella de retorcido y ambiguo, legado del barroco y de las putrefacciones sociales que lo nutren: derroche, prodigalidad, exhibicionismo.

Pero cuando se sienta a escribir, aquel goce se convierte en sufrimiento. Alguna vez quiso ser músico y tocar la guitarra. Le sangraban las manos. Después decidió ser escritor aunque las consecuencias fueran peores: el alma sangra ante la página en blanco. Pues no se trata de transcribir sino de crear, de proponer una escritura. En su búsqueda ha tenido que sacrificar incluso lo que más ama: la anécdota, o al menos reducirla a su mínima expresión. 

En Los peces salió airoso de la prueba: es una magnífica novela lírica. Pero eso mismo hizo de Fernández un escritor novedoso en nuestro medio literario y, al mismo tiempo, difícil; admirado y marginal. Sin renunciar a su propuesta narrativa, en libros posteriores –Los desfiguros de mi corazón, Olvídame y Miradas subversivas– se reconcilia con la anécdota pero incorpora otros componentes que disuelven las fronteras de los géneros, de suerte que su escritura congrega la narrativa, el ensayo, la lírica, la crítica de arte, la crónica de viaje e, incluso, la confesión como la practicaron San Agustín y Rousseau.

A la complejidad derivada de ese entreveramiento de los géneros, el autor añade otras: la proliferación de metáforas, las referencias a los autores clásicos de la lengua castellana, las evocaciones pictóricas, el uso siempre pertinente del habla popular.

Su libro más reciente, La realidad de un simulacro: el cine, se ocupa del arte del cinematógrafo, el más revolucionario del siglo XX, en la medida que se asocia con los progresos de las técnicas. En apariencia nos cuenta películas, pero visto más a fondo se trata de un retablo de deidades, todas íntimamente suyas. Las deidades –salvo Buster Keaton, que es el contrapunto de lo andrógino, una de las claves de la literatura de Fernández– son diosas. Pues es en el universo femenino –siempre entretejido con lo viril– donde se ubica su Olimpo, en el que habitan, donde brillan Bette Davis, Greta Garbo, Joan Crawford, Vivian Leigh, Elizabeth Taylor y Jessica Lange, entre otras.

Por ser bellas, por su poderío histriónico, las mujeres dominan la pantalla y eclipsan a la figura masculina; más aún, ellas mismas han sido tocadas por ciertos rasgos masculinos visibles en el cuerpo o en el alma. Ellas, mejor que los varones, encarnan la pasión, los celos, la tragedia de la humana criatura. Son lo más parecido a los dioses, ánforas perfectas para el heroísmo pagano. Tal vez sea por envidia que Pablo de Tarso las haya reducido a sujetos pasivos y obedientes: ninguna heroína cristiana es comparable a Antígona. 

De modo entonces que Sergio Fernández viene a contarnos lo que sus diosas prepotentes y traviesas han hecho con sus personajes, en uno de sus tantos periplos. En este sentido, el libro es un conjunto de relatos mitológicos, ni más ni menos, como aquél que nos narra las astucias del dios que, transformado en toro, rapta a la bella Europa. Relatos mitológicos que, hurtados al cine, podríamos considerar como una dulce venganza de la literatura contra el cine, que no se ha cansado de vampirizar a aquélla al tomar como materia de sus narraciones ya el teatro, ya la novela. Aunque a decir verdad, el cine, por la índole de sus convenciones, no traduce sino recrea con más o menos fortuna las anécdotas. No faltan en el libro ejemplos de ese parasitismo, por llamarlo de algún modo, en casos como La carta de Somerset Maugham, Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams, o Washington Square de Henry James.

Sin embargo, tal cosa no molesta al autor, quien, por el contrario, considera al cine como la suma de las artes. Pues bien, así como el cine se ha valido de la literatura para conseguir sus hazañas, Fernández usa el pretexto del cine para su nueva aventura literaria. Digo pretexto porque el escritor no sigue fielmente la trama como si platicara. Lejos de eso, imprime su propio ritmo, enfatiza aquí y allá, transita libremente por los predios donde se mueve la diva; va de ésta al personaje, de éste a aquélla; observa cómo se comunican por pasajes secretos el cine, la novela, el teatro, la televisión; todo esto con su habitual modo de metaforizar acudiendo a la naturaleza o a la pintura, que le ofrece imágenes para comprender la fuerza y la voluptuosidad de sus deidades femeninas.

