MARTES Ť 24 Ť JULIO Ť 2001

Carlos Fazio

Transición democrática

El capitalismo global es depredador y parásito. En el capitalismo neoliberal la democracia es una ficción. Los amos del universo y las oligarquías locales no rinden cuentas ante la sociedad. Pese a lo que pregonan los voceros de las finanzas y las empresas sobre el no intervencionismo estatal, el capital sólo tiene confianza de verdad en el "papá Estado". Al contrario de lo que predican los sacerdotes del dogma neoliberal, en Nueva York, Tokio y México Distrito Federal los mercados han podido celebrar una intervención gubernamental masiva en el sector bancario. Un Estado, normalmente, no quiebra; siempre tiene el respaldo de los contribuyentes. Cuando la necesidad apremia, el Estado "rescata" al gran capital; el gobierno mete dinero en el bolsillo de los amos. El viejo Estado del bienestar se ha refuncionalizado; arrasado todo lo social, hoy está al servicio de los poderosos. En particular, de una oligarquía financiera especuladora.

La globalización ha estimulado un capitalismo de magnates o de "compadres" que realizan sus apuestas en el gran casino monetario mundial. Los contribuyentes, siempre desdeñados a la hora de repartir ganancias, en cambio son invitados cuando se trata de asumir las pérdidas. El Estado somete a los pobres y a los trabajadores a la disciplina de mercado, pero subsidia a los ricos.

El nuevo Estado interventor privatiza las ganancias y socializa los costos, como ocurre en México con la deuda externa, el Fobaproa, los rescates carreteros. A la hora de pagar, el Estado no obtiene el dinero de la nada; lo saca de los impuestos, de los contribuyentes. Se trata de un "Estado niñera" al servicio de los señores del dinero.

Por naturaleza, los oligopolios, monopolios y multinacionales, tienen estructuras antidemocráticas. Como en un ejército, sus cadenas ejecutivas de mando son verticales. De tipo totalitario y tiránico. Pero las elites trasnacionales necesitan encubrir su poder bajo el concepto democracia. Para eso tienen bajo control a la industria ideológica de la propaganda. Todo un sistema doctrinal que incluye a los medios de comunicación, la industria del espectáculo, el sistema educativo, el político, sus intelectuales orgánicos y todo lo que se ha dado en llamar industria de relaciones públicas.

El papel de los medios de difusión masiva es clave. En particular, las cadenas de radio y televisión manipulan la información, engañan a la población, generan una falsa conciencia. El sistema de propaganda no quiere que la gente piense. La demagogia y la retórica oficiales se amplifican en los medios de manera intensiva. El gobierno no actúa en función de los intereses de la población, administra los intereses de una tiranía privada.

Pero eso, por lo general, no se le puede decir a la gente. Aunque en el caso de México, una vez en Los Pinos, Vicente Fox no ha tenido empacho en decir que el suyo es el gobierno de los empresarios para los empresarios; que los hombres del dinero van a usar al Estado para hacer negocios. Para los multimillonarios de Forbes y los magnates del Consejo Coordinador Empresarial el país es un botín; México SA de CV.

Los aparatos ideológicos del Estado moldean a la opinión pública mediante un bombardeo sistemático. Uno de los dichos más socorridos de la retórica foxista es que México llegó a la democracia. Se trata de una democracia hueca. Oligárquica. Una democracia de baja intensidad. Los que mandan necesitan reconformar un Estado afín a sus intereses y necesidades.

A lo largo de la historia, Estados Unidos ha utilizado la noción de democracia para promover sus intereses. En México ocurre igual. El "cambio" fue funcional y controlable. No tocó las estructuras de dominación. Lo que la clase gobernante llama "democracia" o "transición a la democracia" está determinado por la poliarquía. La poliarquía no es dictadura ni democracia. Es un sistema en el que un pequeño grupo gobierna de hecho a nombre del capital. La participación de la mayoría en la toma de decisiones se limita a elegir entre las elites presentes en procesos electorales rígidamente controlados. Por lo general, los "ciudadanos" eligen entre candidatos de la oligarquía.

El "producto Fox" confirma la regla y encarna el "estilo político posmoderno". Modelado por la mercadotecnia y los asesores de imagen, el discurso que lo llevó al gobierno reunió cuatro características: populista, patriotero, enérgico (en el sentido de "mano dura" o de la "tolerancia cero" tan en boga) y "nuevo" o "no tradicional". Fox es el último resultado del "efecto fujicolor" (Fujimori y Collor de Mello, combinado con una marca de rollos fotográficos).

Un estilo deslumbrante que en la práctica no se corresponde con la imagen. Una vez en el poder, el populismo electoral de los neoliberales se transforma en elitismo clasista. El "capitalismo popular" que Vicente Fox ha puesto en práctica es un medio para ganar apoyo público y conseguir la privatización... de todo. Su transición es una regresión. A Fox no le importa el pueblo. Usa al pueblo, sirve al capital.