Jornada Semanal,  8 de julio del 2001 
 

Arnoldo Kraus

Entre el dolor y las letras

Con estos tres poemas, Enrique Gómez López nos confirma la certeza de que hay instrumentales médicos que auscultan algo más que un aparato fisiológico (fantasmas, antifaces, Dios...) y que buscan la salud en todos lados. Arnoldo Kraus, por su parte, revela en este ensayo –escrito con pulso de cirujano y sapiencia de médico de cabecera– varias claves para entender la profunda y estrecha relación entre el quehacer médico y el literario: Novalis, Cervantes, Thomas Sydenham (“el Hipócrates inglés” que recomendaba la lectura de Don Quijote a sus discípulos) y varios más refuerzan los trazos que dibujan a los numerosos médicos escritores, o escritores médicos.

Cuenta la memoria que cuando el estudiante Richard Blackmore le pidió a Thomas Sydenham “que le aconsejara sobre los libros que debería leer para capacitarse como clínico”, éste le respondió con prontitud: “Lee Don Quijote, es un libro excelente. Yo sigo leyéndolo.”

Thomas Sydenham fue un médico inglés que vivió en el siglo XVII. Es considerado el fundador de la medicina clínica y de la epidemiología. Se le llamó “el Hipócrates Inglés” ya que era un observador muy acucioso de los pacientes. Sus historias clínicas eran muy precisas y detalladas. Estudió con ahínco las causas de las fiebres, describió la fiebre escarlatina, se adentró en el campo de la histeria, introdujo el opio como arma terapéutica y usó hierro y quinina para el tratamiento de la anemia y el paludismo. Describió también la corea –movimientos desordenados, involuntarios, bruscos, de amplitud desmesurada, que afectan a los miembros y a la cabeza y en los casos graves a todo el cuerpo– de la fiebre reumática, la cual lleva su nombre, i.e., Corea de Sydenham.

Es probable que Sydenham le haya sugerido a su joven alumno que leyese El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha debido a que los médicos del siglo xvii tenían un interés especial en entender sus propias vidas. Tal comprensión, considero, podría servir como puente entre los dolores de sus pacientes, lo que los propios médicos percibían acerca de sí mismos y la lectura que hacían de las afecciones de los enfermos –la empatía, aunque difícil enseñarla, es el alma de la medicina. La literatura y la medicina combinadas podrían servir para entender la “realidad como tal”. La “realidad como tal” corresponde a los daños producidos por la patología, o, a las lecturas que de la vida hacen la literatura y otras artes a partir de la enfermedad. 

La concepción del Novalis poeta, del Novalis muerto antes de cumplir treinta años, resume las reflexiones previas: “El ideal de la salud perfecta sólo es interesante científicamente. Lo realmente interesante es la enfermedad que pertenece a la individualidad.” Novalis no fue sólo un seudónimo –su nombre fue Friedrich Leopold Freiherr Von Hardenberg–, sino, a pesar de su corta edad, un poeta consumado, cuyas teorías influenciaron a los románticos tardíos de Alemania, Francia e Inglaterra. El dolor y la enfermedad formaron parte esencial de su producción. Su fiancée murió cuando él tenía veinticinco años y él falleció cuatro años después (1801), víctima de tuberculosis.

Los Himnos a la noche, dedicados a su compañera, exaltan la muerte como la vía de entrada a una vida superior en presencia de Dios. En ellos vincula el dolor con la creación y la muerte como encuentro. La enfermedad se torna reflexión. El mal, una cita del individuo con su otro individuo o con el ser oculto por la monotonía de la salud. La enfermedad revela también las porciones enterradas del ego que desconocen el insomnio porque la salud es aburrida. La patología desvela, llama, habla. La salud calla el alma interna. 

Las reflexiones literarias de Novalis se vieron, sin duda, influenciadas por su tuberculosis. Su, al hablar de enfermedad, engloba un mundo interno, un mundo plagado de historias. La tuberculosis consume y produce fiebre durante casi todo el día. Aunque no se saben las causas precisas, se dice que las fiebres exaltan a las musas. Quizá sentirse mal facilite la desinhibición y le permita al individuo ser “más auténtico”. La lista de creadores que padecieron o murieron por este mal es grande: Chopin, Keats, D.H. Lawrence, Stevenson, Kafka, inter alia. Cuando la infección amenazaba su vida, Novalis pregunta: “¿No será que la enfermedad es un medio para llegar a una síntesis más elevada, un fenómeno de una gran sensibilidad a punto de transformarse en un poder superior?”

Sydenham sabía que la nostalgia, la depresión, la melancolía, la enfermedad y la noenfermedad eran experiencias intransferibles. La noenfermedad es una entidad muy compleja que circunda la vida de muchos pacientes convencidos de que están enfermos, pero que, a pesar de pisar innumerables consultorios y cargar a cuestas incontables estudios radiológicos y no pocas recetas, retan toda definición y conocimiento. “Su mal no tiene diagnóstico”, dicen los doctores. La noenfermedad es una de “las grandes literaturas” del consultorio: por medio de ella, los pacientes desmembran su vida y repasan bonanzas y desventuras, se adentran en sus “yoes” consumados y sus “yoes” fracturados, sus “yoes” vacíos y sus egos incompletos. 

