Jornada Semanal,  26 de agosto del 2001 
 Sergio López Rivera
urbes de papel

Cracovia, ciudad real

 
Deslumbrado confeso, Sergio López Rivera nos dice que “encontrarse en la ciudad de Cracovia por primera vez es una experiencia extraordinaria, difícilmente comunicable”. Empero, su rendida admiración por la ciudad real de los Boleslao no le impide hacer un muy bien documentado encomio de las maravillas creadas por ese pueblo sabedor de que “sobrevivirá a cualquier adversidad”, y que siguen de pie junto al también inmortal río Vístula. El castillo de Wawel, la catedral, la Lonja de Paños y otras imponentes obras armonizan el estilo románico, el barroco y el renacentista, entre varias expresiones del espíritu polaco que, desde el siglo VIII hasta el día de hoy, son la manifestación del “toque mágico” que hechizó al autor de esta crónica de viaje.

La ciudad de Cracovia, capital del primer reino de la pequeña Polonia bajo el gobierno del rey Boleslao en el siglo VIII, llegó a ser la capital de este país hasta que Boleslao III lo dividió en ducados para repartirlos ente sus hijos, pero correspondiéndole al primogénito el de Cracovia. Rodeada por el río Vístula, se yergue esbelta la colina donde está ubicado el castillo de Wawel, lugar en el que se levantaba la catedral románica, el castillo medieval y una ciudadela y donde en la actualidad se encuentra la catedral de la ciudad y el castillo episcopal, magníficos edificios, junto con el propio castillo, de estilos mezclados agradablemente, puesto que encontramos desde lo medieval hasta lo barroco de los siglos XVII y XVIII, esto solamente a simple vista, porque en los cimientos se pueden ver restos de construcciones aún más antiguas que se remontan hasta la época de la dominación romana. Por supuesto que la ciudad de Cracovia está íntimamente ligada a la trágica y sufrida historia de Polonia, no sólo por los terribles acontecimientos de que fue víctima en la segunda guerra mundial, sino desde los albores de la alta Edad Media, puesto que ya en 1240 y posteriormente, hordas de tártaros invadieron constantemente sus territorios y hubo necesidad de defender la ciudad con todos los medios al alcance de sus habitantes. En 1257, bajo el reinado de Boleslao V el Casto, tuvo la ciudad una época de esplendor y comenzó su periodo gótico, rico y de una creatividad pocas veces igualada en otras ciudades, en el que se muestra la prosperidad y el progreso de la misma, aspectos que aún hoy en día se aprecian en sus principales monumentos históricos de esa época. Durante los siglos XIII y XIV, Cracovia fue centro de luchas internas por la corona del reino de Polonia y no es sino hasta el acceso al trono de Casimiro III el Grande, en 1333, que comenzó un periodo de paz y prosperidad que continuó durante doscientos treinta años. Este monarca, muy ilustrado en su época, fundó la Universidad y la ciudad fortificada de Kazimiertz, al otro lado de un brazo del río actualmente desecado, ciudad que desde hace más de cien años es parte de la propia Cracovia.

El destino de esta ciudad siguió las vicisitudes del reino en sus luchas por afirmarse frente al poder de los caballeros teutones y posteriormente frente al imperialismo de los zares de Rusia, pero fue en ese periodo que se logró consolidar una salida al mar Báltico para Polonia, lo que le aseguró a la propia ciudad una prosperidad comercial prácticamente ilimitada, tanto en materia de bienes agrícolas como en productos minerales, por ejemplo, la famosa sal de sus minas y el carbón, así como la producción de ámbar, del cual Polonia, junto con otros países cercanos, tiene prácticamente el monopolio de producción; igualmente en esos años logró contar con una salida al Mar Negro, que luego perdería en los avatares de su historia. En ese otoño de la Edad Media, Cracovia no sólo prosperó en lo material, sino que su academia llegó a ser famosa y entre sus distinguidos visitantes se encuentra el famoso astrónomo Nicolás Copérnico, quien vivió en ella de 1491 a 1495. En el siglo XVI, tanto el impulso del Renacimiento como del humanismo italianos hicieron su llegada a la ciudad real de Polonia y ésta conoció lo que se ha dado en llamar el Siglo de oro de la cultura polaca. Bajo el reinado de Segismundo I, probablemente el personaje que inspiró a Calderón de la Barca su estupenda obra La vida es sueño, se renovó en estilo renacentista el castillo de Wawel. Fue bajo el reinado de Segismundo II cuando Cracovia perdió su carácter de capital del reino de Polonia, pues este monarca decidió trasladar los poderes regios a la ciudad de Varsovia, pero Cracovia conservó el privilegio de que los reyes polacos fueran coronados en su catedral. Desde esa época hasta la actualidad, Cracovia conserva su carácter de capital intelectual y guía en la vida cultural y artística polaca. A pesar de los daños causados por muchas de las tantas guerras en que lamentablemente se ha visto envuelto el pueblo polaco –en muchas de ellas como mera víctima de ambiciones y designios perversos de políticos sin escrúpulos–, la ciudad ha podido conservar prácticamente intacto su acervo arquitectónico y los tesoros de su historia, y en la actualidad lucha con éxito para superar los estragos del régimen comunista que, en aras de una política de industrialización sin límites, causó daños ecológicos a su entorno. En esto, como en otros aspectos, debe admirarse el férreo y acrisolado espíritu de supervivencia del pueblo polaco, que tantas veces ha tenido que luchar para afirmar su identidad y su propia existencia. Federico Chopin es un claro ejemplo de lo que significa para los polacos su patria, y en su música encontramos esos ecos tristes y nostálgicos de una patria vejada, pero que sabe que sobrevivirá a cualquier adversidad, porque el espíritu jamás muere.

