sabado Ť 29 Ť septiembre Ť 2001

 Ilán Semo

Notas sobre la guerra

Once de septiembre, en algún lugar de Estados Unidos. Un hombre joven, de origen saudiárabe, culto, educado en Alemania y Francia, se levanta en la madrugada. Se rasura. Tal vez lee el periódico o ve en la televisión el estado del tiempo. Se dirige al aeropuerto donde aborda un avión que habrá de secuestrar para transformar en un misil humano -o lleno de seres humanos-. La muerte lo aguarda al igual que a los pasajeros de la nave y a los miles que espera asesinar. Lo ha planeado hasta el último detalle durante meses de preparación. El plan es morir bajo el plan.

El terror es doble: no sólo el que produce lo inerme de las víctimas sino el que consigna el atavismo de los victimarios. En un ejercicio espontáneo de incredulidad, la opinión pública los llama "suicidas". En la tradición cristiana el suicidio es una muerte baja, sacrílega. Antes se le homologaba al pecado; ahora, al desquiciamiento, al orden patológico. Por cierto, en el Islam, el significado del suicidio es casi el mismo, o el mismo. El Corán lo condena; los mulahs, también. Suicidarse en La Meca no es distinto a suicidarse en Nueva York: una herida incurable para quienes quedan vivos.

En quienes perpetraron el 11 de septiembre no se distingue ningún rastro visible del "suicida", es decir, quien ha llegado a la convicción de que no merece vivir. Por el contrario. Tal vez se trata del acto opuesto: llenar a la muerte de algún (terrible) sentido. Acaso se trata de una inmolación, un sacrificio. La memoria de toda nación, en Occidente y en Oriente, está hecha de estas crueldades. Quienes entregan la vida (por una causa nacional, por ejemplo) no son -para los suyos- "suicidas". Son soldados de una guerra. Decir, por ejemplo, que El Pípila fue el primer misil humano, puede resultar hilarante. Pero no fue un suicida. La diferencia reside en que el saudí que secuestró el avión para dirigirlo hacia las Torres Gemelas escogió a civiles inermes como blanco. Incluso en una guerra, eso es terrorismo.

El terrorismo es una práctica antigua de la guerra y la política. No es un patrimonio del Cercano Oriente, y no tiene nada que ver con el Islam. Hace poco, un estadunidense fue ejecutado por colocar una bomba en un edificio donde murieron más de 200 estadunidenses y había un kindergarten. A nadie se le ocurriría derivar algún vínculo entre la tradición católica y el terrorismo por el hecho de que el Papa bendijo los actos de Mussolini. Cierto, en el Cercano Oriente el terrorismo fue empleado en el siglo XX sistemáticamente para expulsar a ingleses, franceses y alemanes de la región. Tal vez por ello, pocas de sus luchas de liberación alcanzaron el consenso que adquirió la de los vietnamitas contra la ocupación de Estados Unidos. A saber, los vietnamitas nunca recurrieron al terrorismo.

Al Qaeda, una organización mayoritariamente saudiárabe, que buscó refugio en Afganistán después de la Guerra del Golfo Pérsico, ha perpetrado más de una veintena de atentados en todo el mundo. Todos ellos en contra de blancos estadunidenses. Se trata de una organización que desde los años ochenta ha emprendido la lucha contra el rey Faisal, principal aliado de Estados Unidos en la región, y que cobró fuerza financiando y apoyando a los mujaidin afganos en la guerra contra la intervención soviética. Para el terrorismo de Al Qaeda se trata de una guerra, obviamente. ¿Pero cuál guerra, con qué fines?

En el brevísimo pliego de condiciones que entregó el mulah Omar, uno de los líderes carismáticos de Kabul, acaso se explican de manera sucinta los móviles de esta guerra: 1) retiro de las tropas de Estados Unidos del Golfo Pérsico; 2) no intervención de Estados Unidos en el conflicto entre Israel y Palestina; 3) no intervención de la OTAN en los asuntos del Islam.

¿Es paradójico que un mulah afgano exija como su principal demanda algo que sucede en la lejanía del territorio saudiárabe? Es decir, el retiro de las tropas estadunidenses que sostienen a la monarquía de Faisal. No, en absoluto.

La historia comienza acaso con la revolución de los ayatolas en Irán durante los años setenta. Jomeini y sus seguidores produjeron el primer "modelo" de una revolución en la que los cuerpos religiosos del Islam se hicieron del poder del Estado. El derrocamiento del sha trajo consigo la formación de un Estado político-religioso dominado por la estructura más institucionalizada del Islam: los chiítas. Desde entonces, los otros credos del Islam, sunnitas y wahabitas en su mayoría, están convencidos de que pueden repetir el "modelo" de Irán en los otros países de mayoría musulmana. Es el caso precisamente de Afganistán, en donde los wahabitas han seguido el ejemplo de los chiítas, por más diferencias que los separen. Es el caso también del sangriento conflicto que incendió Argelia.

El primer reto de los ayatolas en Irán fue la guerra que emprendió Saddam Hussein, apoyado por Washington, contra la joven revolución. Una vez que Estados Unidos sintió que Irán había optado por la moderación retiró su apoyo a Saddam. Irak respondió entonces con la ocupación de Kuwait, cuyo cometido principal era desestabilizar la alianza entre Faisal y Estados Unidos en Arabia Saudita. La Tormenta del Desierto, es decir la ocupación militar de Arabia Saudita, tuvo como cometido impedir que esto sucediera. Un sector de la clase media saudiárabe, gente como Bin Laden, estaba -y sigue estando- convencida de que ha llegado la hora de derribar a Faisal. Es un sector extremista, acaso totalitario, que ha entrado en alianza con los mulahs wahabitas. Para imponerse necesita, en primer lugar, que Estados Unidos retire el apoyo a la monarquía de Faisal.

Esta representa para Estados Unidos el cerrojo básico no sólo en el Golfo Pérsico sino en la producción barata de petróleo para todo el mundo. Tan sólo en los cuatro países aliados a Estados Unidos en el Golfo se produce 18 por ciento del petróleo mundial. Puesto en manos de la política de Estados Unidos, es suficiente para determinar su precio mundial. Irán e Irak son adversarios entre sí. Los separa una historia de guerra y de religión. Pero ambos quisieran ver a Faisal removido de Arabia Saudita.

¿Cuál es la relación de Al Qaeda con los talibanes? ¿Hasta dónde llega su alianza? Todo ello se verá en los próximos y terribles días que esperan al pueblo afgano. Sólo algo parece cada vez más evidente: el origen principal del conflicto se halla en la presencia armada de Estados Unidos en el Golfo Pérsico, una presencia que además ocupa las dos capitales sagradas del Islam. Ť