Lo que destaca, pues, es la percepción del escritor, lo que éste encuentra en los relatos cinematográficos; en suma, sus obsesiones. Por eso, aunque él nos diga en el prólogo que escogió, por esta o aquella razón, a tal o cual diva, lo que yo, al menos, aprecio, es cómo su mirada detectivesca persigue los pasos de las deidades metamorfoseadas que van, todas, en pos de su destino. 

El destino es el torrente mismo de la vida por cuyas aguas, entremezclándose, corren el querer y el acaecer, la intención y el azar. Pero no un azar cualquiera sino aquél que, por afinidad, el centro del yo escoge y, por tanto, determina el curso del vivir. El destino es, pues, lo que somos. Estamos en él, y él en nosotros en una "coincidencia de altura", diría George Simmel.

Según la percepción de Sergio Fernández, hay un ámbito en el que se decide el destino de los seres individuales. Es el de la pasión de amor, sentimiento caudaloso como el que más; hecho que absolutiza el existir; fuente de dicha o de desdicha. La visión del escritor es, a este respecto, pesimista, como corresponde a un espíritu barroco y también moderno, afín a Sor Juana y a Marcel Proust al propio tiempo. De modo que el destino no se resuelve en la consumación del amor sino de su contrario: el desamor. Pues algo se interpone siempre y sabotea la dicha: un objeto de amor equivocado, la codicia, las convenciones morales, un apetito narcisista, los altos intereses de la política, la estupidez o la torpeza, que puede ser tan descomunal que nos mata de risa; manifestaciones éstas de una opacidad ontológica que nos impide la comunicación con el otro.

En La carta, Leslie Crosbie (Bette Davis) asesina a su amante exótico y purga una condena moral, tejiendo en la soledad de un hogar que nunca será suyo; en Humesque, Helen Wright (Joan Crawford) se suicida por la imposibilidad de su amor con un concertista edípico que no la comprende; en La heredera, Catherine Sloper (Olivia de Havilland) muere en vida después de rechazar a su codicioso pretendiente; Blanch Dubois (Vivien Leigh) enloquece tras el suicidio de su joven amante homosexual; Mata Hari (Greta Garbo) sacrifica el amor en el altar absurdo de los intereses políticos; en Un verano en Venecia, Jean Hudson (Catherine Hepburn) regresa a su mediocre vida después de un fugaz y desatinado amorío con un apolo veneciano; en Sonata de Otoño, Carlota (Ingrid Bergman), que jamás consigue la total reconciliación con su hija Eva, reanuda el itinerario de una vida vacía como concertista; Maggie Smith (Miss Broodie), obsesionada con erráticos ideales políticos, se rehusa al amor de Teddy y, en cambio, induce a una de sus alumnas a una aventura que le cuesta la vida; para sólo citar algunos ejemplos.

Las diosas, pues, encarnan a heroínas trágicas en las que Fernández, por afinidad con ellas, prueba una vez más el fracaso de la existencia, la esencial desdicha del vivir, no exento, claro está, de esos momentos de perfección, de éxtasis que robamos a nuestra propia necedad, a lo que somos, en fin, a eso que llamamos destino que no es, viéndolo bien, sólo el de los individuos, sino el de las colectividades, el de la historia misma, ya que, como pensaba Rousseau, "en manos de los hombres todo degenera". Por ello, todo destino es, a fin de cuentas, un desatino.

Pero volviendo a lo nuestro, precisamente ese momento perfecto, esa experiencia equiparable a la mística, ese éxtasis es, al menos para Sergio Fernández, la escritura. Por eso, el autor, que es un hombre tímido, divertido, con un gran sentido del humor, se limita a entregarnos los frutos sabrosos y refinados de su experiencia extática; luego, da la media vuelta y se va, a diferencia de otros que, ejerciendo una especie de mendicidad, andan por el mundo, por sus mercados y ferias, implorando de manera patética ser leídos, respetados y honrados.