Encontrarse en la ciudad de Cracovia por primera vez es una experiencia extraordinaria, difícilmente comunicable, porque en todos sus edificios del centro histórico y en el propio castillo de Wawel se adivina toda esa historia que de manera muy sucinta hemos expresado en párrafos anteriores, y lo que surge en uno es la imperiosa necesidad de conocer más a fondo la historia de un país que tanto ha luchado y que tantas veces ha afirmado su personalidad, que está ahí frente a la historia de la humanidad. El centro conserva el mismo trazo que tuvo desde su creación en el siglo XIII, con muchos de sus edificios de estilo renacentista y otros de estilo barroco, pero que forman una agradable unidad. Destacan la Torre del Ayuntamiento, la Lonja de Paños –que sirve ahora como mercado de artesanías de lo más variado–, el monumento a Adam Mickiewicz y, sobre todo, la iglesia de Santa María (Kosciól Mariacki), todo ello adornado con animados cafés y lugares en los cuales puede disfrutarse de un aperitivo o de un refresco y al mismo tiempo permitir que la ciudad nos penetre a través de todos los sentidos. La Lonja de Paños, que data del siglo xiii, fue después enriquecida con estilo renacentista por el arquitecto Giovanni María Mosca, llamado el Paduano, en el siglo XIV. La iglesia de Santa María está dedicada a la Asunción de la Virgen y es el monumento más grande y más notable de la plaza, se yergue al suroeste de ésta y la limita de una manera majestuosa, con su estilo gótico polaco. Su interior está ricamente ornamentado con retablos, trípticos, polípticos y obras pictóricas y escultóricas de un extraordinario colorido y de una riqueza asombrosa que le dan al templo un carácter único. Su torre más alta sirve de atalaya desde donde los centinelas oteaban el horizonte para advertir a la población del ataque del enemigo o de algún incendio en los trigales. Una situación curiosa se produce cada hora en esa torre, momento en el cual un bombero toca con corneta un motivo musical conocido como hejnat mariacki, que es una especie de diana o toque militar, y lo hace a los cuatro puntos cardinales; es un sonido entre nostálgico y triste que logra un efecto muy bello al resonar entre los vetustos edificios que rodean la plaza, creando una atmósfera singular y única cuando se le escucha. La leyenda –y es muy probable que el hecho sea real– cuenta que, en una de tantas invasiones de los tártaros, el guardián, viendo que se acercaban las tropas del enemigo, comenzó a dar la señal de alarma con su corneta, cuando un arquero enemigo le disparó una flecha que lo hirió mortalmente en la garganta e interrumpió la señal; pero que la población, ya advertida, rechazó el ataque exitosamente. Es en recuerdo de ese hecho que en la actualidad el toque se escucha interrumpido hacia el final.

Aun actualmente, la vieja ciudad está rodeada de antiguos muros que conformaban las murallas defensivas; parte de ellos se conserva en perfecto estado. Cerca de una de las salidas se encuentra el museo de los príncipes Czartoryski, que entre sus joyas más preciadas cuenta con la famosa pintura de Leonardo da Vinci, La dama del armiño, bellísimo retrato que junto a La Gioconda y a Giverna dei Benchi, constituyen los más hermosos retratos que pintó este genio del Renacimiento. También se puede observar en esta pequeña pero selectísima galería una estupendo cuadro de Rembrandt von Rijn, cuyo tema es un paisaje en esos colores tan característicos de su estilo: sepias y ocres oscuros con una luminosidad concentrada y magistralmente administrada que logra un efecto soberbio; la pintura nos presenta al buen samaritano en el acto de ayudar al pordiosero. Pero lo que sin duda alguna es el tesoro más hermoso con que cuenta Cracovia es la colina de Wawel, que constituye el elemento dominante en el panorama de la ciudad, discretamente rodeada en parte por las aguas del Vístula. En dicha colina ya vivía el hombre del Neolítico y se han encontrado, en sus cimientos, ruinas de construcciones romanas y paleocristianas, y en el siglo IX ya se levantaba una iglesia cristiana. El castillo existe desde el siglo X, pero fue hasta el XI cuando Segsmundo, a consecuencia de un grave incendio, emprendió su construcción. En estilo renacentista, el castillo siguió los avatares del país, pero ha sido constantemente restituido como el lugar-símbolo de la nación y de su antigua dignidad, de manera que desde principios del siglo XX guarda su actual configuración. La superposición de las distintas construcciones levantadas sobre esta colina, fusionadas entre sí, produce un complejo arquitectónico de un característico e inigualable valor histórico y artístico, y no cabe duda de que la colina de Wawel ha desempeñado un importante papel en la historia de la cultura polaca. El patio del castillo es uno de los más hermosos y un logrado ejemplo del modelo del Renacimiento italiano en tierras de Polonia; en verdad constituye un imponente monumento a la creatividad del ser humano, que se yergue majestuoso con sus tres plantas de gran altura, enriquecidas con elegantes arcadas. Su constructor, Segismundo el Viejo, se propuso que dicho castillo –y desde luego su soberbio patio– deberían reflejar, y de hecho reflejan la magnificencia del soberano y la potencia de la dinastía de los Jagellones, quienes a principios del siglo XVI ocupaban los tronos de Polonia, Lituania, Bohemia y Hungría, y cuyos dominios se extendían desde el Báltico hasta el Adriático, de las fuentes del Elba hasta el Dnieper, El pórtico y los dos pisos de galerías que rodean el patio del castillo crean verdaderos paseos cubiertos; mientras que la planta baja y el primer piso poseen arcadas renacentistas, las paredes aún conservan restos de ricos frescos que datan del siglo XVI.