Sydenham, lector de enfermedades y médico de novelas, sabía también que las personas jóvenes poco podían saber de la vida y, por ende, de la patología, pero no ignoraba que en las historias de diversos autores la enfermedad era parte de la trama. En el Don Quijote de Cervantes que tanto recomendaba, son múltiples las alusiones a la medicina. Así, vemos a don Quijote respondiéndole a Roque: “Señor Roque, el principio de la salud está en conocer la enfermedad y en querer tomar el enfermo las medicinas que el médico le ordena: vuesa merced está enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, o Dios, por mejor decir, que es nuestro médico, le aplicará medicinas que le sanen, las cuales suelen sanar poco a poco, y no de repente y por milagro; y más, que los pecadores discretos están más cerca de enmendarse que los simples; y pues vuesa merced ha mostrado en sus razones su prudencia, no hay sino tener buen ánimo y esperar mejoría de la enfermedad de su conciencia.”

El estetoscopio de Cervantes era tan certero como su pluma: el concepto de salud requiere vivir los caminos de la enfermedad. Y no sólo eso: para dejar de ser enfermo, que no necesariamente es sinónimo de sanar, se requiere que el doliente tome los fármacos y que el cielo, o quienes lo habiten, contribuyan a la cura. Novalis invocaba en sus letras a la enfermedad como una puerta para llegar a Dios, para penetrar la muerte y así conquistar el presente. 

¿Qué puede saber de la vida una persona joven que estudia medicina? Entre nada y casi nada. La inexperiencia es una de las bondades de la juventud: se requiere padecer para saber. Son las enfermedades un camino para leer la vida. Son un tiempo aparte, una forma de vida distinta dentro de una historia de vida que ha mutado, transitoria o perennemente. Las enfermedades son una vía que genera, según la magnitud del daño, el tiempo que se padece y las pérdidas subyacentes, anticuerpos contra lo normal. Anticuerpos contra la inconsciencia de estar vivo o contra el presente como única certeza de vida. Todo eso, el saberse vivo porque se vivió enfermo, se infiere o se lee en las vidas o en los textos de no pocos literatos. Antón Chéjov, médico, literato y tuberculoso, hizo acopio de las recetas de Sydenham cuando afirmó: “Si sólo contara con mi imaginación para intentar hacer carrera en la literatura, ya habría desistido.”

¿Debe enseñarse la medicina por medio de los microscopios o sobre la cama del enfermo? Todo galeno debería combinar ambas opciones. La precisión de las lentes y la mano empática acortan los caminos entre la anatomía, la fisiología y la histología con la piel escoriada o el abdomen abultado de los enfermos. Soren Kierkegaard lo dice mejor: “El poeta es un ser muy desdichado que tiene herido el corazón por ocultos sufrimientos, pero cuyos labios están formados de tal manera que cuando escapan de ellos suspiros y lamentos, éstos suenan como una hermosa melodía.”

Los médicos son historiadores: sus preguntas desmenuzan los surcos por donde caminan las vidas. Las historias clínicas son biografías, pequeñas o grandes, alegres o tristes, veraces o falsas de incontables avatares, de innumerables episodios. En algunos sentidos, la escucha de los doctores remeda –y remienda– un poco el corazón herido del poeta de Kierkegaard. Esas historias recorren vidas e interiores, repasan dramas y alegrías. Son testimonios. ¿Qué es lo que no han oído las paredes de los consultorios? Si aceptamos que la experiencia es intransferible, entonces Sydenham tenía razón. Los clínicos jóvenes requieren de la literatura. La empatía que atraviesa los ojos del lector cuando uno se convierte –y no pocas veces “se sufre”– en los personajes de Julian Barnes, José Saramago, Antonio Muñoz Molina o Manuel Rivas, recuerda, o es espejo, de muchos diagnósticos médicos. La descripción magistral que hizo Sydenham de la gota en el siglo xvii permite entender mejor esos vínculos, pues en ella existe una dosis de ciencia y otra de literatura. Quizá por eso no ha sido mejorada. Cinco siglos después sigue utilizándose: 
 

La víctima marcha a la cama y duerme con buena salud. Aproximadamente a las dos de la mañana un dolor muy intenso en el primer ortejo lo despierta; infrecuentemente el dolor es en el tobillo, en el talón o en el empeine. El dolor es semejante al de una dislocación y el dolor en las partes afectadas se percibe como si agua fría se vertiese en ellas. Aparecen después escalofríos y temblores y un poco de fiebre. El dolor, que en un principio era moderado se intensifica poco a poco... Después de un tiempo llega a su acmé... Sigue un violento estiramiento de los ligamentos acompañado de un retortijón… El dolor es vívido y exquisito. La parte afectada no aguanta el peso de las sábanas ni tampoco la vibración de una persona caminando en el cuarto. La noche transcurre como si fuese una tortura, sin dormir… cambiando perpetuamente la postura. El movimiento del cuerpo es incesante al igual que el dolor de la articulación torturada… Los esfuerzos para mitigar el dolor son vanos… 


La reseña médica de la gota ha pervivido cinco siglos, y aunque carece de romanticismo semeja mementos literarios. “La víctima marcha a la cama... aproximadamente a las dos de la mañana… aparecen después escalofríos y temblores... la noche transcurre como si fuese una tortura...” No hay duda de que las observaciones de Sydenham pertenecían más al rubro del conocimiento de la persona –y del alma, y del dolor, y de las noches intranquilas– que a la magra sabiduría científica de su época. La literatura era un buen remedio para balancear la carencia de la ciencia. Particularmente aquella que mostraba las ambigüedades y complejidades de la vida. Don Quijote representaba para Sydenham un modelo excelso de las contradicciones y las dicotomías que plantea la vida. Al igual que las enfermedades cuando dislocan la arquitectura del cuerpo o deforman el interior del lenguaje celular, la literatura suele tocar el alma del personaje, del lector o la pluma del autor. No hay enfermo, no hay quien haya sufrido, ni persona con mermas físicas que no haya encontrado su homónimo en algún personaje de la literatura.