Todo esto significa que en esa desbordada Babel que es el mundo de los libros, su presencia es un poco distraída, pues él, una vez arrojada la botella al mar, estoy seguro, tiene ya la cabeza en otra cosa, en otro punto de su destino, tal vez en el Hospicio Cabañas, en Orozco, de donde extraerá nuevas fuerzas para volver a prodigarse, a consumirse en otra aventura, en silencio, ardientemente. Como un hombre en llamas.
 

n o v e l a

Una mujer y su circunstancia 

Guadalupe Bucio Gaona


 
 

Roddy Doyle, 
La mujer que se estrellaba contra las puertas
Grupo Editorial Norma, 
Colombia, 1998.
 
 

 

Mucho se ha escrito sobre los derechos femeninos. Organizaciones de mujeres van y vienen, enarbolando la bandera de la igualdad sexual dentro del hogar y del trabajo; sin embargo, poco o nada se puede hacer si la mujer maltratada es incapaz de denunciar al marido o al jefe. Algo actúa dentro de la psicología femenina, evitando que ella acepte su realidad. Los factores ocultos son descritos magistralmente por el autor de La mujer que se estrellaba contra las puertas.

Roddy Doyle, el escritor consentido de los irlandeses, publicó en 1987 los Commitments, en 1990 dio a conocer El renacuajo y en 1991 The Van. Las tres obras fueron llevadas al cine de manera exitosa. En 1993 ganó el Premio Booker con Paddy Clarke ja ja ja, obra en la que revela su peculiar sentido del humor. Su última novela, La mujer que se estrellaba contra las puertas, impacta al público por desenmascarar la vida de una mujer de la clase obrera inmersa en la violencia familiar. 

Los irlandeses prácticamente se beben sus libros y los comentan en todas partes. Según los críticos, Doyle “es uno de los escritores más jóvenes de Irlanda, uno de los más populares, el más cómico, su sentido del humor está lleno de sorpresas, su forma de narrativa es original, posee ingenio y estilo propios”.

La mujer que se estrellaba contra las puertas es de los pocos libros del autor traducidos al español que encontramos en México. Al abrirlo, el lector quedará atrapado con el lenguaje de la calle y, lo más sorprendente, en todo momento escuchará la voz de Paula Spencer contando su historia sin llegar al melodrama. El autor no busca la lágrima fácil y logra narrar la vida de una obrera habitante de cualquier país del mundo, con lo cual demuestra que la literatura no tiene edad, sexo, ni es exclusiva de una nación. 

Paula Spencer odia que toquen la puerta de su casa, teme encontrar algo desagradable del otro lado, se espanta con el sonido del timbre. De cualquier manera, llaman a su puerta. Es un policía, ella lo sabe, no es necesario decírselo. Se trata de Charlo, su esposo. Guarda silencio. Recuerda el baile donde lo conoció. Charlo, el chico guapo, el líder de la banda, el hombre seguro de sí mismo, deseado por las mujeres, temido por los hombres. De él se dicen muchas cosas: se comenta el tamaño de su miembro, su porte arrogante, sus conquistas. Paula se queda petrificada al tenerlo frente a frente y baila con él toda la noche. No recuerda bien qué pasó, ni cómo fue a dar al suelo. Olvida los golpes, se obstina en conservar la imagen del hombre amado. Escucha, lejana y distraída, la noticia: Charlo ha muerto al perpetrar un asalto. 

Se crea expectación. ¿Cómo murió? ¿Cuándo? ¿Qué esperan de ella? Antes del sepelio de Charlo, Paula recorre su vida con la memoria. Evoca los momentos felices: la boda y el primer beso, el deseo sexual desatado en los primeros meses de convivencia con su pareja, su infancia en un suburbio popular, a la atrevida jovencita que masturbó a un compañero en el salón de clases. También recuerda los momentos amargos: los diecisiete años de golpes al lado del marido, la pobreza extrema, su alcoholismo.

La lucha solitaria de Paula contra el alcohol da origen a un texto vertiginoso; las palabras se mueven, se contradicen, se arañan. El lector conoce la desesperación de esa mujer destruida para comprenderla y entender por qué muchas mujeres maltratadas son incapaces de denunciar al marido o de abandonarlo.