Entrar a los aposentos de dicho castillo es hacer un viaje en el tiempo, pues la atmósfera y los decorados lo transportan a uno a las épocas de su gran esplendor, impresión que se acentúa cuando, en una de las inmensas salas, comienza el visitante a escuchar a un ensamble renacentista tocando y a bellas jóvenes cantando sagas tanto medievales como renacentistas, con instrumentos y vestimenta de la época, placer estético que se agrega al de poder admirar los innumerables tesoros que constituyen el acervo del castillo, como los gobelinos de hermosa manufactura, los muebles de estilo y los cuadros de famosos pintores de toda Europa, coleccionados por la familia real, así como hermosas pinturas de escuelas europeas tanto del Renacimiento como de épocas posteriores, sumadas a las de pintores polacos, que constituyen un acervo que pertenece a las colecciones estatales de arte. Es claro que se ha tratado de respetar lo más fielmente posible la fisonomía de los interiores respecto a lo que fue su aspecto original, apoyándose en documentos históricos como guía.

La catedral es otro monumento formidable que forma parte de las bellísimas edificaciones de la colina de Wawel, en cuyo interior se encuentran el mausoleo de San Stanislao y los sepulcros de los reyes. La primera catedral se construyó en 1002, año en que el emperador Otón III autorizó al rey Boleslao I a fundar el primer obispado de Polonia. De ese edificio queda actualmente sólo la cripta; posteriormente se le agregaron construcciones en estilos románico, gótico, renacentista y barroco. Por muchas razones esa Basílica está ligada íntimamente a la historia de la nación polaca, tanto a las épocas de esplendor como a las de adversidad y a los momentos difíciles.

La zona de Kazimiertz ya mencionada, cuenta con la bella iglesia de Corpus y una serie de interesantes edificios, pero lo más interesante y valioso es el sector hebreo, que concentra en una bella plazoleta un sinnúmero de pequeños y simpáticos restaurantes de típica comida hebrea, en los cuales, además se puede escuchar música típica, lo que desde principios del siglo XX hizo famoso al trío Liebermann. Se puede afirmar que la historia de Cracovia está íntimamente ligada a la del pueblo hebreo, pues ya un antiguo escritor de esta nacionalidad, Ibrahim ibn Yaqub, menciona a la ciudad, y a partir del siglo X caravanas de mercaderes judíos y árabes la visitaron regularmente para comerciar sus mercaderías. Existe la creencia de que ya desde entonces núcleos de esas poblaciones se habían instalado en los alrededores de la colina de Wawel, pero es hasta los siglos XII y el XIII cuando se extienden los asentamientos de la comunidad judía, principalmente debido a dos fenómenos: la necesidad de poblar más intensamente el territorio polaco, advertida por Casimiro el Grande, y la migración de otras partes de Europa debida a la gran peste de los años 1349 y 1350. Desde entonces, dicha comunidad ha participado en los avatares de la propia ciudad de Cracovia y de la historia europea que todos conocemos, y en la actualidad es un núcleo de población sumamente activo e integrado de manera por demás natural a la misma.

Como ciudad, Cracovia es una perfecta joya, no sólo poseedora de estupendos tesoros artísticos y arquitectónicos, entre los cuales deben incluirse las numerosas y bellas iglesias con que cuenta, sino también de un enorme tesoro constituido por sus gentiles y amables habitantes, gente de la Europa Central cortés, amable y con espíritu de ayuda al prójimo, de manera que esa calidez humana produce la sensación de que el idioma no es barrera de ninguna especie, sobre todo cuando se tiene la fortuna de encontrarse a personas como Fryderyk y Alejandra. Haberlos conocido constituyó el toque mágico que toda ciudad tiene en un momento dado.