Paula es un ser invisible. Charlo la golpea si se atreve a opinar, y si no se atreve, también. Luego la sube a un coche con la sonrisa más natural; los vecinos piensan que salen a divertirse. En el hospital los médicos ya la conocen y preguntan: “¿Se estrelló de nuevo contra la puerta?” Ella inventa una nueva mentira. “Sí, ya saben, el alcohol, las prisas.” No puede decir la verdad, Charlo observa, escucha. Paula espera con el corazón en la mano que le hagan la pregunta adecuada, que la alejen de su torturador, que se la lleven a otra sala y la liberen. En cambio, los médicos compadecen al marido, tan guapo, joven, bien vestido, que debe soportar a una borracha.

Parece que no hay escapatoria posible. Las mujeres sufren un doble yugo: la sociedad y el marido. Roddy Doyle describe la destrucción de una mujer que pierde la autoestima a edad temprana. Logra ser ella y sentir como ella.

El autor comenta: “La cosa más difícil que he escrito en mi vida es La mujer que se estrellaba contra las puertas. Yo era una anciana de treinta y nueve años. Cada palabra me causaba terror. Pensé que el hombre en mí expondría algo de sexo o fantasía. No fue así. Yo soy alcohólico y disfruto de la bebida en lugares públicos, pero Paula no podía sentir lo mismo. Reflexioné: por cuestión de género, la mujer bebe en privado.”

Los primeros besos, la pasión, la admiración hacia el hombre conquistador y detallista, son los tabiques que sostienen la relación, a pesar de que el buen trato se encuentra en la memoria, no en la realidad. 

Las lectoras encontrarán muchas de sus contradicciones y angustias en la novela que toma vida a partir de la investigación realizada por Doyle para el programa de televisión Family, donde explora la violencia doméstica. Levantarán la voz antes de convertirse, como Paula, en una anciana a los treinta y nueve años. Por su parte, los lectores masculinos tendrán un amplio conocimiento de la psicología femenina y quizá reconozcan algunos de sus errores más frecuentes.



Entrega del Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde, con la presencia de su ganador, Hugo Gutiérrez Vega, y de Marco Antonio Campos, Víctor Sandoval y Vicente Quirarte. Martes 19 de junio a las 19:00 horas. Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

Presentación del libro Una piñata llena de memoria, de Daniel Leyva, editado por el Conaculta en la Serie Lecturas Mexicanas. Participan Ignacio Trejo Fuentes, René Avilés Fabila, Mauricio Molina y el autor. Jueves 21 de junio a las 20:00 horas. Librería Pegaso de Casa Lamm, Álvaro Obregón 99 col. Roma. Tel. 5208 0171.

Satiricón, espectáculo interdisciplinario basado en la obra de Petronio. Concepción, adaptación y dirección de Anatoli Lokachtchouk. A partir del 13 de junio, miércoles a viernes a las 20:00, sábados a las 19:00 y domingos a las 18:00 horas. Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario, Insurgentes Sur 3000.

VI Festival de la Huasteca, organizado por Conaculta y los gobiernos de Puebla, Hidalgo, Querétaro, San Luis Potosí, Tamaulipas y Veracruz. Más de treinta actividades incluyendo danza, huapangueadas, muestras artesanales y gastronómicas, talleres, presentación de discos y videos, así como el Primer Encuentro de Médicos Tradicionales de la Huasteca. Del 21 al 24 de junio en el municipio de Xicotepec de Juárez, Puebla.

V Bienal de Pintura de Occidente Alfonso Michel. Podrán participar pintores originarios y residentes de Aguascalientes, Colima, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Nayarit, Querétaro, San Luis Potosí y Zacatecas, hasta con tres obras realizadas durante el periodo 1999-2000, que no hayan sido expuestas ni participado en certámenes anteriores. De técnica y tema libres y medidas sin marco que no excedan doscientos (200) centímetros, ni ser menores de ochenta (80) por lado, deberán enviarse de cada obra cuatro diapositivas en un sobre cada una, identificadas con etiqueta autoadherible con los siguientes datos: título, técnica, medidas (alto por ancho, sin marco), año de producción, avalúo, nombre, domicilio y teléfono del autor. Anexar currículum no mayor a una cuartilla, fotocopia de acta de nacimiento o acreditación de residencia (cinco años mínimo) expedida por secretaría, consejo, institución o dirección de cultura de su entidad, y carta firmada donde se acepten las condiciones de la convocatoria. Publicación de resultados en medios impresos antes del 30 de septiembre; los ganadores serán notificados vía telefónica. Enviar, hasta el 13 de julio, a la Secretaría de Cultura/V Bienal de Pintura de Occidente Alfonso Michel, Calzada Galván y Ejército Nacional, C.P. 28000, Colima, Colima. Teléfono (331) 30608. 

e n s  a y o

Inútil y divertido

Leo Mendoza


 
 
 
 
 

Hugo Hiriart, 
Discutibles fantasmas
Editorial Era, 
México, 2001.
 

 

Entre quienes acostumbramos acercarnos al ensayo, es ya casi un lugar común la definición alfonsina de que éste es el centauro de los géneros. Y esta definición le viene como anillo al dedo a la obra de Hugo Hiriart –flamante cónsul en Nueva York y lector omnívoro que encuentra en una frase la excusa perfecta para comprar un libro–, y muy especialmente a los deliciosos ensayos que, reunidos bajo diversos rubros, nos presenta en Discutibles fantasmas. Muchos de éstos –por ejemplo la disquisición en torno al gol perfecto– han sido acogidos en las páginas de este mismo suplemento y son el ejemplo perfecto de lo que el propio escritor considera ensayarse, algo muy parecido a lo que el señor de la Montaña –decía Quevedo– hizo en su día, cuando tuvo a bien inventar el género: probarse, interrogarse sobre este o aquel tema y desarrollar la respuesta a partir no tanto de nuestras certezas como de nuestras dudas.

Hiriart se pregunta lo mismo el significado de las palabras que el de nuestros hechos y de la relación que mantienen con la vida cotidiana: qué hay de fascinante en aquella disciplina que tan difícil fue en los años infantiles, como las matemáticas, o cuál era el encanto del villano y de la apreciación cinematográfica antes de que el cine deviniese arte gracias a la invención de los Cahiers du Cinema.

Al libro de Hiriart se le podría calificar fácilmente de miscelánea porque en sus páginas encontramos todo de tipo de respuestas que, sin embargo, no agotan el tema. Por el contrario, avivan la discusión: así, en el sueño, una compañera de escuela muerta años atrás reaparece viva y presente, o bien un poema escrito en Praga –y transcrito años después– sirve al ensayista (dramaturgo, novelista y pintor) para expresar la emoción poética y, muy especialmente, esas epifanías que en ocasiones nos llevan a escribir de un tirón un poema o a encontrar en la obra de otros toda esa emoción inefable.

Desde el mismo título el libro juega con los lectores: el calificativo agregado a fantasmas nos indica que podemos discutir en torno a ellos –y a lo mejor tal es la intención del escritor– y también mostrar que esos fantasmas han sido puestos en duda por el autor. El ensayo se convierte así en un ejemplo de esa prosa levemente dislocada de la que disfruta Hiriart y que comparte con nosotros con bastante buen humor.

La escritura de Hiriart es rigurosa y desenfadada a la vez por la facilidad con la que aborda temas que de otra suerte se volverían demasiado complicados o incluso realmente descabellados. El conocimiento que se desprende de sus textos resulta, las más de las veces, inútil y divertido, como es en realidad todo conocimiento que nos marca o que nos impresiona: ahí está por ejemplo la manera como los diputados espiritistas, durante la República Española, propusieron que el espiritismo fuese instaurado como cátedra obligatoria, o la médium que materializó una papa. El discurso de Hiriart flota. No termina porque hay cierta perfección de lo inacabado. Quizá el breve ensayo que leamos hoy en torno a la infancia perdida o al descubrimiento de la música de Bach encuentre su continuación muchos años más tarde, en alguna sobremesa a la manera del duque de Job, y continuemos, sin terminarla, esta discusión iniciada con la lectura de un puñado de páginas impares.


p o e s í a

De emperadores, 
princesas y eunucos

Alejandro Toledo


 
 
 

Elsa Rodríguez Brondo, 
La revelación de Lan Kuei
Ediciones del lirio/Verdehalago/UAM Azcapotzalco, 
México, 2000.

La revelación de Lan Kuei  me ha llevado a revisar la historia de la literatura china, pues me intrigaba determinar el periodo que abarca esta inusitada colección de textos en prosa. Por supuesto, un lector serio descreería en principio del nombre castizo de Elsa Rodríguez Brondo –que acaso indebidamente firma el volumen– y pensaría que es seudónimo de la poeta El-sa. Los créditos en portada y primeras páginas debían entonces aparecer de este modo: La revelación de Lan Kuei, de El-sa, recopilación y traducción directa del chino por Elsa Rodríguez Brondo.

Algún desconcertado ubicaría a El-sa tal vez en la generación de Tzu-yeh, de quien se recuerdan La balada de Mulan y El pavo voló al sureste; o la imaginaría buscando reflejos lunares en los estanques en compañía de Li-Po, poeta de la melancolía... No obstante, por ciertas referencias de época he llegado a precisar más bien que se trata de una autora china de principios del siglo XX, contemporánea del violento Lu Xun y del sarcástico Lao She. La antologadora –que no autora– de estas historias, Elsa Rodríguez Brondo, podría darnos datos más puntuales que completen el retrato. Se trata, en tal caso, de una escritora que se nutre tanto de la literatura clásica popular (sobre todo, del Sanguozhi Yanyi –Historias noveladas de los reinos–, el Shuihuzhuan –Al borde del agua– y del Jingugiguan –Cuentos maravillosos del pasado y del presente–), como de claros sucedidos autobiográficos que remiten a una infancia ocurrida en alguna de las quinientas provincias de China durante el tiempo en que Sun Yat Sen y Chiang Kai Shek se disputaban el control político, mientras Mao Tse Tung y Shu De se guarecían en las montañas, que es en efecto el periodo de transición entre esa China mítica o milenaria (de emperadores, princesas y eunucos) y los nuevos tiempos, la compleja entrada a la modernidad.

¿Qué me ha llevado a precisar esta época? Varias imágenes, que refiero ahora sin orden alguno: los mendigos a las puertas de los fumadores de opio, la costumbre de los viajes en tren... Los datos más ciertos aparecen, uno, en el poema en prosa "La prima de Kukunor", donde se dice que el abuelo "vería la revolución"; y otro en "Niu Hung", donde se lee: "Cuando en 1912 llegó a casa la noticia del hundimiento del barco que lo llevaba [a mi hermano] a Ningpo, lo imaginé en la proa, erguido mientras el agua le llegaba a los tobillos, mirando cómo se ahogaban las trenzas de una niña."

Sin embargo, El-sa no participa de esa tendencia literaria de crítica de la sociedad tradicional en decadencia, a la que sí se adhirieron en esos tiempos convulsos Lao She y Lu Xun, por ejemplo, ni se interesa demasiado por referir sucesos históricos. Sus búsquedas son a la vez más ceñidas y más amplias, pues son reflejo de una vida cotidiana percibida en términos que podríamos definir como poéticos. Tal vez la palabra "poesía" llame a engaño. Entiéndase que para El-sa hay belleza incluso en los instantes trágicos, cuando un hombre es arrastrado por la corriente durante una inundación y dice adiós a sus familiares en el inicio de esa segura travesía hacia la muerte; o cuando el amante recibe el cuerpo disecado de la mujer que murió a la espera de su retorno (imagen acaso inspirada en el Ugetsu Monogatari japonés). En La revelación de Lan Kuei incluso el sarcasmo se vuelve hermoso, como ocurre en el texto "Mi tía era casi una Tai Pei", historia de una dama que contempla el mundo desde su metro y medio de estatura: "Y a pesar de sus esfuerzos por diseñar con sus manos un espacio a su medida, con la vejez perdió estatura hasta que un día nos fue imposible encontrarla en los rincones de su habitación."

Agradezco, finalmente, a Elsa Rodríguez Brondo por haberme acercado a esta joya de la literatura china, antes para mí completamente desconocida.